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Cosmos, un viaje personal: cómo Carl Sagan nos enseñó a mirar el cielo

Ep. 64Cosmos antes · 12 feb 2026

Después de repasar los estrenos que trae 2026, tocaba un fichaje muy distinto: no una obra de ficción, sino la serie documental que inspiró a media generación de científicos.

Hoy nos subimos a la nave de la imaginación para dedicar un capítulo entero a una de las series más influyentes de la historia de la divulgación científica: «Cosmos, un viaje personal», de Carl Sagan. Nos parecía el cierre perfecto para esta ronda de fichajes: contadlo todo a base de anécdotas, porque Sagan dejó muchas, como aquella del mozo de estación que se negó a cobrarle por cargarle las maletas porque «usted ya me entregó el universo».

Cosmos se estrenó en la PBS estadounidense el 28 de septiembre de 1980, en plena Guerra Fría —Sagan era un pacifista declarado y esa preocupación por las armas nucleares atraviesa toda la serie—, producida junto a su esposa Ann Druyan y al astrofísico Steven Soter. Costó unos 6,3 millones de dólares de rodaje y más de dos millones de publicidad, alcanzó unos 500 millones de espectadores en más de 60 países, y en España se estrenó en 1982 en horario de máxima audiencia, con la voz de José María del Río y la sintonía de Vangelis grabada a fuego en la memoria de toda una generación.

Sagan viaja a lo largo de la serie a bordo de la «nave de la imaginación», que arranca siendo un diente de león y se transforma en una nave de cristal capaz de recorrer el espacio-tiempo. Y siempre con una advertencia por bandera: «la imaginación sin datos nos puede llevar a cometer errores». Nosotros hemos visto la edición actualizada, con añadidos de hacia 1990 en los que el propio Sagan revisa qué se había confirmado y qué no de lo que teorizó una década antes.

En el primer episodio, «En la orilla del océano cósmico», Sagan inventa el calendario cósmico: comprime los 13.700 millones de años del universo en un único año de doce meses, de forma que toda la historia humana registrada cabe en los últimos segundos del 31 de diciembre. Una forma brillante de aterrizar una escala de tiempo que, de otro modo, no nos cabe en la cabeza.

El segundo episodio habla de selección artificial —la leyenda de los cangrejos samurái de Japón— y de panspermia: la idea, entonces recién planteada, de que los ladrillos moleculares de la vida llegaron a la Tierra primitiva a bordo de cometas hace cuatro mil millones de años, los mismos cometas y asteroides que también han provocado extinciones masivas a lo largo de nuestra historia.

El tercer episodio, «La armonía de los mundos», separa con mucha elegancia la astronomía de la astrología apoyándose en Johannes Kepler, que dedicó su vida a una teoría equivocada sobre sólidos perfectos antes de tener la honestidad intelectual de abandonarla y, con los datos reales del observador Tycho Brahe, formular las tres leyes del movimiento planetario que seguimos usando hoy.

El cuarto, «Cielo e infierno», repasa el misterioso evento de Tunguska de 1908 y usa el efecto invernadero descontrolado de Venus como advertencia de lo que le podría pasar a la Tierra. Cuarenta años después de grabarse aquello, la capa de ozono que tanto preocupaba a Sagan se dio por recuperada en 2025 —aunque la paradoja de Jevons explica por qué, cuanta más gente puede permitirse una tecnología, menos avanzamos en términos netos por mucho que la hagamos más eficiente—.

El quinto episodio, «Blues para un planeta rojo», está dedicado a Marte: los mal traducidos «canales» marcianos de Percival Lowell —que en realidad eran «canali», simples líneas, no construcciones de una civilización— y las primeras misiones Viking. Si os interesa el tema, tenemos un cuádruple episodio sobre Marte que lo cubre con mucho más detalle.

