Wearables: del zapato tramposo de 1961 al implante que te lee la mente
De los anillos y relojes inteligentes a las gafas con IA y los implantes cerebrales de Neuralink y Synchron: repasamos la historia real de los dispositivos vestibles, dónde se cruza con la ciencia ficción de «Regreso al futuro 2» o «La fuga de Logan», y hacia dónde apunta la frontera entre el wearable y el cíborg.

En el capítulo anterior nos preguntábamos si estamos solos en el universo; hoy bajamos de las estrellas a la muñeca, literalmente, para hablar de wearables, los dispositivos que nos ponemos encima —o, cada vez más, dentro— del cuerpo.
Empezamos por una curiosidad histórica que nos encantó: el primer ordenador vestible de la historia, de 1961, no tenía nada de altruista. Era un dispositivo oculto en un zapato diseñado para hacer trampas contando las probabilidades de la ruleta en un casino, con una estética que parece sacada directamente del reloj de Dick Tracy. Sesenta y tantos años después, aquella ciencia ficción de casino es hoy un smartwatch cualquiera.
Desde entonces la cronología de los vestibles se ha ido acelerando: el reloj calculadora de 1972, el Seiko TV Watch de 1983 —un reloj capaz de mostrar imágenes de televisión, que sigue pareciéndonos una genialidad para su época—, los audífonos Bluetooth de 2002 que acabaron con el cable del jack de 3,5 mm, la Fitbit de 2012 y el Apple Watch de 2015, que fue el primer smartwatch que triunfó de verdad pese a durar dos días de batería.
Nos organizamos por categorías. Los anillos son, para nosotros, los vestibles más discretos: sirven para pagar, identificarte o abrir una puerta sin sacar nada del bolsillo, aunque su propio tamaño limita cuánta tecnología pueden llevar dentro. Las pulseras y relojes inteligentes son el siguiente escalón: miden pulsioximetría, detectan arritmias, avisan de hipoglucemias a diabéticos con un parche conectado, y de paso nos han metido en la cabeza la cifra de los 10.000 pasos diarios, que en realidad viene de un podómetro japonés de 1965 llamado Manpo-kei —literalmente «medidor de 10.000 pasos»— que era puro marketing, no una recomendación médica real.
Con las gafas llegamos a la parte más dolorosa para uno de nosotros: la frustración con las Google Glass. Se presentaron en el Google I/O de 2014 con Sergey Brin saltando en paracaídas y aterrizando en directo con ellas puestas, una de las presentaciones más espectaculares que ha hecho Google en su historia, y sin embargo fracasaron: la sociedad, sobre todo en Estados Unidos, rechazó llevar una cámara siempre encendida en la cara. Siguieron usándose en entornos industriales hasta que se descontinuaron en 2023, pero como producto de consumo fueron, sencillamente, un producto adelantado a su tiempo y a su privacidad.
Hoy la partida la lidera Meta con sus Ray-Ban Meta: gafas con inteligencia artificial, cámara, micrófonos y traducción simultánea en tiempo real que uno de nosotros ha probado en un congreso en inglés y funcionan de verdad. Apple juega otra liga con las Vision Pro, mucho más potentes técnicamente pero seis veces más caras que unas Meta Quest y todavía sin el ecosistema de aplicaciones que las justifique del todo; Google, por su parte, ya ha presentado el Project Astra y se ha aliado con fabricantes de gafas para no quedarse atrás.
Y aquí es donde entra nuestra escena de ciencia ficción favorita de todo el capítulo: la de «Regreso al futuro 2», en la que Marty McFly llega al 2015 y se encuentra a una familia entera sentada a la mesa, cada uno con sus gafas puestas, viendo cada uno un programa distinto, aislados y conectados al mismo tiempo. Treinta y cinco años después de rodarse esa escena, con las gafas de realidad aumentada ya en tiendas, cuesta no verla como un pronóstico bastante certero, para bien y para mal.
La privacidad es, para nosotros, el asunto serio de todo este capítulo: hace poco un usuario de Ray-Ban Meta fue denunciado por grabar a mujeres por la calle y monetizar los vídeos en una plataforma. No es ilegal grabar, pero sí compartirlo, y esto no ha hecho más que empezar: cuando todo el mundo lleva encima cámara y micrófono sin que se note, la pregunta de quién nos está grabando en cada momento deja de ser paranoia.
En cuanto a ropa inteligente hemos encontrado menos de lo que esperábamos: camisetas con pulsómetro integrado, una chaqueta vaquera que presentó Google en un Google I/O con fibras conductoras cosidas en la propia tela vaquera, que por lo visto aguantaba unos diez lavados antes de dejar de funcionar. Prototipos interesantes, pero todavía muy lejos de ser productos duraderos y asequibles.
Y luego está la parte que ya no es wearable, sino implante: Neuralink logró en 2024 que un paciente controlase el cursor de un ordenador con el pensamiento sin curva de aprendizaje; la española Inbrain Neuroelectronics desarrolla implantes de grafeno para enfermedades neurológicas; Precision Neuroscience y Synchron han creado interfaces cerebro-computadora que ni siquiera requieren abrir el cráneo, insertándose a través de los vasos sanguíneos; y la Universidad de California ha logrado traducir directamente señales neuronales en habla para pacientes que la habían perdido. Es la frontera exacta entre llevar algo puesto y ser, ya, parte máquina.
En ciencia ficción ya habíamos visto casi todo esto antes, solo que con nombres distintos: la interfaz cerebro-máquina de Matrix, el exoesqueleto de carga que monta Ripley en «Aliens, el regreso» para pelear contra la reina alien, o el traje de combate robótico que pilota uno de los antagonistas de Avatar. Nos gustan especialmente dos ejemplos más antiguos: «La fuga de Logan» (1976), donde todo el mundo lleva implantado en la mano un cristal que cambia de color con la edad y se apaga —de forma letal— al cumplir los 30, y «In Time», donde directamente se paga con horas de vida.
Terminamos con una reflexión que nos parece la de verdad importante de este capítulo: la tecnología wearable avanza mucho más deprisa que nuestra capacidad de decidir qué queremos hacer con ella. Preferimos un anillo, unas gafas o un implante según lo que estemos dispuestos a ceder a cambio, y esa decisión, cada vez más, se toma sin que nos demos cuenta.
En el próximo capítulo nos vamos al otro extremo del espectro: toda la ficción bizarra, extravagante y de serie B que hemos ido acumulando, de Zardoz a Rick y Morty.