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Divergencias positivas y negativas: utopías y distopías en la ciencia ficción

Ep. 10Divergencias positivas · 25 feb 2023
Ep. 11Distopias negativas · 17 mar 2023

Después de dos capítulos hablando de zombis, tocaba algo bastante menos truculento.

Grabamos este episodio doble sin tener muy claro cómo llamar a la primera mitad: todos conocemos las distopías, pero ¿cómo se le llama a una posible realidad relativamente bonita, que no sea puro caos? Decidimos llamarlo divergencia positiva, y aprovechamos para aclarar una confusión habitual: una realidad alterna es un mundo en el que algo que sí ha pasado en el nuestro —el covid, una guerra— no ha pasado; una realidad paralela puede contener cualquier cosa, sin relación causal con la nuestra; y una ucronía es el género literario que explora una línea temporal alternativa a la historia real. Quien quiera profundizar en universos paralelos y paradojas temporales tiene los episodios 2 y 3 de este podcast como aperitivo.

Dentro de las divergencias positivas distinguimos varias figuras: la utopía clásica, una sociedad perfecta con todas las necesidades básicas cubiertas y sin conflictos ni desigualdad; el futuro sostenible, en el que la balanza ambiental y social está en equilibrio; el postcapitalismo, un mundo sin dinero ni lucro —la vieja distinción entre el universo de Star Trek, que no maneja dinero y presume de igualdad, y el de Star Wars, que sí usa créditos—; el «mundo de la abundancia», con recursos infinitos y sin pobreza; y la sociedad postmaterialista, en la que el ser humano deja de codiciar coches, joyas o poder.

Antes de meternos en ejemplos, hablamos de cómo se estudia el futuro en serio: empresas como Stratfor no intentan adivinarlo, sino calcular su viabilidad a partir de los datos que ya tenemos —«el futuro depende de lo que hagas hoy», una frase de Gandhi que ellos mismos citan. Distinguen el futuro probable (lo que pasará si no cambiamos nada), el futuro alternativo o posible (el terreno favorito de la ciencia ficción, lo que podría pasar si cambiamos algo), el futuro preferido o escogido (lo que queremos que pase) y el futuro descabellado, absurdo e imposible —como Otra Tierra (2011), en la que aparece un segundo planeta Tierra en nuestra órbita de la noche a la mañana, y que recomendamos solo por lo mucho que nos reímos con la crema antiarrugas antigravitatoria que sale en ella.

Antes de entrar en materia utópica, hicimos una parada en El cuento de la criada, que aunque es pura distopía nos sirvió de puente: en un Estados Unidos con la fertilidad femenina hundida por la contaminación, a las mujeres les arrebatan primero el dinero y después el voto, con una facilidad que nos pareció aterradora precisamente porque no es ciencia ficción pura, es algo que ya ha pasado y sigue pasando en partes del planeta.

La palabra «utopía» la acuñó Tomás Moro en 1516, en un libro sobre una isla imaginaria con un sistema perfecto; es un libro denso, muy de su época, pero de ahí nace todo el género. Curiosamente, la edad de oro de la ciencia ficción arranca a principios del siglo XX, empujada por dos cosas a la vez: una explosión de avances en biotecnología, reproducción asistida e inteligencia artificial, y el trauma colectivo de la Primera Guerra Mundial, que en 1920 le dio al escritor checo Karel Čapek la idea de acuñar la palabra «robot». De ese caldo nacieron las grandes distopías clásicas: Nosotros (1924), del ruso Yevgueni Zamiatin, y Un mundo feliz (1932), del británico Aldous Huxley.

Un mundo feliz nos dio para hablar largo y tendido: los seres humanos ya no nacen, se cultivan; la droga soma garantiza felicidad permanente sin resaca ni aburrimiento; y toda la sociedad está dividida en castas —alfa, beta, gamma, delta y épsilon— según el oxígeno que reciba cada feto durante la gestación, cuanto menos oxígeno, menor capacidad intelectual. Nos pareció inquietantemente parecido a algo que ya ocurre hoy sin necesidad de eugenesia: la nutrición de una madre embarazada y la alimentación de un niño durante la infancia condicionan de verdad su desarrollo cerebral, y eso está directamente ligado al poder adquisitivo de la familia.

