Artículo

Naves espaciales: de la Vostok a las grandes sagas de la ciencia ficción

Ep. 38Naves espaciales (Parte I - Realidad y ficción) · 8 ago 2024
Ep. 39Naves espaciales (Parte II - Sagas) · 10 ago 2024

Hoy toca doble episodio, y de los gordos: naves espaciales, tanto reales como de ficción. Empezamos con un repaso a las naves tripuladas reales que han estado o están en servicio, con sus datos y curiosidades, para después lanzarnos a la ciencia ficción variada —tanta que ni sabíamos cómo organizarla— y dejar para un segundo capítulo las grandes sagas: Star Wars, Star Trek, Stargate, Babylon 5 y compañía.

La primera nave tripulada de la historia fue la soviética Vostok 1, lanzada el 12 de abril de 1961 con un único ocupante, Yuri Gagarin, que se convirtió en el primer humano en salir al espacio y pronunció al despegar su famosa «¡Poyejali!», algo así como «¡Vamos allá!». Estados Unidos iba por detrás, como en toda la carrera espacial de esta época, y respondió con el programa Mercury logrando los primeros vuelos suborbitales; en paralelo voló el X-15, en realidad un avión cohete y no una nave propiamente dicha, aunque alcanzó la altitud suficiente para cruzar la línea de Kármán, el límite convencional del espacio a 100 kilómetros. Los soviéticos continuaron con la Vosjod, que ya tenía capacidad para más de un tripulante y una esclusa que permitió los primeros paseos espaciales, mientras Estados Unidos igualaba el pulso con la Gemini, primera nave bipersonal del país y ensayo general imprescindible para el posterior programa Apolo. El Apolo 11 se lanzó el 16 de julio de 1969 con Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins a bordo, y el día 20 Armstrong y Aldrin se convirtieron en los primeros humanos en caminar sobre la Luna, con la famosísima frase sobre el pequeño paso para el hombre y el gran salto para la humanidad.

Por parte soviética, la triplaza Soyuz sigue en servicio desde 1967 con numerosas mejoras, aunque su primer vuelo terminó en tragedia: la nave se estrelló en la reentrada y mató a su piloto, Vladimir Komarov. Ese accidente ilustra lo peligrosa que es la reentrada atmosférica —un ángulo demasiado cerrado hace que la nave rebote y se pierda, uno demasiado abierto la quema— y por qué hicieron falta escudos térmicos ablativos; en el caso de la Soyuz, por sorprendente que parezca, siguen fabricándose con corcho, un material barato y extraordinariamente aislante que se va quemando capa a capa para proteger el casco.

Con eso llegamos a los transbordadores espaciales de la NASA, en servicio entre 1981 y 2011 con 135 misiones en total, responsables de lanzar el telescopio Hubble y de construir y mantener la Estación Espacial Internacional. El Columbia, el primero en volar, el 12 de abril de 1981, estuvo 22 años en servicio hasta que se desintegró en la reentrada de su misión STS-107, el 1 de febrero de 2003, matando a sus siete tripulantes. El Challenger, con solo 3 años en servicio, explotó 73 segundos después del despegue, el 28 de enero de 1986, por el fallo de una junta dañada por el frío, con la profesora Christa McAuliffe entre los siete fallecidos. El Discovery, con 27 años en servicio, fue el que más misiones voló y el que puso en órbita el Hubble; el Atlantis, con 26, protagonizó la última misión de mantenimiento del telescopio en 2009 —la primera, la que le instaló la óptica correctiva en 1993, la voló en realidad el Endeavour, construido para sustituir al Challenger y encargado también del último vuelo del programa, en mayo de 2011. Los escudos de los transbordadores eran de cerámica: se ponen al rojo vivo por la fricción de la reentrada, pero en cuanto cesa el calor se pueden tocar con la mano porque disipan el calor casi al instante; esa cerámica, eso sí, es muy frágil, y ese fue precisamente el origen del desastre del Columbia.

