Políticamente incorrectos: los regímenes totalitarios de la ciencia ficción
Episodio especial, con aviso previo, dedicado a los regímenes totalitarios y opresivos de la ciencia ficción: cómo se instauran paso a paso —educación, ayudas económicas, medios de comunicación, fuerza militar— tanto en la ficción como en la historia real (Alemania nazi, URSS, Venezuela), con un recorrido por 1984, Un mundo feliz, Rebelión en la granja, Fahrenheit 451, Gattaca, Robocop, Blade Runner, Divergente, El hoyo, El cuento de la criada, Los 4400, 3% y Severance, entre otros muchos.

Después de repasar los estrenos de 2025, tocaba un capítulo con aviso previo.
Hoy toca un episodio distinto, con aviso previo: si tenéis la piel muy fina, mejor os lo saltáis, porque vamos a ser políticamente incorrectos. Nos metemos de lleno en los regímenes totalitarios y opresivos de la ciencia ficción —del Gran Hermano que todo lo ve a sociedades donde el pensamiento libre es delito— para ver si nos están advirtiendo del futuro o simplemente documentando el presente con otro nombre.
El prototipo de todos ellos es 1984, de George Orwell, que además se llevó al cine el mismo año 1984 en el que está ambientada —una serendipia que nos encanta—; para nosotros el libro sigue siendo mejor, pero la película también aguanta bien, sobre todo si la revisáis pensando en la tecnología de vigilancia actual. Un estado totalitario vigila y controla cada aspecto de la vida de sus ciudadanos a través del Gran Hermano, y Winston Smith, un funcionario del Partido, se convierte en el símbolo de la rebelión contra ese control absoluto —el mismo nombre que, por cierto, tomó prestado el concurso de Telecinco, en un guiño nada casual a ese control total sobre la vida de otros—.
Lo primero que queremos dejar claro es que un régimen totalitario casi nunca llega con un golpe de estado militar de un día para otro —ni en la ficción ni en la realidad—: llega con ingeniería social, paso a paso, y si algún patrón de lo que contamos os suena familiar, no es casualidad.
El primer punto que se toca casi siempre es la educación: los nazis demostraron que educar a los niños para que obedezcan órdenes sin preguntar da como resultado adultos que hacen lo que se les manda —y que, juzgados después, se defendían diciendo que ellos solo obedecían órdenes—. Moldear las mentes desde pequeños cala: lo que te dice el profesor de niño, te lo acabas creyendo de mayor.
El segundo punto tiene que ver con lo que leemos ya de adultos y con las ayudas económicas: una renta básica o mínima vital es una herramienta legítima contra la pobreza, pero mal gestionada también puede convertirse en un instrumento de control social, en votos cautivos —lo que en política se llama clientelismo—; lo mismo pasa cuando un gobierno controla de forma directa las pensiones de los jubilados, un bloque de votantes clave.
El tercer punto es generar bloques y frentismo, dividir a la sociedad en dos mitades que se pelean entre sí en vez de cuestionar al poder —divide y vencerás, decían ya los romanos, junto con pan y circo— porque mientras dos bandos están ocupados peleándose entre ellos, ninguno de los dos cuestiona a quien de verdad manda.
Para que una democracia derive hacia un régimen totalitario, la ciencia ficción —y la historia— repiten casi siempre las mismas condiciones previas: crisis económica, inestabilidad política, amenazas de seguridad inventadas o reales, polarización extrema y desconfianza en las instituciones por corrupción. Sobre esa base surge un líder que explota el descontento popular, promete soluciones rápidas y debilita a los opositores: populismo, de libro.
A partir de ahí, el patrón que vemos una y otra vez en pantalla es siempre el mismo: desaparecen los controles democráticos, el ejecutivo se apodera también del legislativo y el judicial, se invierte mucho dinero en controlar los medios de comunicación —lo que hoy llamamos desinformación lo llevamos toda la vida sufriendo, solo que ahora se llama fake news—, y cuando ya se ha comprado o amedrentado a todo el mundo, llega la parte más truculenta: el uso de la fuerza, militares o policía secreta, para acallar a los opositores, que acaban presos, exiliados o muertos. Y justo antes de cambiar el sistema electoral, casi siempre se reescribe la Historia: se saca del cajón al dictador muerto hace ochenta años y se cuenta lo ocurrido como si él hubiese tenido razón. Ojo, que una cosa es recordar el pasado para no repetirlo, y otra muy distinta es revivirlo.