Ahí nos metimos en un debate que no llegamos a cerrar: ¿es Un mundo feliz una utopía de verdad si toda la sociedad es feliz pero nadie es libre de elegir? Para uno de nosotros, sentirte feliz con una pastilla no es lo mismo que ser feliz; para el otro, la diferencia es más pequeña de lo que parece. De la misma época y espíritu hablamos de La nueva Atlántida, de Francis Bacon, sobre una isla donde el ser humano vive sin los agobios de la religión ni del dinero, y de La isla del doctor Moreau, de H.G. Wells, en la que un científico mezcla ADN humano y animal para crear una suerte de superhombre —un experimento que, ahora que sabemos editar el genoma de verdad, ya no nos suena tan a ciencia ficción.

De los libros más recientes, nos enganchó la trilogía de La Guadaña, de Neal Shusterman: en un futuro donde la tecnología ha eliminado la muerte —hasta te reconstruyen si te caes de un décimo piso—, una inteligencia artificial gestiona todos los recursos para que nadie pase necesidad, pero se niega a decidir quién muere para controlar la sobrepoblación, así que delega esa tarea en un cuerpo humano de «segadores». Seguimos a Citra y Rowan, dos jóvenes que se forman para serlo, en una sociedad que ha resuelto la muerte por enfermedad pero no ha sido capaz de convertirse en una especie interplanetaria, así que sigue reproduciéndose como si el espacio no fuera un problema.

De Gattaca (1997) nos quedamos con la escena en la que a un chico le hacen un análisis genético en cinco minutos y le felicitan por su «96% de pureza»: en ese futuro ya no existen ni las religiones ni las fronteras, solo tu ADN, y la película sigue a dos hermanos, uno concebido al azar y otro manipulado genéticamente para ser mejor, en una sociedad que decide quién puede aspirar a qué según su genoma.

El hombre en el castillo nos sirvió para hablar de la diferencia entre el libro de Philip K. Dick (1962) y la serie: la serie, mucho más pegada a la imaginación audiovisual americana, muestra un mundo en el que los nazis y Japón se reparten Estados Unidos tras ganar la Segunda Guerra Mundial; el libro, en cambio, es una historia mucho más metaliteraria, con un personaje que ha escrito una novela dentro de la propia novela imaginando que los Aliados ganaron, explicando con detalle por qué —empezando porque, en esa realidad, Pearl Harbor nunca ocurrió.

Repasamos también dos más ligeras: La fuga de Logan (1976), donde una sociedad controla la población gracias a un cristal en la muñeca que cambia de color con la edad hasta ponerse rojo a los treinta años, momento en el que te «ascienden» —te vaporizan—; y Fringe, la serie de cinco temporadas que mezcla mundos paralelos, realidades alternativas y superpoderes, con Walter Bishop, un científico brillante y un poco chiflado, como uno de nuestros personajes favoritos de todo el podcast.

Pero el plato fuerte de la primera parte fue El fin de la infancia, de Arthur C. Clarke (1953): una invasión pacífica de extraterrestres, los Overlords, que llegan para guiar a la humanidad a su edad dorada, eliminando el hambre, las enfermedades y, con la ayuda de un «cronovisor» capaz de ver cinco mil años atrás, las propias religiones, al demostrar que ninguna tiene fundamento real. Cuando por fin se presentan en persona, su aspecto resulta ser idéntico al del diablo de la iconografía católica —cuernos, alas de murciélago, dos metros de altura—, lo que explica por qué habían tardado tanto en dejarse ver. La utopía dura hasta que los niños de la Tierra empiezan a desarrollar telequinesis y otros poderes: son el siguiente salto evolutivo de la especie, y acaban fusionándose en una conciencia universal que termina consumiendo y destruyendo el propio planeta. Nos quedamos con la idea de que hasta la utopía más lograda de la ciencia ficción es incapaz de durar para siempre.

Cerramos la primera parte con una conclusión compartida: una sociedad utópica de verdad no es posible, porque no todos los seres humanos queremos lo mismo, y lo que es una utopía para uno —no trabajar, no tener preocupaciones— puede ser el infierno del aburrimiento para otro. Para nosotros, la utopía real sería que cada persona tuviera la libertad de elegir su propia felicidad, empezando por lo básico —comida, sanidad, vivienda, educación— y terminando en lo personal: a uno le haría feliz dedicarse a la astrofísica, al otro construir un telescopio mucho mejor que los que tenemos en órbita.

