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Viajes al espacio: la carrera real, la especie interplanetaria y la ciencia ficción que nos inspira

Ep. 13Viajes al espacio I - La carrera espacial · 5 may 2023
Ep. 14Viajes al espacio II - Especie interplanetaria · 17 may 2023
Ep. 15Viajes al espacio III - Películas y Series · 20 may 2023

Dejamos atrás la muerte para mirar, esta vez, hacia arriba.

Empezamos este triple episodio con una confesión: nos habían dicho que nos alargábamos demasiado, así que decidimos partir el tema de los viajes al espacio en tres capítulos más cortos en vez de uno larguísimo. El primero es la carrera espacial real; el segundo, la tecnología que necesitaríamos para convertirnos de verdad en una especie interplanetaria; y el tercero, un repaso de series y películas. Arrancamos recordando que la exploración está en nuestro escudo nacional desde hace siglos —las columnas de Hércules con el lema «Plus Ultra», más allá— y que, agotado ya el planeta por explorar, tocaba mirar hacia arriba.

La carrera espacial nació, en realidad, del miedo: en los años 50, con la amenaza de misiles intercontinentales capaces de causar una destrucción imposible de frenar, la URSS y Estados Unidos entraron en una competición que, digan lo que digan las películas americanas, ganó la Unión Soviética. El primer hito fue el Sputnik 1, en octubre de 1957: una esfera de apenas 58 centímetros con cuatro antenas que no llevaba ninguna información clasificada, solo un «pip» de radio programado únicamente para fastidiarle la vida a Estados Unidos, que se pasó meses intentando descifrar un mensaje que no existía.

Un mes después llegó el Sputnik 2, con la perra Laika a bordo, una perra callejera de Moscú que los soviéticos aseguraron durante décadas que había sobrevivido varios días en órbita, y que en realidad murió de sobrecalentamiento apenas seis horas después del lanzamiento, cuando falló el control térmico de la cápsula. Estados Unidos, mientras tanto, se llevó un buen ridículo: el Vanguard 1, su respuesta al Sputnik, se elevó metro y medio de la plataforma antes de estallar, lo que le valió el mote de «pomelo» por parte de Nikita Kruschev. Con todo, el Vanguard 1, cuando por fin voló bien meses después, se convirtió en el primer satélite alimentado por energía solar, y sigue hoy en órbita, siendo el objeto artificial más antiguo en el espacio.

En abril de 1961, la URSS volvió a adelantarse mandando a Yuri Gagarin, que se convirtió en la primera persona en el espacio a bordo del Vostok 1, en una órbita de 108 minutos. Lo eligieron, entre otras cosas, porque era bajito —la cabina era diminuta— y porque tenía una sonrisa mucho más fotogénica que la típica seriedad soviética, algo que a los propios rusos, para variar, no les interesaba especialmente vender. Ese vuelo fue el que de verdad asustó a Estados Unidos y disparó el acelerador americano.

La respuesta llegó con el famoso «discurso de la Luna» de Kennedy ante el Congreso, en mayo de 1961: Estados Unidos se comprometía a poner a un hombre en la Luna y traerlo de vuelta antes de que acabara la década, «no porque sea fácil, sino porque es difícil». Poco después, Alan Shepard se convirtió en el segundo ser humano en el espacio —y el primer estadounidense—, aunque su vuelo suborbital de apenas 15 minutos y 187 km de altura se quedó muy corto frente a los 108 minutos y 357 km de Gagarin. Shepard formaba parte del grupo conocido como los Mercury Seven, el germen del programa Apolo, que llegaría después de los programas Mercury y Gemini.

El programa Apolo, que a precios de hoy costó unos 150.000 millones de dólares, no empezó bien: en 1967, un incendio durante una prueba en tierra del Apolo 1 mató a sus tres astronautas, lo que obligó a rediseñar por completo el módulo de mando. Aun así, el programa siguió adelante, con hitos como la lectura del Génesis desde el Apolo 8 en la Nochebuena de 1968, orbitando la Luna por primera vez, o los trajes espaciales a medida, cosidos a mano por costureras porque no existía ningún molde previo. Detrás del programa soviético rival estaba Sergei Korolev, el ingeniero jefe que sobrevivió a seis años en un campo de trabajo tras una purga de Stalin antes de que lo rescataran para liderar el Sputnik.