Hasta ahí los gobiernos habían asumido un gasto enorme en las carreras espaciales, y la opinión pública prefería ese dinero en sanidad o educación; ahora son las empresas privadas las que magnifican el rendimiento, y ahí nacen las naves reutilizables. La punta de lanza es SpaceX, con su cápsula Crew Dragon lanzada por el cohete Falcon 9, cuya primera etapa regresa sola y aterriza verticalmente para volver a volar —alguno de estos cohetes ha superado ya las 30 misiones—, lo que ha abaratado muchísimo el acceso al espacio. China compite con su propio cohete Long March y su cápsula Shenzhou, con la que se convirtió en el tercer país capaz de poner astronautas en órbita por sus propios medios. El siguiente salto es la Starship de SpaceX, con el propulsor Super Heavy debajo: un sistema de unos 121 metros de altura, completamente reutilizable, con motores alimentados por metano y oxígeno líquidos, pensado para llevarnos de nuevo a la Luna y, si todo va bien, a Marte. Pero que quede claro: seguimos hablando de cohetes, no de naves que floten libremente por el espacio como en la ciencia ficción; lo más parecido que hemos tenido a eso fueron los transbordadores, que al menos planeaban de vuelta como un avión.

Y con esto pasamos ya a la ciencia ficción, empezando por una que quien no la haya visto debería: Event Horizon, la nave que da nombre a la película y que hace un género que nos encanta, la ciencia ficción de terror. Equipada con un motor gravitatorio capaz de crear un agujero negro artificial para plegar el espacio-tiempo, la Event Horizon desapareció sin dejar rastro en un viaje de prueba en 2040 y reapareció siete años después en órbita de Neptuno, emitiendo una señal extraña. La tripulación enviada a investigar descubre la nave desierta, cadáveres y fenómenos que no tienen explicación racional, hasta que alguien pronuncia una de las frases más inquietantes del cine de ciencia ficción: «no necesitamos ojos donde vamos».

Cambiamos radicalmente de tono con Serenity, la nave de carga ligera tipo Firefly de la serie de televisión del mismo nombre, comandada por el capitán Malcolm Reynolds y dedicada al transporte y algo de contrabando. Es un autobús espacial armado apenas con dos cañones electromagnéticos, sin capacidad de viajar más rápido que la luz porque en ese universo no hace falta; la serie se canceló tras una sola temporada, pero se cerró con la película Serenity, y recomendamos ver primero la serie —de bajo presupuesto pero muy bien escrita— para coger cariño a los personajes antes de llegar a la película, mucho mejor producida. En las antípodas estética y tecnológicamente está la Tardis de Doctor Who, con más de sesenta años de historia a sus espaldas: una nave con forma de cabina de policía británica —producto de una avería en su circuito camaleónico durante una visita a Londres en 1963— que no cumple ninguna ley de la física ni de la relatividad, porque por dentro es muchísimo más grande que por fuera. Está viva, es telepática y traduce automáticamente cualquier idioma para quien viaja con el Doctor, un ser de dos corazones fascinado por la raza humana; es ciencia ficción amable, perfecta para descubrir el género desde pequeños.

De ahí saltamos a la Avalon, la nave generacional —o, mejor dicho, de hibernación— de la película Passengers: mide un kilómetro de longitud, transporta a más de 5.000 colonos y 258 tripulantes en hibernación durante un viaje de 120 años hasta el planeta Homestead II, impulsada por ocho reactores de fusión nuclear que le permiten alcanzar la mitad de la velocidad de la luz. Es, probablemente, la nave más bonita de todas las que vamos a ver: tiene piscina, bar, gimnasio, un observatorio y hasta árboles, un auténtico crucero de lujo que un fallo en el sistema de reparación automática —tras cruzar un campo de asteroides— convierte en la cárcel de sus dos protagonistas al despertarlos noventa años antes de tiempo. Otro crucero espacial de lujo, aunque de tono mucho más desenfadado, es el Fhloston Paradise de El quinto elemento, escenario de buena parte de la película y de la mítica actuación operística de la Diva Plavalaguna.