En la segunda parte tocaba el reverso: la distopía, una sociedad imaginaria con condiciones de vida extremadamente desfavorables, casi siempre nacida de un cataclismo, y que casi siempre funciona como una crítica a algún aspecto de la sociedad actual. No pudimos evitar un pequeño desvío con 1984: en 1984, el año real, Apple lanzó su célebre anuncio de la Macintosh con el eslogan «verás por qué 1984 no será como 1984», rompiendo literalmente una pantalla gigante de un Gran Hermano con un mazo, una de las campañas publicitarias más recordadas de la historia.

Varias de las distopías que repasamos giran en torno a una humanidad que deja de reproducirse o de percibir el mundo con normalidad: en Hijos de los hombres (2006), la infertilidad global desata el caos cuando muere la persona más joven del planeta; en A ciegas (2008), adaptación del Ensayo sobre la ceguera de Saramago, una pandemia misteriosa deja ciega a la mayoría de la población, y descubrimos hasta qué punto dependemos de la vista para todo, desde conducir hasta vigilar una central nuclear. Y en La niebla (2007), basada en Stephen King, un experimento militar abre un portal a otra dimensión por el que entran monstruos mucho más peligrosos que nosotros; la película tiene uno de los finales más duros que hemos visto nunca, y una banda sonora, con «The Host of Seraphim», que recomendamos escuchar aparte.

Del postapocalipsis con aire de western hablamos de Postman (1997), ambientada en pequeños poblados que sobreviven como hace dos siglos tras el colapso de la civilización; de El gran apagón, la novela —y el podcast en formato audiolibro— de Manuel Cruz sobre lo que pasaría si una gran tormenta solar friera toda nuestra electrónica de golpe, desde los aviones en el aire hasta el registro de la propiedad; del totalitarismo judicial de Juez Dredd (1995), donde ante el colapso de la justicia en megaciudades gigantescas la figura del juez pasa a ser policía, juez y verdugo a la vez, sin recurso posible; y de Rollerball (1975), en la que el mundo está repartido entre seis corporaciones que han sustituido a los países, una idea que cada vez suena menos a ciencia ficción.

Otro bloque entero de distopías gira en torno al cuerpo como mercancía. En Cuando el destino nos alcance (1973), con Charlton Heston, una Nueva York de 40 millones de habitantes sobrevive a base de un alimento sintético cuyo origen escondemos aquí por respeto al final. En Robocop (1987), un policía moribundo es reconstruido como cíborg, y la película no esconde la pregunta incómoda: ¿en qué momento, sustituyendo partes humanas por partes cibernéticas, se deja de ser humano? En Repomen (2010), los órganos artificiales se pagan a plazos, y quien no paga recibe la visita de unos «repomen» que se los quitan, mueras o no en el proceso, una fábula muy directa sobre lo poco que cuidamos lo que no tiene sustituto: nuestras manos, nuestros ojos, nuestro corazón. Y en La isla (2005), la gente rica encarga clones a su medida para tener repuestos de órganos genéticamente idénticos cuando los necesiten, algo que además tiene un eco real en el tráfico de órganos que existe hoy en distintas partes del mundo.

En Minority Report (2002), ambientada en 2054, el crimen ha desaparecido gracias a los precogs, tres personas capaces de ver crímenes antes de que ocurran; la policía detiene a la gente antes de que cometa el delito, sin presunción de inocencia posible, bajo la lógica de que es preferible encerrar a diez inocentes que dejar libre a un culpable. El propio jefe de la unidad de precrimen, que protagoniza la película, acaba metido en problemas al investigar un caso en el que el sistema, por primera vez, no está del todo seguro.

En In Time (2011), el tiempo de vida sustituye al dinero: hay quien acumula miles de años y quien tiene que trabajar minuto a minuto para no quedarse sin él; nos quedamos con la reflexión de que ni siquiera el hombre más rico del planeta puede comprar un segundo más de vida cuando le llega la hora. Y en Gamer (2009), un videojuego multijugador permite controlar a presos reales como si fueran avatares, en una violencia que dentro del juego parece inofensiva y que, al trasladarla a la vida real, deja de serlo.

