Concepto

La paradoja de Fermi: ¿por qué no hemos encontrado a nadie?

Carl Sagan resumía el llamado principio de mediocridad astronómica diciendo que no hay nada especial en la Tierra —un planeta rocoso normal orbitando una estrella normal en una galaxia normal— y que, si la vida surgió aquí, debería ser algo común en el universo; frente a esa idea se alza la hipótesis de la Tierra rara, formulada por Peter Ward y Donald Brownlee en el año 2000, que sostiene que la vida inteligente exige una cadena de casualidades astronómicas y geológicas tan larga y tan improbable que hace de nosotros, más bien, una rareza. La lista de casualidades que tuvieron que darse es larga: el impacto de un planeta llamado Tea contra la Tierra primitiva que generó a la vez nuestro núcleo de metal fundido —origen de la magnetosfera que nos protege de la radiación solar— y una luna lo bastante grande como para estabilizar el eje de rotación y regular las mareas; un gigante gaseoso como Júpiter haciendo de escudo gravitatorio frente a buena parte de los impactos de cometas y asteroides; una tectónica de placas activa que recicla el manto y sostiene el ciclo del carbono; y la disponibilidad de elementos clave como el fósforo, que no todos los planetas rocosos tienen en cantidad suficiente para sostener química orgánica compleja. A pesar de todo eso, la vida en la Tierra ha sobrevivido a al menos cinco extinciones masivas —el Ordovícico-Silúrico hace 445 millones de años por el estallido de rayos cósmicos de una supernova cercana que destruyó la capa de ozono, el Devónico tardío por anoxia oceánica, el Pérmico-Triásico («la gran mortandad», con hasta un 96% de la vida extinguida por vulcanismo masivo), el Triásico-Jurásico por la ruptura de Pangea y el Cretácico-Paleógeno por el impacto de Chicxulub que acabó con los dinosaurios y abrió paso a los mamíferos—, y cada filtro superado dejó una vida más resiliente que la anterior. Para calcular cuántas civilizaciones podría haber ahí fuera existe la ecuación de Drake, que multiplica el número de estrellas, la fracción con planetas, la fracción habitable y la probabilidad de que surja vida inteligente capaz de comunicarse; el programa SETI lleva décadas escuchando el cielo —incluida la célebre señal Wow! de 1977, nunca explicada— buscando dos tipos de rastro: biomarcadores (gases como el oxígeno o el metano que delatan vida, aunque sea microbiana) y tecnomarcadores (señales de radio, láseres o megaestructuras como una hipotética esfera de Dyson que capturase la energía entera de una estrella, que solo pueden ser obra de una inteligencia tecnológica). El físico Enrico Fermi planteó en los años 50 la pregunta que da nombre a la paradoja: si el universo es tan vasto y tan antiguo, y bastaría con que una fracción mínima de sus miles de millones de estrellas desarrollase vida inteligente para que la galaxia debiera estar ya colonizada o, al menos, dejar rastros detectables, ¿por qué no hemos encontrado ninguno? Las respuestas propuestas son varias y no se excluyen entre sí: que la vida inteligente sea, sencillamente, rarísima (la Tierra rara); que las civilizaciones tecnológicas tiendan a autodestruirse —guerra nuclear, colapso ambiental— al llegar a un cuello de botella tan difícil de superar que se lo conoce como el gran filtro, sin que sepamos si la humanidad ya lo dejó atrás o todavía lo tiene por delante; que existan pero se mantengan deliberadamente aisladas o se comuniquen por medios que no sabemos detectar; que nos observen y elijan no intervenir para no alterar nuestro desarrollo natural, como plantea la hipótesis del zoológico; que guarden silencio por puro miedo, escondidas como cazadores en un bosque oscuro que disparan a cualquier cosa que se mueva antes de que las descubran a ellas, la hipótesis que popularizó Liu Cixin en su trilogía de «El problema de los tres cuerpos»; o que las civilizaciones avanzadas simplemente no duren lo suficiente para cruzarse con nosotros en el tiempo, la hipótesis de la no permanencia, bien porque colapsan, bien porque evolucionan hacia una forma de existencia —digital, poshumana— que ya no reconoceríamos como tal.

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