Marte: mitología, telescopios, róvers y los retos de colonizar el planeta rojo
Monográfico de cuatro episodios dedicado a Marte: desde la mitología y la astronomía antigua que lo convirtieron en un dios de la guerra, pasando por la fiebre de los canales marcianos que inspiró a H.G. Wells y sembró el pánico de Orson Welles, hasta la exploración robótica real —de las sondas Viking a Curiosity y Perseverance— y los enormes retos, técnicos y humanos, de una futura colonización.

Después de hablar de superordenadores y computación cuántica, tocaba mirar de nuevo al cielo.
Desde la antigüedad hemos mirado al cielo buscando respuestas a lo que no sabíamos explicar, y hubo un punto errante y rojo que siempre nos llamó más la atención que el resto: nuestros ancestros lo convirtieron en un dios guerrero y sangriento. Empezamos aquí un viaje muy esperado a Marte, dividido esta vez en varios capítulos más cortos —por petición expresa de quienes nos escucháis— para recorrer su historia desde la mitología hasta el futuro que todavía no hemos escrito.
Los egipcios ya identificaban Marte en el cielo nocturno hace unos 4.000 años: aparece retratado en el techo de la tumba de Seti I y en el mapa estelar de Senenmut, el mapa celeste más antiguo que conocemos, realizado hace unos 3.500 años. Hacia el 400 a.C., los babilonios lo llamaban Nergal, dios de la guerra y del inframundo, y sus astrónomos llegaron a desarrollar técnicas aritméticas capaces de predecir su posición futura pese a no entender por qué se movía de forma tan errática. Los griegos lo asociaron con Ares hacia el 300 a.C.; los romanos lo rebautizaron como Marte, su dios de la guerra y la conquista, un nombre bien traído para el imperio más conquistador de su tiempo; en China se le conocía como la «estrella de fuego», y en la India védica, como Mangala. Culturas que nunca tuvieron contacto entre sí llegaron a la misma conclusión con solo mirar ese color rojo: tenía que ser sangre, tenía que ser guerra.
Antes del telescopio, todo era observación a simple vista, y el gran quebradero de cabeza era el movimiento retrógrado de Marte: de repente, tras avanzar noche tras noche de oeste a este, el planeta parecía dar marcha atrás durante unos meses. Ptolomeo, en el siglo II, lo explicó —incorrectamente, pero con una capacidad de predicción notable— con los «epiciclos»: Marte giraría en un pequeño círculo que a su vez giraba en uno mayor alrededor de la Tierra, el centro de un universo geocéntrico que su obra, el Almagesto, mantuvo vigente durante más de mil años. Astrónomos islámicos como Al-Farghani, Al-Battani o Avicena afinaron esas medidas entre los siglos IX y X, y en el siglo XIII el rey Alfonso X el Sabio compiló en Toledo las Tablas Alfonsíes, obra conjunta de astrónomos cristianos, musulmanes y judíos. No fue hasta 1543 cuando Copérnico rompió con el geocentrismo proponiendo que Marte —como el resto de planetas— orbitaba el Sol, lo que le costó la persecución de la Iglesia a más de un astrónomo posterior. Tycho Brahe realizó observaciones de Marte fundamentales para las futuras leyes de Kepler —hoy tiene un cráter marciano de 105 km con su nombre—, y en 1584 Giordano Bruno fue el primero en proponer que Marte era un mundo como la Tierra.
En 1608 Galileo Galilei perfeccionó el telescopio y cambió las reglas del juego. Hay una anécdota deliciosa de esa época: Galileo anunció uno de sus descubrimientos, como solía hacer, en forma de anagrama cifrado; Kepler lo reordenó mal y creyó que anunciaba dos lunas marcianas, adelantándose sin saberlo varios siglos al descubrimiento real de Fobos y Deimos, cuando en realidad el mensaje hablaba de Saturno. El primer dibujo de Marte del que tenemos noticia es de 1636, obra de Francesco Fontana, un abogado napolitano aficionado a construir telescopios: apenas un círculo con un punto en el medio, probablemente una aberración óptica de su instrumento más que una característica real del planeta.
