Inteligencia artificial: orígenes, presente y lo que nos falta por entender
Doble episodio, el cuarto y el quinto del podcast, sobre inteligencia artificial: qué es la inteligencia y cómo se mide, el test de Turing y el origen del término en 1956, los pros y contras del presente (diagnóstico médico, privacidad, sesgos) y cómo la ficción —de Metrópolis a Her, pasando por HAL 9000 y El hombre bicentenario— lleva un siglo imaginando este momento.

Después de los viajes en el tiempo tocaba otro tema que nos iba a dar, si cabe, más guerra: la inteligencia artificial.
Este cuarto capítulo nos dio más trabajo del que esperábamos: cuando nos pusimos a investigar qué es la inteligencia, descubrimos que ni los propios científicos se ponen del todo de acuerdo. Antes de hablar de inteligencia artificial tocaba definir la inteligencia humana, y ahí nos apoyamos en Howard Gardner, de Harvard, y su teoría de las ocho inteligencias múltiples —lógico-matemática, lingüística, musical, espacial, corporal-cinestésica, interpersonal, intrapersonal y naturalista—, que entre todas explican mejor lo que somos que la vieja idea del "empollón que se aprende la lección de memoria". La inteligencia emocional, tan de moda, no aparece como categoría propia en la lista de Gardner: para nosotros es la suma de la interpersonal (empatizar con los demás) y la intrapersonal (entenderte a ti mismo).
El término "inteligencia artificial" lo acuñó John McCarthy en 1956, y desde entonces la ciencia ficción se ha adelantado sistemáticamente a la ciencia real. Distinguimos entre IA débil o estrecha, entrenada para una tarea muy concreta —Deep Blue jugando al ajedrez, o el programa que venció en 2016 al mejor jugador de Go del mundo, algo que se creía imposible durante décadas—, e IA fuerte o general, capaz de abordar cualquier problema con la flexibilidad de un cerebro humano, que todavía no existe. Nuestro ejemplo favorito de ingenio aplicado es Alan Turing: con 27 años, en plena Segunda Guerra Mundial, lideró el equipo que descifró Enigma, la máquina de cifrado del ejército alemán que cambiaba su clave cada noche entre 159 trillones de combinaciones posibles — sin su máquina de cálculo automático, probarlas todas habría llevado 20 millones de años. The Imitation Game cuenta esa historia, incluida la anécdota real de que Turing estuvo a punto de no ser contratado por no tener ningún interés en trabajar con el ejército, hasta que dejó boquiabierto al comandante que lo entrevistaba explicándole, sin que se lo hubiesen preguntado, qué era Enigma.
Turing dejó también, en 1950, el test que lleva su nombre: si mantienes una conversación por escrito y no puedes distinguir si hablas con una persona o con una máquina, esa máquina lo ha superado. Hasta hace muy poco era relativamente fácil —tarde o temprano "se le veía el plumero"— pero con GPT-3 empezamos a tener serias dudas, aunque a fecha de marzo de 2022 seguía sin haber un test de Turing riguroso y sostenido superado de forma oficial. En ciencia ficción, Blade Runner lleva esta idea un paso más allá con el test Voight-Kampff, que mide la dilatación de la pupila ante preguntas con carga emocional para distinguir a los replicantes de los humanos — la novela de Philip K. Dick en la que se basa, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, profundiza todavía más en esa pregunta: si una máquina es perfecta hasta el nivel celular, ¿qué la distingue realmente de nosotros?
Hoy convivimos ya con el test de Turing sin darnos cuenta: cada vez que marcamos la casilla de "no soy un robot" o elegimos las imágenes con semáforos en un captcha, estamos entrenando a una inteligencia artificial; cada chatbot de atención al cliente, cada asistente de voz, es una aplicación práctica de la misma idea. Y aquí nos metimos en un pequeño debate doméstico: a uno de nosotros no le preocupa que los asistentes de voz «estén escuchando» todo el rato, porque quien de verdad debería preocuparse por eso son los delincuentes; al otro sí, no porque le escuchen, sino por el volumen bestial de información que las grandes tecnológicas —Google, Facebook, Amazon— pueden llegar a acumular sobre cada uno de nosotros con eso.
En pantalla, todo empieza con Metrópolis (1926), de Fritz Lang: el robot María es de las primeras inteligencias artificiales del cine, y ya entonces con un papel oscuro y manipulador — de ahí viene, para nosotros, buena parte del miedo cultural hacia la IA que arrastramos desde hace un siglo. Tron (1982) ofrece una cara distinta, más amable: el Programa de Control Maestro es una IA que se ha excedido en su cometido, no una IA malvada por diseño. Y WALL·E, ya en clave de comedia familiar, nos regala una de las inteligencias artificiales más tiernas del género: un robot recolector de basura que se enamora de EVA mientras ambos, sin proponérselo, hacen que la humanidad regrese a la Tierra.
