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Viajes en el tiempo: lo que dice la ciencia (y lo que se inventa la ficción)

Ep. 2Viajes en el tiempo - Parte 1 - Futuro · 11 dic 2022
Ep. 3Viajes en el tiempo - Parte 2 - Pasado · 17 dic 2022

Este fue nuestro segundo capítulo, el primero de verdad después de la presentación del podcast, y decidimos empezar fuerte: los viajes en el tiempo. Antes de nada tuvimos que aclarar una distinción que nos parece importante y que aplicamos desde entonces en todo el podcast: la ciencia ficción necesita una tecnología, una máquina, algo respaldado —aunque sea especulativamente— por la ciencia; si no hay nada de eso y solo hay magia, espíritus o sentimientos, eso es fantasía. Fue también el episodio en el que se estrenó Lucía, nuestra IA, con un chiste que se ha quedado para siempre en el podcast: le dimos un "periodo de prueba de tres meses".

Empezamos por el viaje al futuro, que es el único que la física respalda de verdad. Stephen Hawking decía que todos somos viajeros en el tiempo, porque avanzamos constantemente hacia delante siguiendo lo que los físicos llaman la flecha del tiempo — aunque aquí discrepamos: uno de nosotros defiende que en realidad existimos en todos los momentos de nuestra vida a la vez, y que lo que llamamos "viajar" es solo cómo nuestra conciencia se desplaza entre ellos, con el Doctor Manhattan de Watchmen como referencia de lo que sería experimentarlo sin esa limitación. La explicación científica, en cambio, viene de la relatividad de Einstein: la gravedad es la curvatura del espacio-tiempo, y esa misma curvatura permite la dilatación temporal — cuanto más rápido te mueves, más despacio pasa el tiempo para ti. La paradoja de los gemelos lo resume bien: uno se queda en la Tierra, el otro viaja casi a la velocidad de la luz, y cuando vuelve se encuentra a su hermano convertido en un anciano. El problema es que hace falta acercarse muchísimo a la velocidad de la luz —y una cantidad de energía casi infinita— para que la diferencia sea apreciable: al 90% de la velocidad de la luz, solo ganamos una diferencia de 2,3 veces. Lo único que no es relativo, por cierto, es la velocidad de la luz en el vacío.

De todos los métodos para viajar al futuro, la criogenización nos pareció el más bizarro: congelar el cuerpo y despertarlo décadas después, con la mente intacta pero el cuerpo envejecido de golpe, como en Demolition Man. El problema real es que el agua de nuestras células forma cristales al congelarse que destruyen las membranas y el ADN — hay ranas que sí pueden hacerlo gracias a una sustancia en su sangre, pero el ser humano, de momento, no. La versión de ciencia ficción más lograda de esta idea es La puerta al verano, de Robert Heinlein, donde el protagonista se deja congelar por venganza y acaba haciendo el viaje dos veces.

Más allá de la criogenización, repasamos toda la batería de métodos hipotéticos para el viaje al futuro que baraja la física especulativa: agujeros de gusano (una hipótesis, ni siquiera una teoría, con un 50% de posibilidades de salir en el futuro y un 50% en el pasado), cilindros rotatorios gigantescos con más masa que todo el sistema solar, vórtices de luz coherente generados por láseres —que sí existen como experimento real en Estados Unidos, aunque solo para transportar datos, no materia—, cuerdas cósmicas hechas de materia exótica, el núcleo atómico pesado que propuso el físico y escritor Robert L. Forward, y el entrelazamiento cuántico, la base teórica del motor warp de Star Trek: si pudieras conocer la posición de todas las partículas del universo, podrías curvar la gravedad de un punto y moverte más rápido que la luz sin violar, técnicamente, la relatividad.