En un registro completamente distinto está la Axioma de WALL·E: el hogar flotante de la última humanidad, que ha abandonado una Tierra devastada por la contaminación para vivir en un crucero espacial sin rumbo mientras espera —durante generaciones— a que el planeta se recupere. A bordo, los humanos han perdido hasta la capacidad de caminar, atendidos permanentemente por robots, y la nave está gobernada por una inteligencia artificial que, como un pequeño homenaje, recuerda mucho a HAL 9000 en su negativa a obedecer al capitán. Con un tono mucho más gamberro está la Planet Express de Futurama, la nave de reparto de paquetería y pizza tripulada por Bender y compañía en el año 3000: en lugar de moverse por el espacio, mueve el propio universo a su alrededor gracias a un reactor de materia oscura, lo que le permite alcanzar velocidades de hasta un billón de veces la velocidad de la luz —aunque, por lo visto, en ese futuro nadie inventó el correo electrónico—.

Poul Anderson nos regaló dos naves memorables en novelas distintas. En La nave de un millón de años (1989), un grupo de humanos inmortales que han sobrevivido en secreto durante milenios —desde el Egipto y la Roma antiguas— pactan con la humanidad moderna: a cambio de dejarse estudiar para desentrañar el origen de su inmortalidad, consiguen que se construya una nave con la que abandonar la Tierra y buscar un nuevo hogar entre las estrellas. En Tau Cero (1970), la nave Leonora Christine parte hacia el sistema Beta Virginis, a 32 años luz, propulsada por un motor Bussard que capta hidrógeno del vacío interestelar para alimentar la fusión nuclear; al atravesar una nube de polvo se avería el sistema de frenado, y sus 50 tripulantes se ven obligados a seguir acelerando sin parar, acercándose cada vez más a la velocidad de la luz. El tiempo dentro de la nave prácticamente se detiene mientras fuera pasan siglos y luego milenios, hasta el punto de que la tripulación llega a presenciar cómo el universo entero se contrae en un Big Crunch y vuelve a estallar en un nuevo Big Bang.

En 2001: Una odisea del espacio, la Discovery One es una nave interplanetaria de 140 metros de eslora propulsada por motores nucleares de plasma, con una tripulación de cinco personas —tres de ellas en hibernación— y gobernada por la inteligencia artificial HAL 9000, que acaba enfrentándose a la tripulación cuando la misión de investigar el misterioso monolito en órbita de Júpiter se tuerce. Muy distinta es la nave que protagoniza Cita con Rama, de Arthur C. Clarke: se llama Endeavour y está comandada por el comandante Norton, encargado de investigar Rama, un gigantesco cilindro extraterrestre hueco de 54 kilómetros de eslora que atraviesa el sistema solar sin dar ninguna explicación de su origen ni de su tecnología —un ejemplo perfecto de lo que en ciencia ficción se llama un «gran objeto tonto», tan avanzado que ni siquiera alcanzamos a comprenderlo—.

En un tono mucho más desenfadado, el Corazón de Oro de Guía del autoestopista galáctico es la primera nave equipada con un motor de Improbabilidad Infinita, robada por el presidente de la galaxia el día de su botadura: cuando el motor se activa, la nave atraviesa todos los puntos de todos los universos posibles a la vez, lo que permite viajar instantáneamente de un lado a otro de la galaxia a cambio de generar sucesos altamente improbables a su alrededor —y de cargar con Marvin, el androide paranoico más deprimido de la ciencia ficción—.