Julio de 1969: el Apolo 11 llega a la Luna con Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins. Lo que pocas veces se cuenta es que Armstrong tuvo que desactivar el piloto automático y alunizar a mano al ver que el lugar previsto, el Mar de la Tranquilidad, estaba lleno de rocas, aterrizando seis kilómetros más lejos de lo previsto y con el combustible prácticamente agotado. Sus primeras palabras no fueron la famosa frase, sino un informe técnico sobre cómo se habían hundido las patas del módulo en el suelo; «un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad» llegó después. Aldrin, por su parte, describió lo que veía como «una magnífica desolación», no había nada allí, ni atmósfera, solo cráteres de millones de impactos. Y sobre la famosa polémica de si la bandera ondeaba en la Luna: se cometieron dos errores de bulto, no pudieron clavarla del todo en la roca y alguien la sujetaba por abajo mientras la enfocaban, lo que dio esa falsa sensación de movimiento.

Después del Apolo 11 vino el desastre casi mortal del Apolo 13 —«Houston, tenemos un problema»— y, tras él, las misiones hasta el Apolo 17 en 1972, la última vez que un ser humano pisó la Luna. El programa no se acabó por ninguna conspiración, como sugieren algunas películas, sino por dinero: ya no había presupuesto ni ganas de seguir arriesgando vidas. En 1975, la misión Apolo-Soyuz marcó el primer encuentro espacial entre las dos potencias y el inicio de la colaboración en vez de la competición, que culminó con la estación Mir soviética en 1986. Por el camino quedaron hitos como el de Valentina Tereshkova, primera mujer en el espacio en 1963, o Svetlana Savitskaya, primera mujer en hacer una caminata espacial en 1984. Y nos quedamos con la frase que pronunció Armstrong después de todo aquello: no se sintió como un gigante, sino muy, muy pequeño.

A la carrera espacial le debemos, de rebote, buena parte de la tecnología que usamos hoy: el velcro, las zapatillas de correr, los materiales sintéticos. Y nos habría dado mucho más si no hubiera muerto en 1963 el proyecto Orión, la «nave imposible»: una nave propulsada por explosiones nucleares controladas detrás del casco, capaz en teoría de llevarnos a Marte en dos o tres semanas, cancelada por el tratado que prohibió las explosiones nucleares en el espacio. Sobre todo esto recomendamos Elegidos para la gloria (1983), sobre los Mercury Seven; Apolo 13 (1995), con Tom Hanks; el documental Apolo 11 (2019), montado enteramente con metraje real de la época; Gagarin, el primero en el espacio (2013), la versión rusa de la historia; la miniserie From the Earth to the Moon (1998); el documental In the Shadow of the Moon (2007), con entrevistas a los propios astronautas; y Salyut-7 (2017), sobre el rescate real de una estación espacial soviética a punto de perderse.

En la segunda parte cambiamos de tercio: si queremos que la humanidad sobreviva a largo plazo, como decía Carl Sagan, tarde o temprano tenemos que convertirnos en una especie interplanetaria de verdad, no solo ir y volver como hicimos con la Luna, sino colonizar. Desde los años 90 buscamos exoplanetas con condiciones parecidas a la Tierra, pero el primer obstáculo no es tecnológico, es biológico: vivimos muy poco comparado con las distancias que hay que recorrer, así que antes de nada habría que resolver el envejecimiento, o encontrar la forma de trasladar nuestra conciencia a un sistema que aguante más que un cuerpo humano.

Una vez resuelto el viaje, hay que resolver la llegada: adaptarse a un entorno que casi con toda seguridad no va a tener nuestra gravedad, nuestro aire ni nuestra presión. Hablamos de Titán (2018), sobre un militar modificado genéticamente para poder sobrevivir en la luna de Saturno del mismo nombre, ganando resistencia a la presión y tolerancia a su atmósfera a costa de dejar de ser, poco a poco, humano del todo. Y calculamos que haría falta un mínimo de entre 168 y 200 personas para garantizar la viabilidad genética de una colonia, elegidas no por ser políticos o ricos, sino por sus capacidades —médicos, ingenieros, agricultores, hasta fontaneros—, algo para lo que hoy no existe ningún criterio de selección real.