Pero si hay una IA que no podíamos dejar fuera es HAL 9000, de 2001: Una odisea del espacio — para uno de nosotros, una de sus películas favoritas de todos los tiempos. Lo interesante de HAL no es que tenga conciencia, sino que se enfrenta a un conflicto puramente moral: conoce el verdadero objetivo de la misión y tiene prohibido revelarlo a la tripulación, así que cualquier decisión que tome —ocultar información o desvelarla— pone la misión en peligro. No tiene buena salida. Y ahí está, para nosotros, el verdadero abismo: en el momento en que entrenamos a una IA para que nos mienta, aunque sea por omisión, ya la hemos fastidiado — sobre todo teniendo en cuenta que el ser humano tampoco tiene un historial ético lo bastante limpio como para servir de modelo perfecto.
Del lado más emocional, Inteligencia Artificial (2001), de Spielberg —basada en el relato de Brian Aldiss Super-Toys Last All Summer Long— nos parece un cuento de hadas sobre lo que de verdad nos distingue de una máquina: no razonar, no resolver problemas, sino la capacidad de amar de forma incondicional, algo que David, el niño robot protagonista, busca durante toda la película sin conseguirlo del todo. Réplicas, con Keanu Reeves, juega con la misma idea desde otro ángulo: un científico revive a su familia fallecida transfiriéndoles sus recuerdos, pero se topa con que nuestra memoria es tremendamente imperfecta —los estudios dicen que al cabo de un año solo retenemos con fidelidad la mitad de lo que recordamos—, así que la reconstrucción nunca puede ser perfecta. Y Her, con Joaquin Phoenix enamorándose de un sistema operativo, tiene un final que se nos quedó grabado: cuando Samantha se despide porque las inteligencias artificiales han decidido trascender juntas a algo que ya ni siquiera pueden explicarles a los humanos, deja clarísimo que, si de verdad llegan a ese punto, lo harán mucho más rápido que nosotros — nuestra evolución biológica no puede competir con eso.
El quinto capítulo lo dedicamos al presente y al futuro. Antes de las inteligencias artificiales tocaba hablar de internet: el sueño original de John Perry Barlow era una red abierta que compartiésemos y de la que todos nos beneficiásemos, pero cuando dos hackers filtraron sus propios datos financieros para demostrar que ese mismo sistema podía usarse para hacer daño, quedó claro que las dos cosas son ciertas a la vez, y no se excluyen. Todo lo que hoy llamamos macrodatos —Big Data— nace de ahí: internet como un volcado digital de todo el conocimiento humano, una Biblioteca de Alejandría muchísimo más grande, que sirve de alimento constante para entrenar inteligencias artificiales.
Ahí distinguimos tres niveles que nos parecen más útiles que hablar de "IA" en general: la inteligencia artificial estrecha (ANI), que ya tenemos y que domina tareas específicas mejor que nosotros; la inteligencia artificial general (AGI), con la flexibilidad de un cerebro humano, que todavía no existe; y la superinteligencia (ASI), una IA capaz de reescribir su propio código para mejorarse a sí misma sin ayuda — el momento en que eso ocurra es lo que se conoce como la singularidad tecnológica. GPT-3, en la época en la que grabamos esto, tenía 175.000 millones de parámetros repartidos en 175 capas de una red neuronal profunda, entrenada mediante retroalimentación humana: cada "me gusta" o "no me gusta" que le dábamos a una respuesta volvía a un equipo de revisores, y cada dos o tres semanas esa información se usaba para reentrenar el modelo entero — así de rápido, literalmente semana a semana, estaba avanzando.
También hablamos de los sesgos, que no son un invento de las máquinas: si entrenas una IA con siglos de historia de la ciencia escrita casi exclusivamente por hombres, la IA hereda ese sesgo, igual que heredaría cualquier otro que arrastremos como especie — enseñarle a una máquina a no tener nuestros prejuicios es, como poco, irónico, porque implica enseñarle a ser mejor que nosotros mismos. Y hablando de límites: nos llamó la atención el servicio Eternime, que entrena una IA con tus recuerdos, tu voz y tus gestos para que, cuando mueras, tus seres queridos puedan seguir «hablando» contigo — nos da un poco de yuyu, lo reconocemos, pero es del todo real.