Y esto no es solo ciencia ficción: la Alemania nazi de Hitler llegó al poder en 1933 aprovechando una crisis económica brutal y una hiperinflación descontrolada, y usó herramientas legales —la Ley Habilitante— para desmontar la democracia desde dentro; la Unión Soviética de Stalin consolidó el poder eliminando a sus opositores y creando los gulags, campos de trabajo forzado en Siberia; y, más recientemente, la Venezuela de Chávez y Maduro concentró el poder ejecutivo y debilitó las instituciones democráticas hasta derivar en un régimen autoritario del que ya ha huido, según las cifras que manejamos, cerca de un tercio de la población del país.
Como en pinta a ficción preferimos pensar en soluciones y no solo en problemas, cerramos esta primera parte con cinco lecciones para evitar esa deriva: fortalecer las instituciones democráticas garantizando su independencia y transparencia; defender el estado de derecho; fomentar una sociedad civil activa que vote y exija cuentas; evitar la polarización extrema —en España hay familias enteras que han dejado de hablarse por política, y eso ya es una señal de alarma—; y proteger los medios libres para garantizar el acceso a información imparcial y diversa.
Con esto claro, vamos con el repaso de películas. Mucho antes que 1984, Metrópolis (1927), de Fritz Lang —no 1977, como se nos escapó al grabar—, ya mostraba en cine mudo una sociedad dividida entre una élite gobernante y unos trabajadores oprimidos.
De la misma época pero con otro registro nos vamos a La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick: no es una película futurista, pero sí tiene mucho de manipulación psicológica y control estatal sobre la mente de un individuo; es puro Kubrick, rara y perturbadora, de esas que se te quedan grabadas aunque no acaben de convencerte.
De Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, a uno de nosotros le encantó el libro cuando lo leyó, y hay dos adaptaciones: la clásica de François Truffaut (1966) y una más reciente para HBO (2018), con Michael B. Jordan de bombero encargado de quemar libros en vez de apagar incendios. Para nosotros es de las mejores metáforas de la censura por ignorancia: hoy no hace falta quemar ningún libro para que nadie lea, basta con llenarle la cabeza a la gente de vídeos cortos de treinta segundos.
Gattaca (1997) imagina una sociedad donde el ADN lo determina todo —lo bueno y lo malo, el trabajo que puedes tener y el que no— sin que importen el origen ni el color de piel de nadie, solo la genética; a uno de nosotros esta película no le convence nada por lo cruda que es su premisa, aunque reconoce el mérito de Ethan Hawke en el papel protagonista.
Robocop (1987) retrata qué pasa cuando dejamos que una corporación privada se haga con el control de un servicio que debería estar en manos de los ciudadanos, en este caso la policía de una Detroit con la criminalidad disparada; la corrupción, claro, no hace más que crecer sin control real. Ya hemos hablado muchas veces de Blade Runner, con esa misma idea de una corporación todopoderosa por encima de cualquier institución.
Brasil (1985), de Terry Gilliam, es una sátira oscura sobre la burocracia totalitaria que a Josito no le convence nada —la ve muy lenta— aunque reconoce que retrata muy bien ese mundo asfixiante; no la recomendamos para cualquiera.
Æon Flux (2005), con Charlize Theron, muestra una sociedad aparentemente utópica gobernada en secreto por un puñado de científicos, con una resistencia clandestina de por medio. En el extremo opuesto está Equilibrium (2002), con Christian Bale: un régimen que directamente elimina las emociones con una droga para que no surjan conflictos —el mismo pan y circo de los romanos, llevado al extremo contrario—; para nosotros, la droga de hoy sería la comida basura, el alcohol o la televisión basura.
Minority Report (2002) sigue sin perder fuelle: en 2054, un sistema de «precogs» capaces de ver crímenes antes de que sucedan permite detener a los culpables antes de cometerlos, sin presunción de inocencia —vigilancia total en nombre de la seguridad—.