En ficción, todo esto arranca con La máquina del tiempo (1895) de H.G. Wells, la novela que inventa el género tal y como lo entendemos: no hay magia, hay una máquina, y el protagonista viaja al futuro lejano para descubrir a la humanidad dividida en dos especies, los eloi y los morlocks — una metáfora de la lucha de clases de la Inglaterra victoriana que nos sigue pareciendo muy lograda. Tiene dos adaptaciones que recomendamos por motivos distintos: la de 1960, con esa imagen tan recordada del protagonista transportando un puro encendido en una maqueta de la máquina, y la de 2002, más steampunk y visualmente más lograda. Menos conocida es Las naves del tiempo (1995) de Stephen Baxter, secuela oficial autorizada por el legado de Wells, que lleva la idea muchísimo más lejos: el viajero encuentra una humanidad convertida en una inteligencia colectiva no biológica que, al descubrir su máquina del tiempo, decide viajar hasta el mismísimo Big Bang para sembrar su propia inteligencia en el universo naciente — no sabemos muy bien qué se fumó Baxter para llegar hasta ahí, pero el libro es una pasada.

Cerramos la parte del futuro con Interstellar, que para nosotros es de lo mejor que se ha hecho nunca con el viaje en el tiempo en pantalla: usa la dilatación temporal gravitacional cerca de un agujero negro como motor de toda la trama —horas allí son años en la Tierra— y está asesorada por el físico Kip Thorne, que recogió después todo ese trabajo en el libro The Science of Interstellar. Nos quedamos con esa escena en la habitación multidimensional donde el protagonista puede tocar todos los momentos del tiempo a la vez, porque resume mejor que ninguna otra cosa la teoría de que quizá el tiempo no es una línea, sino algo por lo que nos podemos mover en varias direcciones.

En el tercer capítulo nos metimos con el viaje al pasado, que es donde de verdad empieza la fiesta: si el viaje al futuro no sirve de nada sin volver, el viaje al pasado tiene el problema contrario, que es volver sin destruir la realidad en el intento. Aquí hay dos marcos teóricos incompatibles para imaginar cómo funcionaría: el universo consistente, donde cada decisión genera un universo paralelo nuevo y tu línea temporal original queda intacta —el problema es que nunca puedes volver a ella—, y el universo mutable, una única línea temporal que se reajusta constantemente a los cambios, como en Regreso al futuro o, de forma mucho más extrema, en El sonido del trueno, donde matar sin querer un solo insecto en el pasado desencadena oleadas de cambios que acaban transformando a la propia especie humana. El principio de autoconsistencia de Novikov, que nos parece el más elegante, dice que en un universo de línea única el propio universo "se protege": por más que lo intentes, no puedes matar a Hitler, porque siempre pasa algo que te lo impide.

Ahí entran las paradojas clásicas, y esta es la parte que más nos divierte de todo el tema: la paradoja del abuelo (matas a tu abuelo antes de que conozca a tu abuela, y por tanto tú nunca naces, así que ¿quién lo mató?), la paradoja del viajero o "bootstrap" (un objeto o una idea que viaja en un bucle sin origen causal — ni siquiera hace falta ir tan lejos como el huevo y la gallina, aunque también le buscamos explicación con las mutaciones por rayos gamma) y la paradoja de la muerte (te ves a ti mismo muerto en el futuro, así que ¿cómo sabes si vas a morir así o no?). También distinguimos entre paradojas cerradas, donde el propio viajero provoca aquello que intentaba evitar —como llevar sin querer al pasado un virus que después se convierte en la pandemia que quería impedir—, y paradojas abiertas, como la del abuelo, que no tienen una solución interna posible.