Cerramos esta primera tanda con dos rarezas que merecen mucho más reconocimiento. Valera, de La Saga de los Aznar del español Pascual Enguídanos, es sencillamente descomunal: un planetoide de 3.200 kilómetros de diámetro, del tamaño de la Luna, convertido en nave generacional —lo que Enguídanos bautizó como «autoplaneta»— a bordo del cual la familia protagonista huye de una Tierra condenada para colonizar el universo. Y el Lancer, de A través del mar de los soles de Gregory Benford, es una estatocolectora construida a partir de un asteroide modificado, que usa la propia masa del asteroide como escudo frente a los impactos y como combustible para su motor de fusión: una solución tan rara como ingeniosa a los problemas de blindaje y suministro de cualquier nave interestelar.

Segunda parte del especial, dedicada esta vez a las grandes sagas, empezando por Star Wars. El X-wing es el caza icónico de la Alianza Rebelde, siempre acompañado de un droide astromecánico tipo R2 que asiste al piloto; el Ala-Tie del Imperio es, para nosotros, la nave más fea jamás diseñada, sin escudos y con esa cabeza cuadrada tan poco aerodinámica. El Halcón Milenario, el carguero corelliano YT-1300 de Han Solo, es probablemente la nave más reproducida en maquetas de toda la ciencia ficción, con escudos robados al propio Imperio y un papel decisivo en la destrucción de las dos Estrellas de la Muerte. Estas, con sus 120 y 160 kilómetros de diámetro respectivamente, son estaciones de batalla del tamaño de una pequeña luna capaces de destruir un planeta de un solo disparo de su cañón hiperláser; ambas fueron destruidas explotando su punto débil —un conducto de escape en la primera, el reactor tras desactivar los escudos en la segunda— con la ayuda, siempre, de un torpedo de protones bien dirigido. Por encima de todas ellas está el Ejecutor, el destructor estelar personal de Darth Vader: 19 kilómetros de eslora, 2.000 cañones turboláser y 144 cazas TIE a bordo.

En Battlestar Galactica, los Viper Mark II son los cazas de las Doce Colonias humanas contra los cylon, con munición convencional y hasta una cabeza nuclear de 50 megatones bajo el fuselaje; la propia Galáctica, con 1.414 metros de eslora y una dotación de 2.800 personas, sobrevivió al segundo ataque cylon precisamente por ser la única nave sin redes informáticas integradas, inmune por tanto al hackeo masivo que aniquiló al resto de la flota en minutos.

La nave por excelencia de Star Trek es la USS Enterprise NCC-1701, un crucero de batalla clase Constitución propulsado por motor de curvatura y alimentado por un reactor de antimateria, armado con torpedos de fotones y phasers —conceptos que, a diferencia de buena parte de Star Wars, sí tienen algo de base teórica real—. Pero el gran acierto de la serie original fueron sus personajes: el capitán James T. Kirk, un cowboy carismático siempre dispuesto a saltarse el manual; Spock, el oficial vulcano que reprime unos sentimientos que sí tiene en nombre de la lógica; el doctor Leonard McCoy, que curaba heridas graves con un aparatito en segundos; la teniente Nyota Uhura, oficial de comunicaciones y una de las primeras mujeres negras con un papel protagonista en la televisión estadounidense de 1966; y el ingeniero jefe Montgomery Scott, eternamente reparando algo mientras el capitán le exige más potencia de la que el motor puede dar. La franquicia se ha expandido después con naves como la Discovery, con su motor de esporas capaz de saltos instantáneos a través de una red micelar guiada por el ADN de un tardígrado; la Voyager, enfrentada de lleno a los Borg; o la pequeña pero temible Defiant de Espacio Profundo 9. Los cubos y esferas Borg, con su publicitada frase de «la resistencia es inútil», son de las naves más aterradoras de la saga, capaces de autorrepararse casi indefinidamente.

