Marte, el planeta rojo
Marte es el cuarto planeta del sistema solar, a una distancia media de unos 227 millones de kilómetros del Sol, con una órbita más excéntrica que la terrestre que lo acerca y aleja de forma perceptible y que, combinada con nuestro propio movimiento alrededor del Sol, produce su famoso movimiento retrógrado: noche tras noche avanza de oeste a este hasta que, durante unos meses, parece invertir el rumbo. Su día dura 24 horas y 37 minutos, casi como el nuestro, pero su año equivale a 687 días terrestres (1,9 años) por estar más lejos del Sol. Tiene una gravedad de apenas un 37-38% de la terrestre, una atmósfera muy tenue compuesta casi por completo de dióxido de carbono, y sufre tormentas de polvo que pueden llegar a cubrir el planeta entero durante meses. Sus dos lunas, Fobos y Deimos, son casi con toda seguridad asteroides capturados por su gravedad; se cree que Fobos acabará desintegrándose y formando un anillo de roca alrededor del planeta. En su superficie destacan el Monte Olimpo, el volcán más alto del sistema solar (unos 23 km, casi tres veces el Everest), y Valles Marineris, un cañón de miles de kilómetros de largo probablemente abierto por el impacto de un asteroide. Su color rojo, causado por el óxido de hierro de su superficie, es lo que llevó a la mayoría de culturas antiguas —egipcios, babilonios (que lo llamaban Nergal), griegos (Ares) y romanos (Marte)— a asociarlo con la sangre, la guerra y la muerte, mucho antes de que nadie supiera que se trataba de un planeta. Antes de la llegada del telescopio en 1608, la astronomía se limitaba a la observación a simple vista: Ptolomeo, en el siglo II, explicó el movimiento retrógrado con el sistema de los epiciclos dentro de un modelo geocéntrico que dominó Europa durante más de mil años a través de su obra, el Almagesto, hasta que Copérnico propuso en 1543 que Marte —y el resto de planetas— orbitaban el Sol, no la Tierra. Con el telescopio llegaron los primeros mapas fiables del planeta (Mädler y Beer, 1840) y, en 1877, dos hitos clave: Asaph Hall descubrió Fobos y Deimos, y Giovanni Schiaparelli observó unas líneas en la superficie que llamó «canali» —canales naturales en italiano—, mal traducidas al inglés como «canals», canales artificiales. El astrónomo Percival Lowell convirtió ese error de traducción en una teoría completa sobre una civilización marciana avanzada, alimentando durante décadas tanto la ciencia como la ciencia ficción, hasta que en 1909 mejores telescopios demostraron que aquellas líneas eran ilusiones ópticas. Desde los años 60, la exploración robótica ha sustituido a la especulación: sondas y róvers como las Viking, Pathfinder, Spirit y Opportunity, Curiosity o Perseverance han confirmado que hubo agua líquida en el pasado —probablemente un gran océano en el hemisferio norte— y que sigue existiendo hielo bajo la superficie, lo que convierte a Marte en el destino más realista para una futura colonización humana, con todos los retos que eso implica: radiación cósmica sin apenas protección magnética, pérdida de masa ósea y muscular por la baja gravedad, temperaturas que oscilan entre los 20 °C del ecuador en verano y los -125 °C de la noche, y la necesidad de producir en el propio planeta el agua, el oxígeno y el combustible que no se pueden traer enteros desde la Tierra.
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- Marte: mitología, telescopios, róvers y los retos de colonizar el planeta rojo
Monográfico de cuatro episodios dedicado a Marte: desde la mitología y la astronomía antigua que lo convirtieron en un dios de la guerra, pasando por la fiebre de los canales marcianos que inspiró a H.G. Wells y sembró el pánico de Orson Welles, hasta la exploración robótica real —de las sondas Viking a Curiosity y Perseverance— y los enormes retos, técnicos y humanos, de una futura colonización.