Concepto

El legado científico de Cosmos: las ideas que Carl Sagan puso al alcance de todos

«Cosmos, un viaje personal» popularizó, en 1980, una batería de ideas científicas que hasta entonces apenas circulaban fuera del ámbito académico. El calendario cósmico comprime los 13.700 millones de años del universo en un único año de doce meses para que, de un vistazo, se entienda que toda la historia humana registrada cabe en los últimos segundos del 31 de diciembre. La panspermia propone que los ladrillos moleculares de la vida —incluido el ARN, entonces recién descubierto como algo más que un simple mensajero del ADN— pudieron llegar a la Tierra primitiva a bordo de cometas hace cuatro mil millones de años, los mismos cometas y asteroides que, según la propia serie, también han provocado extinciones masivas a lo largo de la historia del planeta. Sagan usó las leyes de Kepler —órbitas elípticas, áreas iguales en tiempos iguales, y la relación matemática entre distancia orbital y periodo— para separar la astronomía de la astrología, y el evento de Tunguska de 1908 y el efecto invernadero desbocado de Venus como advertencias sobre lo que le podría ocurrir a la Tierra si no se controlaba la contaminación; cuarenta años después de la emisión original, la propia capa de ozono que tanto preocupaba a Sagan se dio por recuperada en 2025, aunque la llamada paradoja de Jevons —cuanto más barata y accesible se vuelve una tecnología, más gente la usa, neutralizando parte de la eficiencia ganada— sigue explicando por qué el problema no ha desaparecido del todo. Para su novela «Contact», Sagan le pidió a su amigo el físico Kip Thorne una forma científicamente plausible de viajar grandes distancias sin violar la relatividad, y así nacieron los agujeros de gusano como solución narrativa seria, no como simple recurso mágico. La serie explica también cómo se detectan hoy los exoplanetas —por el tránsito que produce una estrella al ocultarse parcialmente, o por el ligero bamboleo gravitatorio que un planeta provoca en su estrella—, repasa el ciclo de vida estelar con la fusión de hidrógeno en helio como origen de todos los elementos pesados del universo, y utiliza la novela «Planilandia» de Edwin A. Abbott —un mundo de seres bidimensionales incapaces de concebir una tercera dimensión— para explicar por qué a los humanos, atrapados en tres dimensiones espaciales, nos resulta imposible visualizar una cuarta. Cierra su catálogo de ideas con la ecuación de Drake y el programa SETI para estimar cuántas civilizaciones inteligentes podría haber en la Vía Láctea, la escala de Kardashev para medir el nivel tecnológico de una civilización según su capacidad de aprovechar la energía disponible, y el Reloj del Juicio Final, que mide simbólicamente lo cerca que está la humanidad de su propia autodestrucción.

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