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IA, actualizando: el estado de la inteligencia artificial en 2025

Ep. 55Actualización de la IA · 5 abr 2025

Cerramos el capítulo más polémico que hemos grabado y volvemos a terreno más técnico.

Han pasado más de dos años desde que grabamos nuestros primeros episodios sobre inteligencia artificial, el cuarto y el quinto, cuando ChatGPT no era ni un año más viejo que este podcast. Hoy tocaba actualizarnos, y en dos años ha cambiado casi todo: multimodalidad, test time compute —que suena a examen de la ESO pero no lo es— y agentes de IA, el gran protagonista de este 2025. Cerramos, como siempre, con recomendaciones de ciencia ficción para entender, o al menos imaginar, hacia dónde vamos.

Empezamos por lo árido, la regulación. La Unión Europea ha sido la primera gran entidad gubernamental en sacar una normativa seria sobre inteligencia artificial, con un enfoque basado en el riesgo: cinco niveles, de mínimo a inaceptable. Es una ley muy garantista, pero también nos frena un poco —por eso muchas funciones de las gafas de Meta con IA integrada tardan en llegar a Europa: las empresas estadounidenses no tienen tan claro que no les vaya a caer una demanda por el tratamiento de imágenes o datos privados—.

El panorama de modelos ha cambiado mucho. En el bando no razonador —los que generan texto sin pararse a pensar antes de responder— tenemos GPT-4o y GPT-4o mini de OpenAI; Gemini, de Google, que llegó tarde a la carrera con Bard pero se ha puesto a la altura con la versión 2.5; Llama, de Meta; y Mistral, el modelo francés que es una barbaridad programando. Nos hizo gracia un meme que circulaba estos días: mientras Norteamérica enseña sus cohetes reutilizables y China su fusión nuclear experimental, Europa presume de que a las botellas de plástico ya no se les caiga el tapón.

Y luego está DeepSeek, la IA china que le hizo perder 40.000 millones de euros a la bolsa en un segundo. No es del gobierno chino, como mucha gente cree, sino de una empresa de capital riesgo fundada por un joven que se hizo millonario con trading automático; su mérito no es solo el modelo, sino cómo lo entrenaron: con un embargo estadounidense de por medio que impide a China comprar los chips más potentes de Nvidia, DeepSeek se creó sus propios protocolos para tarjetas gráficas de generaciones anteriores y consiguió ponerse casi al nivel de OpenAI con muchísimo menos dinero. Eso sí, cuando la gente se lanzó a probarlo en masa, sus servidores no dieron abasto: no tienen los centros de datos de las grandes.

Elon Musk, tras su salida un tanto atropellada de OpenAI, montó su propia XAI y su propio modelo, Grok, entrenado en un centro de datos que construyó en solo seis semanas. La diferencia de Grok con el resto es que apenas tiene barreras de contenido —lo que en la jerga se llaman guardarrailes—, a diferencia de ChatGPT o de DeepSeek, que sí filtra lo que puede decir sobre el gobierno chino.

El gran salto técnico de estos dos años es el test time compute: la cantidad de cómputo que un modelo dedica a pensar antes de responder, en vez de escupir la primera palabra que estadísticamente encaja. Se descubrió casi por accidente, cuando la gente empezó a meter en el prompt cosas como «no respondas de golpe, razona paso a paso» y los modelos mejoraban muchísimo; así que se decidió meter esa cadena de pensamiento —chain of thought— directamente dentro del modelo. Así nacieron los modelos razonadores: o1 y o3 de OpenAI, Gemini 2.5, y DeepSeek R1, que sorprendió por ponerse casi al nivel de o1 con mucho menos presupuesto.

Otro salto es la multimodalidad nativa: antes, cuando le hablabas a ChatGPT, un modelo pasaba tu voz a texto con Whisper, otro interpretaba el texto y un tercero te devolvía audio, con la lentitud que eso implica. Ahora es el mismo modelo el que entiende y genera texto, imagen, audio y vídeo a la vez, sin traducir por el camino —así es como GPT-4o, la «o» de omni, puede generar directamente una imagen a partir de lo que le estás contando por voz—. Y además tiene memoria: recuerda vuestras conversaciones anteriores y las usa para responderos mejor, lo que también significa que sabe cada vez más de vosotros.

Pero la gran tendencia de 2025 son los agentes: IAs con autonomía para navegar por internet, usar una terminal y completar tareas complejas por sí solas. Manus, el agente chino que se lanzó hace unas semanas, es capaz de investigar un tema, descargar decenas de artículos científicos, comprobar que hablan de lo que le has pedido y devolverte un resumen comparativo, todo solo. Y para que varios agentes de IA hablen entre ellos existe ya un protocolo abierto, el MCP (model context protocol), creado por Anthropic, que promete ser a los agentes lo que las APIs son a las aplicaciones.

Para quien quiere privacidad hay otra vía: la cuantización, que consiste en quitarle precisión numérica a un modelo para que ocupe mucho menos y puedas hacerlo funcionar en tu propio ordenador sin subir nada a internet. Se pierde algo de efectividad, pero a cambio nadie más ve tus datos, y de lo demás que subimos a la nube nunca podemos estar tan seguros.