Toca corregir algo que dijimos en el capítulo anterior: la nave Leonov no pertenece a Cita con Rama, sino a 2010: Odisea dos, la secuela de Arthur C. Clarke a 2001. Bautizada en honor a Alexei Leonov, el primer humano en hacer un paseo espacial, es una nave conjunta soviético-estadounidense de 90 metros con una tripulación de diez personas —siete rusos y tres americanos— propulsada por un motor Sájarov de fusión termonuclear pulsante, enviada a investigar qué fue de la Discovery y del monolito en las lunas de Júpiter.

De vuelta a Stargate, los Jumper son las pequeñas naves de exploración de los Antiguos que solo pueden pilotar quienes conservan su patrón genético; la Odyssey es el buque insignia de los Tauri —nosotros mismos, los humanos, según la mitología de la serie—, mejorado con tecnología asgard hasta convertirse en de las naves más avanzadas de la galaxia. Atlantis, la propia ciudad de los Antiguos, es en sí misma una nave capaz de saltar al hiperespacio, y en el spin-off Stargate Universe la protagonista es la Destinity, enviada hace millones de años a investigar una marca hallada en la radiación de fondo del universo —el remanente del Big Bang— que parece haber sido impregnada por una inteligencia; sus escudos son tan avanzados que puede sumergirse en la corona de una estrella y alimentarse directamente de su plasma.

En Babylon 5, destacan el Starfury, el caza principal de la Alianza Terrestre, el White Star, fruto de la fusión de tecnología minbari y vorlon, y los destructores clase Omega, con su característico tambor giratorio para generar gravedad artificial; los propios vorlon y sus enemigos, las sombras, tienen naves orgánicas tan avanzadas que la serie nunca llega a explicar su funcionamiento, y las de las sombras, negras y con forma de araña, son de lo más temido de toda la franquicia.

En el universo Marvel las naves quedan casi siempre en un segundo plano frente a los superhéroes: el Helitransporte de S.H.I.E.L.D. es, literalmente, un portaaviones que vuela; el Quinjet es el transporte habitual de los Vengadores; y los Guardianes de la Galaxia tienen primero la colorida Milano y después la Benatar, ninguna de las dos pensada realmente para el combate. La Capitana Marvel, de hecho, recibe sus poderes cuando explota a su lado el motor de una nave kree, lo que le transfiere la capacidad de volar, respirar en el vacío y canalizar energía pura: en Marvel, salvo un puñado de batallas puntuales, las naves transportan a los héroes, pero son los héroes quienes libran las guerras.

Un breve inciso para la serie Fundación, de ciencia ficción dura donde las haya: allí las naves son deliberadamente pequeñas, porque el planeta donde se funda la Fundación fue elegido precisamente por carecer de metales, lejos de cualquier posible comercio. Esa escasez de materiales obligó a desarrollar una tecnología mucho más avanzada de lo habitual para compensar, la misma lógica —limitación material, ingenio tecnológico— que atraviesa buena parte de la saga que Isaac Asimov construyó sobre la caída y renacer de un imperio galáctico.

Y terminamos, cómo no, con Alien, cuya nave principal es la Nostromo: un carguero minero claustrofóbico, sucio y laberíntico —todo lo contrario de elegante— que toma su nombre de una novela homónima de Joseph Conrad. En las precuelas, Prometheus introdujo la nave de los ingenieros, de diseño biomecánico y cargada de huevos nada tranquilizadores, y Alien: Covenant continuó la historia con la Tomb Ship, la nave de exploración de esa misma especie alienígena. Con el estreno de Alien: Rómulus se cierra la primera trilogía de precuelas, así que ya estamos preparando un especial dedicado por completo a la saga —doble ración, sangre y ácido incluidos— para más adelante.

Con esto cerramos el especial de naves espaciales, reales y de ficción: nos han quedado muchísimas en el tintero, porque es literalmente imposible nombrarlas todas. Gracias por acompañarnos en este viaje tan largo, y hasta el próximo capítulo.

Se menciona