Hijos de los hombres (2006) imagina una humanidad que lleva casi dos décadas sin que nazca ningún niño, con un gobierno autoritario de fondo: siempre que hay un problema muy grave, parece que la respuesta más fácil es dejarlo todo en manos de alguien con poder absoluto.
Elysium (2013) lleva la desigualdad al extremo: una élite vive en una estación orbital con tecnología capaz de curar cualquier enfermedad al instante, mientras el resto de la humanidad se queda en una Tierra enferma y superpoblada.
Para el público más joven está Los juegos del hambre, que obliga a los adolescentes a matarse entre ellos por los recursos de sus distritos —divide y vencerás llevado a la aniquilación física—. Y Ready Player One (2018), que ya repasamos a fondo en el especial de mundos virtuales, también encaja aquí: una corporación busca controlar el mundo real y el digital manteniendo a la gente entretenida y feliz dentro de Oasis mientras el mundo de fuera se va a pique, pan y circo otra vez, pero en versión de realidad virtual.
El hoyo (2019), española, lleva la desigualdad a una prisión vertical de cientos de niveles por la que baja una plataforma con comida: los de arriba comen lo que quieren, y a los de abajo no les llega nada —no vamos a destriparla más, porque merece verse—. Y La Purga imagina un Estados Unidos en el que, una noche al año, el gobierno permite cualquier crimen sin consecuencias legales.
Divergente (2014) clasifica a toda la sociedad en cinco facciones según su virtud dominante y persigue a quien no encaja limpiamente en ninguna —los divergentes del título—; es el mismo patrón de bloques y castas enfrentadas que veníamos comentando, adaptado a saga juvenil.
También hay ejemplos más amables, como WALL·E, de Pixar, con su crítica al consumismo y a una humanidad que ha delegado hasta caminar en los robots; o más oscuros, como Ghost in the Shell (1995), con su crítica al control corporativo sobre la propia identidad. Y hasta Matrix se puede leer en esta clave: el Arquitecto, el programa que diseñó la Matrix, decide cómo tiene que ser la realidad simulada, y si algo se sale de esos límites, sencillamente lo elimina.
Pasamos a series, que también dan para un buen rato. V (1983), con su remake de 2009 a 2011, es de las más icónicas: llegan unos alienígenas aparentemente amistosos que acaban imponiendo un régimen totalitario mientras nos usan de alimento —el logo de la serie, con esa uve partida, siempre nos ha recordado a una esvástica, y no creemos que sea casualidad—. Para nosotros la serie original, con todas sus limitaciones de los 80, funciona mejor que el remake, que se quedó a medias.
Dark Angel (2000-2002), creada por James Cameron, sigue a Max Guevara —Jessica Alba, en su papel de debut— una joven modificada genéticamente que escapa de un programa militar secreto en un Seattle postapocalíptico; solo duró dos temporadas, pero se deja ver.
Battlestar Galactica lleva la idea al terreno de la inteligencia artificial: al principio de la historia los humanos oprimimos a los cylons, los robots, y cuando la tortilla se da la vuelta y los cylons resultan ser mejores que nosotros en casi todo, nos atacan sin piedad. Así que ya sabéis: cuando llegue la IA de verdad, tratadla bien, que tarde o temprano será más lista que nosotros.
Los 4400 (2004-2007) sigue a 4.400 personas que reaparecen de golpe tras haber desaparecido durante años, ahora con poderes especiales; el gobierno, claro, no tarda en perseguirlas, no porque sean una amenaza para la sociedad, sino porque lo son para quienes tienen el poder.
El cuento de la criada, la novela de Margaret Atwood, está muy bien —uno de nosotros se la leyó en su día— aunque la propia autora la termina donde termina la primera temporada de la serie; el resto son ya temporadas alargadas más allá del material original. La República de Gilead es un régimen totalitario teocrático, lo peor de dos mundos combinados, en el que a las mujeres las someten de una forma escalofriantemente sencilla: les quitan el pasaporte y el acceso a sus cuentas bancarias, algo que —recordémoslo— ha sido real en España no hace tantas décadas, cuando una mujer no podía abrir una cuenta bancaria por sí misma.