Las "soluciones" que baraja la ciencia ficción para esquivar las paradojas son de lo más variado: universos paralelos y universos tangentes (una rama que se separa de la línea principal y vuelve a fundirse con ella si el viajero deshace su error), el solapamiento mental del Efecto Mariposa (donde solo viaja la conciencia, no el cuerpo, y el protagonista necesita puntos de anclaje —sus propios dibujos— para no perderse), la contemplación espectral (cuando alguien fuera de su tiempo se percibe como un fantasma, como el mensaje que Cooper le deja a su hija en Interstellar) y los mensajes a través del tiempo sin viaje físico de por medio, como en Déjà Vu o Frequency. Sobre esto último hay una base real que nos voló la cabeza: en 2011 un experimento entre los laboratorios del CERN y Gran Sasso, en Italia, midió neutrinos llegando 60 nanosegundos antes de haber sido enviados a lo largo de 730 km — nunca se encontró el error, y experimentos posteriores han conseguido que fotones "viajen" brevísimamente al pasado. Que quede claro: hablamos de datos, no de materia, y de fracciones de segundo, no de años.

En pantalla, Terminator es nuestro ejemplo favorito de universo mutable de línea única: en la primera, una máquina viaja al pasado para matar a la madre de la resistencia; en Terminator 2, un T-1000 de metal líquido persigue a su hijo, y cada intervención cambia el futuro sin crear una línea paralela nueva. Star Trek IV: Misión salvar la Tierra hace algo parecido, pero con menos rigor y mucho más corazón: viajan al pasado a buscar un par de ballenas jorobadas —extinguidas en su época— porque solo su canto puede detener a una sonda alienígena que amenaza la Tierra; con poco presupuesto y mucho ingenio de guion, sigue siendo de las películas de Star Trek que más disfrutamos. Paycheck y Déjà Vu, más modestas, juegan con la idea de dejarte pistas a ti mismo o de observar el pasado sin poder tocarlo.

Los bucles temporales dieron para la parte más divertida del capítulo, y para una discusión entre nosotros que no llegamos a resolver: si Código fuente es o no un bucle temporal de verdad, dado que el protagonista termina viviendo en una línea paralela y el atentado que investigaba nunca llega a ocurrir. Donde sí coincidimos es en que 12 Monos es una obra maestra —el protagonista de adulto ve morir a un hombre en un aeropuerto sin saber que ese hombre es él mismo de niño, y el bucle se cierra sin salvar a nadie—, que Looper tiene uno de los mejores giros del género (el asesino a sueldo se da cuenta de que su próximo objetivo es él mismo, treinta años más viejo, porque el pago ya no viene en plata sino en oro), que Mr. Nobody es tan bonita como difícil de resumir —toda la película resulta ser la imaginación de un niño ante una decisión imposible— y que Tenet, con perdón de Christopher Nolan, hay que verla al menos dos o tres veces para entender qué demonios ha pasado. Como colofón más ligero, Hoy es mañana es puro entretenimiento de sobremesa española sin ni una gota de ciencia real, pero la incluimos porque nos hizo pasar un buen rato.

Cerramos con los libros que nos parecía imperdonable dejar fuera: Las doradas manzanas del sol de Ray Bradbury, Rescate en el tiempo de Michael Crichton —mucho más rico en su versión novela que en la película, como suele pasar— y, sobre todo, El fin de la Eternidad de Isaac Asimov, que para nosotros sigue siendo de lo mejor que ha dado el género: una organización que vigila 700.000 siglos de historia humana haciendo el "cambio mínimo necesario" —como esconder las llaves de un coche para que alguien llegue tarde a una conferencia— para evitar que la humanidad se autodestruya, hasta que el técnico Andrew Harlan se enamora de la persona equivocada y pone en jaque a la propia organización. Nos habría gustado hablar de muchas más —Los cronocrímenes, Time Cop, En la hierba alta— pero el tiempo, cómo no, se nos echó encima; para eso nos queda todavía el resto de este podcast que, como bien recuerda uno de nosotros, siguen escuchando nuestros cinco fieles seguidores: nuestros padres y nuestras parejas.

En el próximo capítulo seguimos con otra tecnología que también empezó siendo ciencia ficción antes de ser ciencia real: la inteligencia artificial, de Turing a HAL 9000.

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