El resto del siglo XVII y el XVIII fueron consolidando el conocimiento: en 1666 Giovanni Cassini calculó el periodo de rotación de Marte con una precisión asombrosa, muy cercana a las 24 horas y 37 minutos que conocemos hoy; en 1781 William Herschel observó sus casquetes polares y sus cambios estacionales; y en 1840 los astrónomos aficionados Johann Mädler y Wilhelm Beer publicaron el primer mapa detallado del planeta, bautizando muchos de sus rasgos con nombres que todavía usamos.
A finales del siglo XIX llegó la auténtica fiebre marciana. En 1877, Asaph Hall descubrió sus dos lunas, Fobos y Deimos, y el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli observó unas líneas en la superficie que llamó «canali» —canales naturales, en italiano—, mal traducidas al inglés como «canals», canales artificiales. Percival Lowell se aferró a ese error de traducción, fundó su propio observatorio y pasó décadas promoviendo la idea de una civilización marciana avanzada que habría construido esos canales para transportar agua desde los polos; no fue hasta 1909, con mejores telescopios, cuando se demostró que aquellas líneas eran ilusiones ópticas —en parte, por la superposición de las propias venas del fondo del ojo del observador con la imagen del telescopio. Pero el daño, o el regalo, ya estaba hecho: esa fiebre de los canales alimentó una edad de oro de la ficción marciana, con La guerra de los mundos (1898) de H.G. Wells a la cabeza, donde una invasión marciana con tecnología muy superior a la nuestra acaba siendo derrotada no por nuestras armas, sino por los propios gérmenes terrestres, igual que la viruela europea diezmó a los pueblos americanos tras la conquista. Cuando Orson Welles adaptó la novela a la radio en 1938, presentándola como un boletín de noticias real, parte de la audiencia estadounidense entró en pánico convencida de que la invasión estaba ocurriendo de verdad.
Ya con los telescopios más potentes se pudieron confirmar los grandes rasgos del planeta que hoy conocemos: el cañón más grande del sistema solar, Valles Marineris, probablemente abierto por el impacto de un asteroide, y el Monte Olimpo, un volcán de 23 km de altura, casi tres veces el Everest. También se confirmó que Marte tiene una gravedad de apenas el 37-38% de la terrestre, una atmósfera muy fina compuesta casi enteramente de dióxido de carbono, temperaturas que van de los 20 °C en el ecuador en verano a los -125 °C durante la noche, un cielo diurno rosado con atardeceres azules —justo al revés que en la Tierra— y evidencias de que su hemisferio norte, hoy mucho más llano que el sur, albergó en su día un océano.
Cuando el ser humano quiso ir más allá de mirar, empezó por lanzar sondas con la tecnología y las matemáticas de los años 60 y 70, sin ordenadores modernos. Que una sonda simplemente lograra estrellarse contra Marte se consideraba entonces un éxito, porque demostraba que los cálculos de trayectoria habían sido correctos. La Mariner 4 estadounidense sobrevoló el planeta en 1964 y mandó 21 imágenes; la soviética Mars 3 logró en 1971 el primer aterrizaje de la historia, aunque el módulo solo operó 20 segundos en la superficie. Las Viking 1 y 2, ya en 1975-77, tardaron años en resolver un problema nada trivial —sus paracaídas y airbags se rompían una y otra vez en las pruebas— antes de convertirse en los primeros aterrizadores en operar con éxito durante años; de esa época viene la expresión «los siete minutos de terror», el tramo final del descenso en el que, por el retardo en la comunicación entre planetas, ninguna decisión humana puede ya corregir nada.
Tras varios fracasos en los años 80, la NASA adoptó el lema «más rápido, más barato y mejor» y en 1996 lanzó la misión Mars Pathfinder con el róver Sojourner, del tamaño de un microondas y equipado solo con una cámara. Pensado para durar 30 días, aguantó tres meses, fue rebautizado como Carl Sagan Memorial Station y, pese a sus modestas ambiciones, se convirtió en un fenómeno mediático; su nombre, elegido mediante un concurso escolar, honra a la activista Sojourner Truth.
