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¿Solos en el Cosmos? La paradoja de Fermi y la ciencia ficción que imagina el silencio del universo

Ep. 58¿Solos en el Cosmos? · 2 jun 2025

Después de dos capítulos hablando de apagones eléctricos, hoy os proponemos otro tipo de oscuridad: la del cielo nocturno, que lleva décadas sin devolvernos ninguna señal. Nos preguntamos algo que probablemente os habéis preguntado alguna vez mirando las estrellas: si el universo es tan inmenso, ¿por qué parece que estamos solos?

Empezamos con una frase de Carl Sagan que nos encanta: el principio de mediocridad astronómica, la idea de que no hay nada especial en la Tierra, un planeta rocoso normal alrededor de una estrella normal en una galaxia bastante típica. Si la vida surgió aquí sin que hiciera falta nada extraordinario, razonaba Sagan, debería estar por todas partes. El telescopio Kepler nos ha dado ya más de cinco mil exoplanetas rocosos que parecen darle la razón.

Pero existe una teoría que le lleva la contraria: la hipótesis de la Tierra rara, publicada por Peter Ward y Donald Brownlee en el año 2000, que sostiene que la vida inteligente necesita una cadena tan larga de casualidades astronómicas y geológicas que somos, más bien, una anomalía estadística. Y cuando repasamos esa lista de casualidades, cuesta no darles algo de razón.

Empezamos por el impacto de un planeta al que llamamos Tea contra la Tierra primitiva, que generó a la vez nuestro núcleo de metal fundido —origen del campo magnético que nos protege de las erupciones solares— y una luna descomunal que estabiliza nuestro eje de rotación y regula las mareas. Sin esa colisión concreta, ni magnetosfera ni estaciones ni mareas: probablemente, tampoco nosotros.

Añadid un gigante gaseoso como Júpiter haciendo de escudo, absorbiendo buena parte de los cometas y asteroides que de otro modo nos habrían impactado a nosotros, y una tectónica de placas activa que recicla el manto y mantiene habitable la superficie durante miles de millones de años. Y aun teniendo todo eso, hace falta que el planeta disponga de suficiente fósforo y otros elementos clave para que la química orgánica compleja llegue a cuajar.

Y ni con todas esas condiciones a favor la vida lo ha tenido fácil aquí: hemos sobrevivido a al menos cinco extinciones masivas. La primera, hace 445 millones de años, probablemente por una supernova cercana cuyos rayos cósmicos destruyeron la capa de ozono; luego la falta de oxígeno en los océanos del Devónico; después «la gran mortandad» del Pérmico, con hasta un 96% de la vida extinguida por un vulcanismo masivo; la ruptura de Pangea; y por último el asteroide de Chicxulub, que acabó con los dinosaurios y le abrió la puerta a los mamíferos, y por tanto a nosotros. Cada filtro que superamos nos dejó, además, más resistentes que antes.

Para intentar poner números a todo esto existe la ecuación de Drake, que multiplica el número de estrellas de la galaxia por la fracción que tiene planetas, la que tiene condiciones habitables y la probabilidad de que en ellos surja vida inteligente capaz de comunicarse. El programa SETI lleva décadas escuchando el cielo con esa ecuación en mente —incluida la mítica señal Wow! de 1977, jamás explicada— buscando dos tipos de rastro: biomarcadores, gases como el oxígeno o el metano que delatan vida aunque sea microbiana, y tecnomarcadores, señales de radio, láseres o hasta hipotéticas megaestructuras como una esfera de Dyson que capturase toda la energía de una estrella, que solo puede construir una inteligencia con tecnología.

Con todo este panorama sobre la mesa llegamos a la pregunta que en los años 50 formuló el físico Enrico Fermi durante una comida con colegas: si la galaxia tiene cientos de miles de millones de estrellas y la vida inteligente no debería ser tan rara, ¿por qué no hemos encontrado ni una sola señal? Esa es la paradoja de Fermi, y las respuestas que se han propuesto son de lo más variado.

La primera solución es la que ya hemos contado: que efectivamente seamos raros, que la Tierra rara explique por sí sola el silencio. La segunda es la que a nosotros nos parece más plausible: el gran filtro, la idea de que existe un cuello de botella evolutivo tan difícil de superar que la mayoría de civilizaciones no lo logran —guerra nuclear, colapso ambiental, autodestrucción— y no sabemos si la humanidad ya lo dejó atrás o lo tiene todavía por delante.