El dinero que se mueve detrás de todo esto es una barbaridad: el proyecto Stargate en Estados Unidos, entre SoftBank, Microsoft y OpenAI, prevé invertir hasta 500.000 millones de dólares en infraestructura de IA. Europa ha respondido con 200.000 millones de euros para montar sus propias fábricas de IA, y de paso le ha dado una actualización al Mare Nostrum —del que ya hablamos en el episodio de superordenadores—, que ahora incluye un ordenador cuántico y ha vuelto a entrar en el top 10 mundial.

La robótica también ha dado un salto enorme gracias a los modelos de mundo: entornos virtuales donde un robot puede entrenarse y equivocarse un millón de veces sin gastar una sola pieza física, lo que acelera muchísimo el aprendizaje de movimientos naturales. Ya hay robots humanoides a la venta por 25.000 dólares, Tesla sigue puliendo su Optimus, y Boston Dynamics —siempre puntera— ha empezado a mostrar robots armados en entornos militares, que es la parte que más nos preocupa de todo esto.

Sam Altman lleva tiempo diciendo que la inteligencia artificial general —una IA capaz de hacer cualquier tarea intelectual que haría una persona— está muy cerca, cuestión de un par de años; la superinteligencia, capaz de mejorar su propio código y superarnos en todo, tardaría bastante más, puede que una década. El reto no va a ser tecnológico, sino social: la humanidad entera lleva veinte mil años evolucionando y las inteligencias artificiales, poco más de veinte; dentro de otros veinte, es fácil que ya nos hayan dejado muy atrás.

Antes de pasar a la ficción, para quien quiera profundizar sin perderse recomendamos tres lecturas: La singularidad, de Carlos Fenollosa; La inteligencia artificial explicada a los humanos, de Jordi Torres, del Barcelona Supercomputing Center, perfecta para quien no tenga ni idea de esto; y Artificial: la nueva inteligencia y el contorno de lo humano, de Mariano Sigman y Santiago Bilinkis, algo más filosófico. Los tres son ensayo, no ficción, pero ayudan a entender de qué estamos hablando cuando hablamos de todo esto.

Y con esto, la ciencia ficción. Empezamos con Terminator Zero (2024), serie de animación japonesa de Netflix que añade una nueva pieza al universo Terminator: Kokoro, una inteligencia artificial japonesa creada para plantar cara a Skynet antes de que estalle el Juicio Final que ya conocemos por las películas. Skynet manda una Terminator al pasado para impedir que Kokoro llegue a activarse —la misma lógica de guerra entre IAs que estamos empezando a ver hoy entre potencias—.

The Creator (2023) la vimos en el cine con nuestras fieras, y a los niños les encantó. Ambientada hacia 2050, imagina una guerra abierta entre la humanidad y las inteligencias artificiales; un exagente se ve obligado a proteger a una IA con forma de niña que podría ser la clave para acabar el conflicto. Nos gusta mucho la parte familiar de la historia, y cómo retrata el rechazo que nos provoca que una IA se humanice demasiado.

Subservience (2024), con Megan Fox, es más de serie B pero se deja ver: un padre de familia, con su mujer hospitalizada, compra una androide doméstica a la que su hija bautiza como Alice; todo va bien hasta que el dueño la resetea y algo cambia en su forma de comportarse. Better Than Us (2018), serie rusa y primera producción original rusa de Netflix, plantea algo parecido con Arisa, una androide de compañía que empieza a tomar conciencia de su propia existencia: el mismo patrón que se repite en casi toda la ficción reciente sobre IA doméstica, en cuanto se humaniza demasiado nos genera rechazo.

The Electric State (2025), de los hermanos Russo, con Chris Pratt y Millie Bobby Brown, está ambientada en una América alternativa y retrofuturista de los años 90 en la que ha habido una guerra entre humanos y robots después de que estos empezaran a exigir derechos y ser reconocidos como seres conscientes. Michelle, una adolescente huérfana, recorre el país buscando a su hermano perdido; es una película muy fácil de ver, casi familiar, pero que plantea de fondo preguntas serias sobre qué significa tener derecho a la propia libertad.

Atlas (2024), con Jennifer López, imagina una inteligencia artificial que ha decidido que la única forma de acabar con la guerra es acabar con la humanidad; Atlas Shepherd, una analista de datos que desconfía por completo de la IA, tiene que aliarse con lo que más teme, otra inteligencia artificial, para detenerla. Es la más plana de las que comentamos hoy, pero se deja ver.

Y cerramos con Heart of Stone (2023), con Gal Gadot como la agente Rachel Stone, al servicio de una organización de paz llamada la Charter que protege El Corazón, un sistema de inteligencia artificial capaz de acceder a cualquier red de datos del mundo y que, claro, todo el mundo quiere robar. Es una película de acción con más ritmo que la de Jennifer López, con toda la ciencia ficción puesta al servicio del espionaje.

En dos años hemos pasado de modelos de lenguaje normales a la multimodalidad, y de ahí a los agentes; el reto para los próximos no va a ser tecnológico, va a ser nuestro. Subíos al tren mientras estáis a tiempo, porque dos años no es nada, pero dentro de otros diez esto va a ser irreconocible. Gracias por escucharnos, y hasta el próximo capítulo.

En el próximo capítulo la ciencia ficción se vuelve realidad de la peor manera: el apagón que vivimos en primera persona.

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