Una nave así tendría que ser generacional y autosuficiente: gestión de residuos, cultivo de alimentos, reciclaje de aire y agua, protección contra la radiación cósmica —probablemente con una capa de agua rodeando la nave, algo carísimo de poner en órbita— y, sobre todo, gravedad artificial, porque la ingravidez prolongada provoca pérdida de masa ósea y muscular, alteraciones genéticas en los embriones e incluso, si se prolonga demasiado, secuelas irreversibles al volver a la Tierra. La solución más plausible es un cilindro rotatorio, aunque eso descarta cualquier ventanilla romántica: mirar por ella con la nave girando marearía a cualquiera.

Sobre la propulsión, repasamos varias opciones de más a menos factibles. Los cohetes químicos como el Saturno V que llevó al Apolo tienen un techo claro; los motores de propulsión nuclear térmica, que la NASA sigue investigando en el Proyecto Prometheus, podrían duplicar la velocidad de escape; los motores de antimateria serían, en teoría, la opción más eficiente en peso, pero hoy solo sabemos producir antimateria en cantidades subatómicas y durante fracciones de segundo, porque se aniquila en cuanto toca materia normal. Y luego está la asistencia gravitatoria, el «tirón» de un planeta grande como Saturno para ganar velocidad sin gastar combustible, que hemos visto tanto en la saga de Odisea del Espacio como en Interestelar.

En el límite entre la ciencia y la ciencia ficción está el motor de curvatura, propuesto en los años 90 por el matemático mexicano Miguel Alcubierre: en teoría, generar una burbuja que comprime el espacio delante de la nave y lo expande detrás, de forma que la nave no se mueve, se mueve el propio espacio a su alrededor, esquivando así el límite de la velocidad de la luz sin violarlo técnicamente. Es la base del motor warp de Star Trek, con sus cristales de dilitio ficticios como catalizador, y también del «subespacio», la solución narrativa que usan varias series para poder comunicarse con la Tierra casi en tiempo real sin esperar años a que la señal viaje a la velocidad de la luz.

El proyecto real que más nos ilusiona en este terreno es Breakthrough Starshot, que retoma una idea que ya tuvo Carl Sagan en los años 70: una vela solar de pocos kilómetros, con una cámara y un transmisor miniaturizados del tamaño de un móvil, empujada por una batería de láseres desde la Tierra o el espacio hasta alcanzar un 20% de la velocidad de la luz. Con eso podríamos llegar a Alfa Centauri en unos 20 años y recibir las primeras imágenes reales de otro sistema solar en unos 25, la primera vez que sabríamos de verdad qué hay allí en lugar de imaginarlo.

Antes de cerrar la parte técnica, discutimos las razones a favor y en contra de convertirnos en una especie interplanetaria. A favor: la supervivencia frente a eventos de extinción masiva; la exploración, que llevamos en el ADN desde que los primeros humanos cruzaron continentes enteros; los avances tecnológicos derivados, como ya pasó con la carrera espacial; el acceso a nuevos recursos; el crecimiento económico del turismo y la minería espacial; y la diversificación de la especie, para no depender de un único planeta. En contra: el riesgo de gérmenes desconocidos, con el precedente real de la viruela y los pueblos americanos; la posibilidad de que la misma tecnología que nos saque de la Tierra se convierta en un arma; el riesgo de que el mismo capitalismo que agota los recursos de este planeta haga lo mismo con el próximo; y la posibilidad, nada tranquilizadora, de toparnos con una especie que decida que no estamos preparados para viajar entre las estrellas y nos lo impida.

En la tercera parte nos pusimos con series y películas, empezando por Otra vida, con Katee Sackhoff al mando de una nave con motor más rápido que la luz que investiga una nave alienígena en forma de cinta de Moebius; nos gustó especialmente que la trama utilice conceptos reales de la teoría de cuerdas, con «cuerdas débiles» capaces de abrir mini agujeros de gusano para mandar mensajes y «cuerdas fuertes» capaces de abrir pasos reales entre galaxias.