Luego está la hipótesis del zoológico, que propone que civilizaciones más avanzadas ya nos conocen pero eligen no contactarnos para dejarnos evolucionar de forma natural, como si fuésemos parte de una reserva cósmica. Y la que se ha hecho más popular en los últimos años gracias a Liu Cixin: la hipótesis del bosque oscuro, que imagina que sí hay civilizaciones ahí fuera, pero que todas guardan silencio por miedo a que las oiga algo peor que ellas, como cazadores agazapados en un bosque sin luz.

Y por último la hipótesis de la no permanencia: que las civilizaciones tecnológicamente avanzadas duren, en la escala del universo, muy poco tiempo, ya sea porque colapsan o porque evolucionan hacia una forma de existencia tan distinta —digital, poshumana— que ya no la reconoceríamos como una civilización con la que hablar.

La ciencia ficción lleva imaginando este silencio desde hace décadas, y el libro que ahora mismo tenemos más fresco es precisamente «El problema de los tres cuerpos» de Liu Cixin, donde la especie alienígena guarda silencio siguiendo exactamente esa lógica del bosque oscuro que os acabamos de contar. Otro que nos gusta mucho es «Espacio revelación» de Alastair Reynolds, donde en cincuenta años de exploración humana se han catalogado nueve especies inteligentes previas y ninguna sigue viva: existen unas máquinas inhibidoras que resetean la galaxia en cuanto una civilización se vuelve demasiado ruidosa, una especie de gran filtro hecho a propósito.

«Spin», de Robert Charles Wilson, le da la vuelta al asunto: una noche las estrellas desaparecen porque una inteligencia desconocida ha envuelto la Tierra entera en una membrana que ralentiza el tiempo, mientras fuera el Sol envejece a toda velocidad. Y nuestra lectura de club de este año, «Pórtico» de Frederik Pohl, plantea una versión más desesperada del contacto: humanos que se suben, a cambio de dinero, a naves alienígenas abandonadas y preprogramadas sin saber adónde les van a llevar ni si volverán con vida.

En series, «La expansión» construye todo un sistema solar colonizado alrededor de la protomolécula, un artefacto dejado por una civilización extinta hace miles de millones de años que transforma todo lo que toca. Y en la antología «Love, Death + Robots» hay un episodio, «Tres robots», en el que tres robots hacen turismo por las ruinas de la civilización humana ya extinguida e intentan reconstruir en qué momento exacto no logramos superar nuestro propio filtro.

En cine, además de clásicos que ya conocéis de sobra como «Contact» —con esa científica que recibe una señal reenviada de los Juegos Olímpicos nazis de 1936—, «La llegada» o «Interestelar», queremos destacar cuatro títulos. «Encuentros cercanos de la tercera fase» de Spielberg le da la vuelta a la ecuación: los visitantes llegan y somos nosotros los que no sabemos reaccionar. «Ad Astra» convierte la búsqueda de vida inteligente en un viaje interior con Brad Pitt de por medio. «Europa Report» rebaja las expectativas a lo que probablemente sea más realista, vida microbiana bajo el hielo de una luna de Júpiter. Y «Nope», de Jordan Peele, imagina un primer contacto bastante menos amistoso que el de Spielberg.

Antes de cerrar nos hicimos unas cuantas preguntas el uno al otro, y os las dejamos para que las penséis vosotros también: ¿preferiríais estar solos o que hubiese cien civilizaciones ahí fuera? ¿Deberíamos responder si algún día llega un mensaje, o callarnos por si acaso? Nosotros no nos ponemos del todo de acuerdo, y creemos que esa es justo la gracia del tema.

Terminamos con la conclusión que también daba Carl Sagan: si algún día encontrásemos vida microbiana en Marte, aunque fuese la forma de vida más simple posible, sería la prueba de que el universo está lleno de vida, aunque la distancia nos impida detectar casi ninguna. A fecha de hoy, decíamos en el capítulo, seguimos solos. Pero vosotros nunca lo estáis del todo, que aquí seguimos.

En el próximo capítulo bajamos de las estrellas a la muñeca: hablamos de wearables, los dispositivos vestibles de hoy y del futuro. Y si os interesa la actualidad de la inteligencia artificial que mencionamos de pasada, tenéis nuestro capítulo de actualización sobre la IA para poneros al día.

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