Los róvers gemelos Spirit y Opportunity (2004) llegaron con instrumentos de verdad para buscar rastros de agua, y fue Opportunity quien encontró la prueba definitiva de que Marte tuvo agua líquida en el pasado, superando su vida útil prevista de 90 días por más de una década y media antes de terminar su misión en 2019 en un lugar que, con razón, se llama el Valle de la Perseverancia. No todo salió bien en esos años: la Mars Global Surveyor tuvo que reutilizar instrumentos de misiones más caras para abaratar costes, y la europea Mars Express llegó a Marte, pero su aterrizador, el Beagle 2, fracasó en el intento.
El róver Curiosity, del tamaño de un coche, llegó en 2011 equipado con un taladro para analizar el suelo marciano y sigue operativo más de una década después. En 2020 llegó su sucesor, Perseverance, que aterrizó junto a Ingenuity, el primer helicóptero en volar en otro planeta, capaz de mapear el terreno para que el róver lo recorra después con más seguridad. Esa misma ventana de lanzamiento de 2020 no fue solo cosa de Estados Unidos: China envió su sonda y róver Tianwen-1, y los Emiratos Árabes Unidos, un orbitador dedicado a estudiar la atmósfera marciana. Los siguientes róvers, apuntamos, ya podrían llegar equipados con inteligencia artificial.
Esa misma imagen de un Marte por fin alcanzable alimentó una oleada de ficción que mezcla exploración real e invención pura. En Total Recall (Desafío total, 1990), basada libremente en un relato de Philip K. Dick, Douglas Quaid viaja a unas colonias marcianas bajo cúpulas donde cualquier brecha en el traje significa una muerte casi instantánea por la falta de atmósfera. Misión a Marte (2000) imagina que una antigua estructura con forma de rostro humano, descubierta en la región de Cydonia, es en realidad una baliza dejada por nuestros propios antepasados marcianos. Planeta Rojo (2000) plantea un proyecto de terraformación con algas para generar oxígeno mientras un robot con inteligencia artificial y modo militar empieza a fallar peligrosamente tras el aterrizaje. Y Fantasmas de Marte (2001), de John Carpenter, imagina un Marte ya colonizado y parcialmente terraformado en el año 2176, donde una colonia minera es poseída por los espíritus de una antigua civilización marciana —la más floja de las cuatro, todo hay que decirlo, pero con una premisa curiosa—. Todas ellas beben, en el fondo, de la misma fascinación que ya alimentó Las arenas de Marte (1951) de Arthur C. Clarke, escrita antes de las primeras sondas y hoy desfasada en su ciencia, con un novelista que viaja a una Marte que Clarke todavía imaginaba con plantas y vida animal propia.
El futuro, sin embargo, tiene menos de ficción y más de ingeniería de lo que gustaría. La distancia entre la Tierra y Marte varía entre 54,6 y 401 millones de kilómetros según el momento, así que solo hay una ventana de lanzamiento cada 26 meses; un viaje puede durar entre 6 y 8 meses de ida, y la nave —del tamaño de un piso pequeño— tendría que alojar a varias personas durante todo ese tiempo. La radiación cósmica es probablemente el mayor problema de todos, porque Marte carece de un campo magnético global que nos proteja como el de la Tierra; en la novela Nación Marte se plantea una solución curiosa: rodear la nave de tanques de agua que absorban buena parte de la radiación, sirviendo además como reserva de líquido para beber y, si la nave rota como un cilindro, como fuente de gravedad simulada. La propia gravedad marciana, apenas un 37-38% de la terrestre, no libra a los astronautas del problema: meses en microgravedad durante el viaje bastan para perder calcio y masa muscular, con riesgo real de fracturas al llegar. Y las noches marcianas, que pueden bajar a -125 °C incluso cuando de día se superan los 20 °C en el ecuador, obligan a sistemas de calefacción que consumen una energía que tampoco sobra.