De Battlestar Galactica destacamos lo poco que se parece a la ciencia ficción de botones y lucecitas: sus naves tienen pistones, grasa, mecanismos que se sienten reales, y solo sus saltos FTL y su inteligencia artificial rebelada —los cylons, que llegan a superar a sus propios creadores— rompen esa sensación de verosimilitud. Y de Away, con Hilary Swank liderando una misión de tres años a Marte, nos quedamos con lo personal del planteamiento: el coste emocional de dejar atrás a tu familia sabiendo que te vas a perder años enteros de sus vidas.

Ese mismo dilema es el corazón de Passengers: una nave generacional con 5.000 colonos dormidos en hibernación sufre un fallo que despierta a Jim Preston noventa años antes de llegar a destino, completamente solo. Hay una conversación entre Jim y Aurora, la pasajera a la que él despierta, que nos parece de lo mejor de la película: cuando él le dice que una hibernación de 120 años es «el máximo suicidio geográfico», porque no volverás a ver a tu familia ni a tus amigos, ella responde que será la única escritora que haya vivido «la migración más grandiosa de la historia», la especie humana viajando hacia las estrellas. Instintos ocultos plantea la misma idea sin hibernación —treinta jóvenes en una misión multigeneracional que deben procrear durante el viaje— y con un giro más oscuro: sin supervisión adulta, la tripulación empieza a regresar a sus instintos más primitivos.

De Interestelar nos quedamos con la frase de Cooper, «la humanidad nació en la Tierra, pero no está destinada a morir aquí», que resume toda la película: un mundo real donde el abandono del campo por las ciudades ha convertido buena parte del planeta en polvo, obligando a buscar una salida a través de un agujero de gusano cerca de Saturno. Repasamos sus tecnologías —el motor de curvatura, la criogenización, los robots TARS y CASE— y la escena tridimensional en la que Cooper accede a todos los momentos del tiempo a la vez, que nos parece la mejor representación gráfica jamás hecha de cómo podría sentirse el viaje en el tiempo. Y un dato que nos encanta: las imágenes que el equipo de la película calculó para representar el agujero negro Gargantúa se acabaron confirmando después con observaciones reales.

Contact y Horizonte final, las dos de 1997, son el contraste perfecto entre optimismo y terror ante el primer contacto. En Contact —basada en la novela de Carl Sagan, que nos hemos visto siete u ocho veces— una señal alienígena nos da los planos de una máquina que abre un agujero de gusano hasta Vega; en Horizonte final, una nave con un motor experimental de gravedad que pliega el espacio regresa de un viaje sin tripulación... y trae consigo algo mucho más oscuro que un mensaje de paz.

De Starship Troopers (también del 97) nos quedamos con la primera película únicamente —recomendamos claramente saltarse la secuela—: una sociedad ya interplanetaria en guerra contra una especie de arácnidos gigantes, en la que, si lo piensas un momento, los invasores del planeta ajeno somos nosotros. Es la misma pregunta que plantea Avatar: cuando encontramos una especie más avanzada, ¿por qué damos por hecho que va a ser más benévola que nosotros, y no que hará con nosotros lo mismo que Pandora hace con su Unobtanium, arrasar con lo que se le ponga por delante para llevarse el recurso que necesita?

Armagedón, con todo lo que se salta las leyes de la física, sirvió para hablar de algo muy real: la misión DART de la NASA, la primera prueba de defensa planetaria de la historia, que en 2022 consiguió desviar la órbita de un asteroide impactándolo con una nave del tamaño de una nevera, cambiando su trayectoria en 32 minutos. La ciencia ficción, una vez más, se adelantó a la ciencia real por un puñado de años.

Cerramos con algo más amable: Wall-E, en la que la Tierra, devastada por nuestra propia basura, acaba recuperándose sola en cuanto la dejamos descansar, mientras los pocos humanos que quedan —obesos, sedentarios, alimentados por robots— redescubren que su planeta puede volver a ser habitable. Nos quedamos con la idea de que, por muy lejos que lleguemos alguna vez, siempre vamos a terminar añorando volver a casa.

Con esto cerramos el triple episodio de viajes al espacio. El siguiente lo ha pedido el hijo pequeño de Cherp, de 8 años: universos paralelos. Las cuerdas, avisamos, van a empezar a vibrar.

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