Distrito 9 (2009) es de las distopías con la metáfora más directa que hemos visto: una nave alienígena llega a Johannesburgo, y en lugar de invasores o salvadores resulta traer un cargamento de esclavos, unos insectoides gigantes a los que confinan en un gueto, el mismo patrón que ya aplicamos con los indígenas norteamericanos, solo que esta vez con protagonistas extraterrestres. Y de la actualidad más reciente rescatamos Greenland (2020), sobre la llegada de un meteorito, porque justo la semana que grabamos este episodio la Unión Europea activó de verdad la frecuencia de alerta que todos los móviles llevan integrada para emergencias: la ficción, una vez más, pisándonos los talones.

El bloque del totalitarismo emocional nos dio Equilibrium (2002), con Christian Bale como un «clérigo» encargado de perseguir los sentimientos —amor, odio, avaricia— porque se consideran la raíz de toda guerra, hasta que él mismo empieza a sentir; y Más sueños eléctricos, del gallego Ramón Caride, un libro corto y muy recomendable sobre una sociedad que vive en cúpulas por niveles sociales y que ha eliminado toda emoción, hasta que alguien intenta recuperar el arte y la música. De la misma idea de vivir organizados por niveles hablamos de la trilogía del Silo, de Hugh Howey, sobre una sociedad subterránea organizada en pisos según tu oficio, con una serie ya en camino que esperamos que esté a la altura de las novelas; y de Los protectores, un corto en el que dos superpotencias arrasan la superficie y esconden a la humanidad bajo tierra, mandando robots que mienten sobre lo devastado que sigue el exterior, porque, dicen, el ser humano necesita sufrir de vez en cuando para valorar lo que tiene.

Dos distopías más estructurales: La langosta (2015), en la que la sociedad obliga a cualquier soltero a encontrar pareja en 45 días o convertirse en el animal que elija; y Dark City, sobre un hombre que despierta sin memoria y empieza a notar «errores en la Matrix» —edificios que cambian, gente congelada en el tiempo— hasta descubrir que una especie avanzada manipula la ciudad entera para estudiar qué es lo que nos hace humanos.

Pero si hay una distopía de la que hablamos con el estómago encogido es La carretera, de Cormac McCarthy: un mundo arrasado por un incendio global que ha cubierto el cielo de cenizas, sin explicación clara de la causa, por el que un padre y su hijo caminan hacia la costa empujando un carrito de la compra. Confesamos que evitamos, tanto leyendo el libro como viendo la película, imaginarnos a nosotros mismos como ese padre y a nuestros hijos como ese niño, porque es de las pocas historias que nos ha costado separar de la vida real.

Cerramos con clásicos y curiosidades sueltas: Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, sobre unos bomberos que en vez de apagar incendios queman libros porque el conocimiento genera pensamiento original y descontento; Elysium (2013), donde los ricos viven literalmente en órbita, en una estación espacial con lagos y bosques, mientras el resto malvive en una Tierra devastada sin acceso a sanidad, algo que nos hizo valorar, una vez más, lo que tenemos en España con la sanidad universal; y dos distopías con más comedia que otra cosa, Waterworld (1995), sobre un mundo inundado tras derretirse los casquetes polares, y Downsizing (2017), donde la solución a la escasez de recursos es reducir a la gente a doce centímetros de altura.

Y para terminar, tres recomendaciones que nos costó dejar fuera: El libro de Eli (2010), con Denzel Washington, posiblemente de las mejores películas de todo el capítulo, sobre un superviviente solitario que custodia un libro sagrado camino de un monasterio en un mundo postapocalíptico devastado por sequías; La guerra del mañana (2021), sobre unos soldados que aparecen en pleno Super Bowl anunciando que en 2055 la humanidad está siendo aniquilada por una especie alienígena y necesita reclutas del pasado; y tres episodios de Black Mirror que no podíamos dejar fuera —Blanca Navidad, sobre extraer una confesión directamente de la mente de alguien; Caída en picado, sobre una sociedad que puntúa cada interacción social con estrellas y que decide tu acceso a la vivienda o al coche que puedes alquilar; y San Junípero, sobre subir tu conciencia a un mundo virtual al morir, que a uno de nosotros le quitó el sueño esa misma noche preguntándose si la copia digital sería realmente él o solo una copia. Con esto cerramos el doblete de divergencias; el próximo capítulo todavía está por decidir entre varios temas que tenemos pendientes —el postapocalipsis, los mundos paralelos o la muerte—, así que seguid atentos.

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