Tampoco basta con llegar: como no se puede cargar desde la Tierra todo el combustible necesario para el regreso, cualquier misión real tendría que producir en el propio Marte agua, oxígeno e hidrógeno para el viaje de vuelta —la idea central del plan Mars Direct de Robert Zubrin, fundador de la Mars Society y autor de First Landing, la novela con la que llevó su propio plan a la ficción—. Es, en cierto modo, la misma lógica que llevó a los conquistadores españoles a quemar sus naves al llegar a América: no hay vuelta atrás salvo la que tú mismo fabriques. A eso se suma cultivar alimentos —las patatas de Mark Watney en El marciano son el ejemplo más citado—, la dificultad de mantener el equipo funcionando durante años sin repuestos a mano, y un desafío menos técnico y más humano: el aislamiento. Ahí Mark Watney vuelve a servir de ejemplo, con su broma de proclamarse «el pirata Barbarroja» de Marte por derecho de primer ocupante, mientras la NASA en la Tierra debate si existe siquiera un marco legal para gobernar lo que ocurra allí cuando, además de las agencias estatales, empiecen a llegar empresas privadas sin bandera ni las mismas reglas.
Sobre ese futuro, todavía por escribir, también hay ficción con distintos grados de rigor. Crónicas marcianas (1950) de Ray Bradbury imagina la llegada de colonos humanos que huyen de una Tierra en guerra y su encuentro con unos marcianos que acaban desapareciendo. La Trilogía Marciana de Kim Stanley Robinson —Marte rojo, Marte verde y Marte azul— sigue a los cien primeros colonos a lo largo de generaciones, hasta una terraformación completa del planeta. Nación Marte, de Brandon Q. Morris, enfrenta a una expedición oficial de la NASA con un grupo de colonos particulares decididos a quedarse para siempre, en una trama que en cierto momento deja a la Tierra en un silencio inquietante del que no vamos a destriparos el motivo. Y El marciano (2011) de Andy Weir, con su adaptación al cine en 2015, sigue siendo el relato más citado de todos: Mark Watney, botánico y astronauta, dado por muerto y abandonado en Marte tras una tormenta de arena, sobrevive cultivando patatas, restaurando una sonda Pathfinder inactiva para comunicarse con la Tierra y arreglando cada avería —incluida una brecha del hábitat— con la ayuda, cómo no, de la cinta americana.
En formato serie, Mars, de National Geographic, mezcla ficción y documental real —con entrevistas a Elon Musk o al propio Robert Zubrin— para imaginar la primera colonia de 2033, instalada bajo tierra en busca de la máxima protección posible. For All Mankind construye una ucronía en la que la URSS llega primero a la Luna, así que Estados Unidos nunca frena la carrera espacial, que sus temporadas siguientes llevan sin pausa hasta Marte.
Con esto cerramos el monográfico: de un punto rojo que titilaba en el cielo y que confundimos con fuego, pasando por dioses de la guerra, canales imaginarios y marcianos que nunca existieron, hasta róvers que llevan más de una década trabajando solos a cientos de millones de kilómetros de casa. Hoy, a fecha de 2024, un ser humano tiene más probabilidades de morir en Marte que de sobrevivir, y aun así seguimos empeñados en ir. Nos encantaría estar vivos el día que alguien pise ese suelo rojo de verdad. Mientras tanto, os prometemos el próximo episodio será bastante más ligero — no os desvelamos todavía de qué irá.
Ese episodio más ligero resultó ser la historia de la electricidad, de Tales de Mileto a la guerra de las corrientes.
Se menciona
- AutorArthur C. Clarke
- AutorRay Bradbury
- AutorH.G. Wells
- AutorKim Stanley Robinson
- AutorBrandon Q. Morris
- AutorRobert Zubrin
- LibroLas arenas de Marte
- LibroCrónicas marcianas
- LibroLa guerra de los mundos
- LibroNación Marte
- LibroMarte rojo
- LibroFirst Landing
- LibroEl marciano
- PelículaTotal Recall (Desafío total)
- PelículaMisión a Marte
- PelículaPlaneta Rojo
- PelículaFantasmas de Marte
- PelículaMarte (The Martian)
- SerieMars
- SerieFor All Mankind (Para toda la humanidad)
- ConceptoMarte, el planeta rojo
- PersonajeMark Watney