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La muerte en la ciencia ficción

Ep. 12Muerte · 10 abr 2023

Entre las opciones que dejamos abiertas al cerrar el doblete de divergencias, ganó esta: la muerte.

Hoy tocaba un tema oscuro —o no tan oscuro, según a quién le preguntéis—: la muerte. La palabra tiene un sinónimo para cada ocasión —fallecimiento, deceso, tránsito, óbito, expiración— y a nivel biológico se define como el cese irreversible de la homeostasis: la incapacidad del organismo para generar y usar energía y mantenerse con vida. El cerebro es el órgano que peor lo lleva: sin oxígeno se desactiva en tres o cinco segundos, y varios minutos sin él provocan la muerte clínica. Las neuronas no tienen reservorio de energía propio como sí tiene el corazón, así que dependen de un aporte constante — de ahí que el cerebro sea, literalmente, lo primero en morir en un cuerpo, mientras la piel, los huesos o las córneas aguantan mucho más (por eso hay un orden estricto en la extracción de órganos para donación).

Lo interesante es que no tenemos ni idea de qué es exactamente la conciencia que se apaga. Nuestro cerebro parece tener varios estados —el consciente es solo uno de ellos, junto al sueño REM, la meditación profunda y demás— y esa parte de nosotros que se siente "individual" podría ser, simplemente, la que se entera de lo que pasa en las otras habitaciones de la casa. Nos quedamos con una frase que resume bien el momento en que empezamos a preocuparnos por todo esto: un hombre vive dos veces, cuando nace y cuando descubre que va a morir — porque es entonces, hacia el final de la adolescencia, cuando el cerebro termina de madurar y por fin somos capaces de entender nuestra propia existencia, y por tanto su fin.

Sobre lo que ocurre en el propio instante hay más ciencia de la que parece. Existe un campo de estudio serio sobre las experiencias cercanas a la muerte (ECM): sensación de salir del cuerpo, visiones de familiares fallecidos, un túnel de luz, una paz repentina. Un estudio publicado en The Lancet con 344 pacientes holandeses reanimados tras un paro cardíaco encontró que un 18% reportó alguna ECM, un 12% la describió como vívida y muy real, y que su profundidad dependía del sexo y del miedo previo a morir — no de cuánto tiempo llevaban clínicamente muertos. Fisiológicamente, se cree que el cuerpo libera una oleada de hormonas protectoras en ese momento final ("como LSD mezclado con dos botellas de vodka, tres de tequila y unos porros, pero lo hace nuestro propio cuerpo para que no suframos"), y que una oleada de ondas gamma sincronizadas justo antes de la muerte cerebral podría explicar la sensación de túnel de luz.

Y luego está el experimento de los 21 gramos, que seguro que os suena por la película. En 1907, el doctor Duncan MacDougall, de Massachusetts, pesó a varios pacientes moribundos en una cama-báscula justo en el momento de morir, calculando la pérdida de líquidos y deshidratación, y concluyó que el alma pesaba tres cuartos de onza — unos 21 gramos. Solo le funcionó en un paciente de varios, y cuando repitió el experimento con perros sedados no encontró ninguna variación. No es ciencia seria, pero es una historia demasiado buena para no contarla.

A lo largo de la historia, cada cultura ha lidiado con esto a su manera. Los egipcios momificaban a los suyos y creían que, tras la muerte, el corazón se pesaba contra una pluma de la verdad para decidir si merecías pasar al más allá. Los vikingos creían que morir en batalla te llevaba al Valhalla, un banquete eterno con Odín y Thor — por eso preferían morir luchando a morir de viejos. El budismo persigue escapar del ciclo de reencarnación alcanzando el nirvana. Y hay culturas, como la mexicana con su Día de los Muertos, que celebran a sus muertos con comida y color en vez de solo llorarlos de negro, como en buena parte de Europa. Lo que tienen en común casi todas es la idea de que la muerte es un tránsito, no un final — y probablemente eso diga más sobre lo mal que llevamos la idea de dejar de existir que sobre lo que de verdad ocurre después.

Ya metidos en ficción, hay una película que resume casi todo lo que nos interesa de este tema: The Discovery (2017). Un científico demuestra, de forma verificable, que existe vida después de la muerte — y la revelación dispara una oleada de suicidios en todo el mundo, porque si hay algo mejor al otro lado, ¿para qué quedarse en este? Al final se descubre que esa vida después de la muerte es, en realidad, una segunda oportunidad: la conciencia viaja a una realidad alternativa donde revive los errores de su vida anterior para intentar corregirlos. La memoria de los muertos (2004, con Robin Williams) imagina un futuro con implantes cerebrales que graban toda una vida, y un editor especializado en montar la película-resumen que se proyecta en los funerales — hasta que se topa con alguien cuyo pasado no le conviene sacar a la luz. Y Más allá de los sueños (1998, también con Robin Williams, basada en Richard Matheson) es de las mejores películas de morir intentando salvar a quien amas: el cielo, en esta película, es lo que cada uno imagina que es, y el infierno es la ausencia de esa persona.

Del terror y el misterio nos quedamos con tres: Línea mortal (1990), en la que un grupo de estudiantes de medicina se induce la muerte clínica por turnos para investigar qué hay después, y regresan arrastrando alucinaciones ligadas a la culpa que no habían resuelto en vida; Los otros (2001), de Alejandro Amenábar, con Nicole Kidman protegiendo obsesivamente a sus hijos de unos "intrusos" que resultan ser los verdaderos habitantes de la casa — porque los fantasmas eran ellos; y Ghost (1990), con Patrick Swayze atrapado entre este mundo y el siguiente, intentando proteger a quien dejó atrás.

Y para cerrar el repaso de ciencia ficción propiamente dicha: El sexto día (2000), con Schwarzenegger descubriendo que le han sustituido por un clon con sus mismos recuerdos; Señales (2002), donde Mel Gibson pierde la fe tras la muerte de su mujer justo cuando el mundo se enfrenta a una invasión alienígena; y Solaris — mejor el libro de Stanisław Lem o la película de Tarkovski de 1972, nunca el remake de 2002 con George Clooney—, sobre un océano extraterrestre capaz de materializar a los muertos de quienes lo orbitan a partir de sus propios recuerdos. Y aunque no sea ciencia ficción, ¡Viven! (1993) merece una mención: la historia real del equipo de rugby uruguayo que sobrevivió semanas aisladas en los Andes recurriendo al canibalismo de sus compañeros fallecidos, y el juicio moral que la sociedad les hizo pasar después por ello.

Para cerrar, dos frases que nos quedamos con ganas de compartir. Una es de Epicuro: "¿por qué temer a la muerte, si mientras existimos ella no existe, y cuando la muerte existe, nosotros ya no?". Y la otra es de Gandhi, que para nosotros resume mejor que nada la filosofía de todo este episodio: vive como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir para siempre.

En el próximo capítulo subimos la mirada hacia las estrellas: arrancamos un triple episodio sobre los viajes al espacio.

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