En el sexto, «Historias de viajeros», Sagan —que formó parte del equipo de las sondas Voyager— compara la exploración espacial con la era de los descubrimientos holandesa, y cuenta cómo él mismo hizo que una de las sondas girase su cámara para fotografiar a la Tierra como un punto azul minúsculo perdido en un rayo de luz: la fotografía más lejana jamás tomada de nuestro planeta. También es donde, en la actualización, cuenta que para escribir «Contact» le pidió a su amigo el físico Kip Thorne una forma científicamente plausible de viajar grandes distancias sin violar la relatividad, y así nacieron los agujeros de gusano de la novela.

El séptimo, «El espinazo de la noche», homenajea el nacimiento del pensamiento científico en la Grecia antigua —Tales, Demócrito, Anaximandro— y sitúa a la Vía Láctea en su lugar exacto: un rincón sin importancia en el brazo de Orión, lejos del centro galáctico, «en los suburbios». El octavo explica la relatividad especial de Einstein, la constancia de la velocidad de la luz sea cual sea el observador, y repasa distintos diseños teóricos de propulsión, desde la nave Orión —cancelada por un tratado que prohibía detonar bombas atómicas en el espacio— hasta los reactores nucleares que hoy se plantean para llegar a Marte en meses en vez de años. Si os interesa el tema, tenemos un capítulo entero dedicado a naves espaciales, tanto reales como de ficción.

El noveno, «La vida de las estrellas», explica cómo la fusión nuclear en el interior de las estrellas fabrica todos los elementos que formamos: literalmente estamos hechos de polvo de estrellas. También repasa cómo se detectan hoy los exoplanetas, por el ligero tránsito o el bamboleo gravitatorio que provocan en su estrella. El décimo, «El filo de la eternidad», entra en cosmología profunda —el Big Bang, la posibilidad de un Big Crunch, la materia oscura, que ya entonces se sospechaba que era más del 80% de la masa del universo— y usa «Planilandia», la novela de seres bidimensionales incapaces de concebir una tercera dimensión, para explicar por qué a nosotros, atrapados en tres, nos resulta imposible visualizar una cuarta.

El undécimo episodio, «La persistencia de la memoria», compara la capacidad de almacenar información del ADN con la de un cerebro humano —miles de veces mayor— y detalla el contenido completo del disco de oro que viaja a bordo de las sondas Voyager, un mensaje pensado para durar más que nuestra propia especie.

El duodécimo, «Enciclopedia galáctica», trae la ecuación de Drake y el programa SETI para estimar cuántas civilizaciones inteligentes podría haber en la galaxia, la escala de Kardashev para medir el desarrollo tecnológico de una civilización por su capacidad de aprovechar energía, y hasta el famoso caso de abducción de Betty y Barney Hill, que ya tratamos con mucho más detalle en nuestro capítulo sobre fakes y leyendas urbanas. Y el último, «¿Quién habla en nombre de la Tierra?», cierra la serie con la frase que más repite el podcast: que somos un modo que tiene el cosmos de conocerse a sí mismo.

Sagan escribió también «Contact», adaptada al cine en 1997, y otros libros de divulgación como «Miles de millones» o «Pálido punto azul», inspirado precisamente en esa fotografía de la Tierra tomada por la Voyager. Toda su obra comparte el mismo espíritu: que la ciencia no tiene por qué ser un lenguaje cerrado a unos pocos, sino algo que hasta un niño pueda entender.

Cerramos con algunas de sus frases que más repetimos en el podcast: que somos responsables de nuestra propia supervivencia, que la tecnología nos ha dado el poder de destruirnos y que solo la sabiduría nos dará la posibilidad de perdurar, y que la búsqueda de inteligencia extraterrestre es, en el fondo, también una búsqueda de nosotros mismos.

Con este capítulo cerramos, de momento, nuestro repaso a todos los episodios grabados hasta ahora. Gracias por habernos acompañado hasta aquí: si todavía no habéis visto «Cosmos, un viaje personal», ya sabéis lo que tenéis que hacer esta semana.

El siguiente capítulo grabado fue, por fin, Proyecto Hail Mary: del libro a la pantalla.

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