3% es una serie brasileña, la primera producción original de Netflix en ese país, en la que los jóvenes deben superar unas pruebas brutales al cumplir veinte años para acceder al 3% de plazas de una sociedad utópica y tecnológicamente avanzada al otro lado del mar —mejor sanidad, mejor educación, hasta la posibilidad de volver a caminar si estás en silla de ruedas—; el resto, el 97%, se queda atrás. El mismo patrón de siempre: los que llegan arriba viven en un paraíso con nombre bonito, y todos los demás se quedan fuera.
Para terminar con las series, mencionamos de pasada Silo, ya con dos temporadas; Carbón alterado, donde el alma se transfiere entre cuerpos —las «fundas»— y solo los millonarios pueden permitirse vivir así para siempre; y Severance, con una corporación distópica, Lumon Industries, que separa quirúrgicamente los recuerdos del trabajo y de la vida personal de sus empleados. Siempre la misma disyuntiva: o el poder se concentra en una facción política, o se lo dejamos a una macrocorporación, y en los dos casos la acabamos liando.
Y en libros, dos que no podían faltar: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, con su distopía «feliz» sostenida a base de manipulación genética, condicionamiento psicológico y una droga, el soma, que mantiene a todo el mundo contento sin motivo —nos sorprende que todavía no se haya llevado al cine—; y La máquina del tiempo, de H.G. Wells, donde la humanidad futura se ha dividido en dos especies, los eloi y los morlocks, dominando genéticamente una a la otra gracias, precisamente, a esa misma división de clases que arrastramos desde el presente.
Antes de cerrar, nos gustaría dejar algunas frases. Una, que no es de ciencia ficción pero viene al pelo, es aquella de que el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. De 1984 nos quedamos con el lema del Partido: «la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza». Y de Rebelión en la granja, la otra gran novela de George Orwell —este hombre habría que resucitarlo—, la frase que resume cualquier régimen totalitario: «todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros»; en la novela son los propios cerdos que lideran la revolución los que acaban repitiendo los abusos de quienes derrocaron, porque el problema nunca es solo el poder, sino en manos de quién queda.
Para terminar, y ya sin desvelar más ficción, os dejamos ocho señales que para nosotros merece la pena vigilar hoy en la vida real, sea cual sea el color del gobierno de turno: quién controla la fiscalía general, quién controla la radiotelevisión pública, la independencia de la abogacía del Estado, la composición del tribunal constitucional y el poder judicial, los pagos a sindicatos, la eliminación de los suspensos en la educación, la compra de acciones en bancos y empresas estratégicas por parte del Estado, y el uso constante del recuerdo de conflictos pasados para mantenernos divididos. No es una lista de hechos objetivos: es nuestra lectura personal de la actualidad, y la dejamos aquí precisamente para lo contrario de lo que hace la ciencia ficción con el frentismo, no os dejéis dividir. Hemos intentado ser políticamente correctos al ser políticamente incorrectos; si hemos levantado alguna ampolla, ya se curará. Gracias por escucharnos, y hasta el próximo capítulo.
En el próximo capítulo volvemos a la actualidad más inmediata: una puesta al día sobre el estado de la inteligencia artificial en 2025.
Se menciona
- AutorGeorge Orwell
- AutorMargaret Atwood
- Libro1984
- LibroRebelión en la granja
- LibroFahrenheit 451
- LibroUn mundo feliz
- LibroLa máquina del tiempo
- LibroEl cuento de la criada
- Película1984
- PelículaMetrópolis
- PelículaLa naranja mecánica
- PelículaFahrenheit 451
- PelículaGattaca
- PelículaRobocop
- PelículaBlade Runner
- PelículaBrasil
- PelículaÆon Flux
- PelículaEquilibrium
- PelículaMinority Report
- PelículaHijos de los hombres
- PelículaElysium
- PelículaLos juegos del hambre: En llamas
- PelículaReady Player One
- PelículaEl hoyo
- PelículaLa Purga
- PelículaDivergente
- PelículaWALL·E
- PelículaGhost in the Shell
- PelículaMatrix
- SerieV (Los visitantes)
- SerieDark Angel
- SerieBattlestar Galactica
- SerieLos 4400
- SerieEl cuento de la criada (The Handmaid's Tale)
- Serie3%
- SerieSilo
- SerieAltered Carbon (Carbono alterado)
- SerieSeverance
- ConceptoIngeniería social y el manual del régimen totalitario
- PersonajeWinston Smith