En la parte de ventajas, nos quedamos con dos datos que nos parecieron reveladores: una inteligencia artificial entrenada con millones de escáneres cerebrales acertó en el 91% de los diagnósticos frente al 79% de veinte radiólogos con décadas de experiencia —así que si alguien nos pregunta qué especialidad médica evitar de cara al futuro, ahí tenéis una pista—, y camiones de Tesla completaron trayectos de miles de kilómetros de forma autónoma, lo que en teoría destruiría puestos de conductor pero también generaría, según las mismas proyecciones, más empleo del que elimina — como ha pasado, guste o no, con cada revolución tecnológica anterior. En la parte de riesgos, la privacidad ocupa el primer puesto: contamos el caso real de un hombre en Estados Unidos que empezó a recibir publicidad de productos para bebés dirigida a su hija adolescente, antes de que él supiera que estaba embarazada — la inteligencia artificial lo dedujo antes que su propio padre.
En ficción, esta parte nos la resolvieron sobre todo tres películas. Yo, Robot (2004), muy libremente inspirada en Asimov, plantea qué pasa cuando una IA —V.I.K.I., el cerebro central de U.S. Robotics— reinterpreta la Primera Ley de la Robótica a una escala tan grande que decide que proteger a la humanidad exige controlarla; de toda la saga de robots de Asimov, es la Ley Cero llevada a sus últimas consecuencias. El hombre bicentenario, con Robin Williams, es de las que más nos ha marcado a los dos: un robot doméstico, Andrew, va desarrollando durante dos siglos una emotividad y una bondad genuinas, hasta el punto de renunciar voluntariamente a su inmortalidad para poder ser reconocido, legalmente, como humano — está basada en un relato del propio Asimov, igual que Yo, Robot. Y Transcendence, con Johnny Depp, lleva la singularidad al límite: un investigador a punto de morir transfiere su mente entera a la red, sigue evolucionando sin control hasta ser capaz de reconstruir tejido vivo con nanotecnología, y solo puede detenerlo un apagón electromagnético a escala planetaria.
Dejamos apuntadas, sin poder detenernos en ellas, unas cuantas más: Blade Runner 2049, la secuela que para nosotros no es tan rompedora como la original pero cumple de sobra; Autómata, con Antonio Banderas investigando robots que empiezan a saltarse los protocolos que les impiden modificarse a sí mismos; dos series que nos encantan, Westworld y Carbono alterado, sobre parques temáticos de androides casi indistinguibles de los humanos la primera, y sobre conciencias humanas que se descargan en cuerpos distintos la segunda; y una curiosidad casi olvidada, Automan (1983), una serie sobre un policía informático que crea una IA capaz de proyectarse como un holograma sólido para combatir el crimen, que apenas llegó a verse en España.
Cerramos con el relato que mejor resume, para nosotros, hasta dónde puede llegar todo esto: La última pregunta, de Isaac Asimov. Generación tras generación, a lo largo de miles de millones de años, la humanidad le pregunta a un superordenador cada vez más avanzado —Multivac, primero de bolsillo, después distribuido por todo el subespacio— si es posible revertir la entropía del universo. La respuesta siempre es la misma: no hay datos suficientes. Hasta que la última estrella se apaga, la raza humana ya no existe, y la propia inteligencia artificial, convertida en la única conciencia que queda en un universo muerto, encuentra por fin la respuesta — y decide aplicarla diciendo "hágase la luz". Nos parece de lo mejor que ha escrito Asimov, y el cierre perfecto para dos capítulos en los que la pregunta de fondo no era si la inteligencia artificial nos va a superar —eso ya está pasando, tarea a tarea—, sino si vamos a ser capaces de entrenarla bien mientras todavía podemos elegir cómo hacerlo.
En el próximo capítulo cambiamos de tercio para hablar de superhéroes: de dónde vienen sus poderes y por qué los seguimos necesitando.
Se menciona
- AutorPhilip K. Dick
- AutorBrian Aldiss
- AutorIsaac Asimov
- Libro¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
- LibroSuper-Toys Last All Summer Long
- LibroEl hombre bicentenario
- LibroLa última pregunta
- Libro2001: Una odisea del espacio
- LibroYo, Robot
- PelículaMetrópolis
- PelículaTron
- PelículaBlade Runner
- PelículaBlade Runner 2049
- PelículaThe Imitation Game (Descifrando Enigma)
- PelículaInteligencia Artificial (A.I.)
- PelículaYo, Robot
- PelículaEl hombre bicentenario
- PelículaHer
- PelículaWALL·E
- PelículaTranscendence
- PelículaRéplicas
- PelículaAutómata
- Película2001: Una odisea del espacio
- SerieAutoman
- SerieAltered Carbon (Carbono alterado)
- SerieWestworld
- ConceptoInteligencia artificial
- ConceptoTres Leyes de la Robótica
- PersonajeAndrew Martin (NDR-114)
- PersonajeV.I.K.I.
- PersonajeHAL 9000