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La electricidad: de Tales de Mileto a la guerra de las corrientes entre Edison y Tesla

Ep. 34Electrificando el mundo - Parte I · 30 jun 2024
Ep. 35Electrificando el mundo - Parte II · 1 jul 2024

Después de nuestro monográfico sobre Marte, tocaba bajar de nuevo a la Tierra.

Retomamos el podcast, nunca mejor dicho, con energía: hoy toca hablar de electricidad, y aunque no lo parezca es uno de los temas más de ciencia ficción que hemos tratado nunca, porque sin ella no existiría absolutamente nada de nuestra tecnología —ni este podcast, ni el móvil, ni los ordenadores, ni los satélites—. Antes de llegar a lo que de verdad nos apetecía contar, la guerra de las corrientes, hacía falta explicar primero qué es eso de la electricidad que todos encendemos con un botoncito sin tener ni idea de cómo funciona.

El primer registro que reconocemos como electricidad es del filósofo griego Tales de Mileto, hacia el año 600 a.C.: descubrió que al frotar ámbar —«elektron» en griego, la palabra de la que viene «electricidad»— con piel de animal, el ámbar atraía objetos ligeros como plumas o trocitos de paja. Desde entonces hasta que alguien relacionó la electricidad con el magnetismo pasarían miles de años. En Persia se encontró la llamada «pila de Bagdad», una vasija con componentes que probablemente generaban una pequeña corriente, aunque no sabemos con certeza para qué se usaba —hoy es imposible comprobarlo, porque la pieza desapareció en el saqueo del Museo de Bagdad durante la guerra de Irak de 2003—; algunos teorizan que servía para galvanizar metales, cubrir una figurita con otro metal por electrólisis. Y en tiempos de Jesucristo, en Roma, se usaba el pez torpedo, capaz de dar descargas eléctricas, como tratamiento contra las migrañas: te daba un corrientazo y con eso se suponía que mejorabas.

En 1600 llegamos a William Gilbert, médico de la reina Isabel I de Inglaterra, que acuñó el término «eléctrico» en su obra De Magnete, uno de los primeros libros científicos dedicados a la electricidad y el magnetismo. Gilbert sabía que aquello existía y lo describió con detalle, pero no tenía ni idea de para qué podría servir. Poco después, Otto von Guericke construyó una de las primeras máquinas electrostáticas, con una esfera de azufre que giraba y se frotaba a mano —el «boli frotado contra el jersey que atrae papelitos» de toda la vida, pero hecho ciencia—. Y en 1729, Stephen Gray hizo un descubrimiento que hoy damos por sentado: distinguió entre materiales conductores y aislantes de la electricidad, la razón por la que usamos cobre en los cables.

En 1746 se inventó la botella de Leiden, la primera capaz de almacenar algo de carga eléctrica, una especie de pila primitiva; en 1800, Alessandro Volta construyó la primera pila voltaica de verdad —de ahí el volt, y de paso el nombre de una conocida marca de motos—. Y justo antes entra en escena Luigi Galvani, de quien viene la palabra «galvanizar»: descubrió que el propio cuerpo humano genera electricidad, en una época en la que se creía que lo que nos hacía movernos era una fuerza mística concedida por Dios. Ese giro de la magia a la ciencia inspiró directamente a una joven que, en medio de una noche de tormenta y un reto entre amigos para escribir una historia de terror, escribió el primer libro de ciencia ficción reconocido como tal: Frankenstein, de Mary Shelley, donde unas cargas eléctricas inmensas devuelven la vida a un cuerpo formado con partes de otros cuerpos.

El gran salto llegó con Michael Faraday, que en 1831 descubrió la inducción electromagnética y sentó las bases de la electricidad moderna: demostró que un campo magnético en movimiento podía inducir una corriente eléctrica en un conductor, e inventó un generador eléctrico muy básico. Cuando alguien —seguramente buscando rentabilizarlo— le preguntó para qué servía todo aquello, Faraday respondió con una frase que ha quedado en los anales de la historia: «¿usted me está preguntando para qué sirve un recién nacido?». Poco antes, en 1827, Georg Ohm había descubierto la relación entre voltaje, amperaje y resistencia en un circuito, la pieza que faltaba para poder construir instalaciones eléctricas útiles y que no se quemaran solas.

Con esas piezas ya podemos explicar cómo generamos electricidad hoy, y en el fondo siempre es la misma idea de Faraday: mover electrones. En una central térmica, hidroeléctrica o eólica, algo hace girar una turbina —vapor, agua o viento— conectada a un imán que gira dentro de un conjunto de bobinas, y ese cambio de campo magnético induce la corriente. En una central nuclear ocurre exactamente lo mismo, solo que el calor que genera el vapor no viene de quemar carbón sino de la fisión de uranio-235 o plutonio-239, con el inconveniente de que apenas aprovechamos un 10% de la energía de la reacción, el resto se pierde en forma de calor y residuos. Las baterías generan corriente mediante una reacción química entre un ánodo y un cátodo —el mismo principio, dicho sea de paso, con el que nuestras propias neuronas y músculos generan sus potenciales de acción intercambiando sodio y potasio—, y los paneles solares fotovoltaicos liberan electrones cuando la luz incide sobre un material semiconductor como el silicio, aunque siguen perdiendo bastante energía en forma de calor.

Con toda esa ciencia ya sobre la mesa, tocaba encontrarle una aplicación práctica, y ahí aparece Thomas Alva Edison con la lámpara incandescente. Antes existían los arcos eléctricos, pero eran peligrosos —cualquiera que se acercara podía electrocutarse— y poco eficientes. Edison, que no inventó la bombilla pero sí la hizo funcional, probó miles de materiales distintos para el filamento: la leyenda dice que llegó a hacer 10.000 pruebas. En octubre de 1879 encontró un filamento de algodón carbonizado que ardía dentro de una bombilla al vacío durante unos segundos; en 1880 lo mejoró con un filamento de bambú capaz de aguantar hasta 1.200 horas encendido. De ahí a que la electricidad sustituyera a las lámparas de gas y aceite en unas ciudades construidas casi enteramente en madera, donde los incendios eran devastadores, solo quedaba un paso. Ese cambio, en poco más de 100 años, ha alterado incluso nuestra fisiología: dormíamos cuando oscurecía y ahora, con luz artificial disponible siempre, pasamos más horas despiertos de las que deberíamos.

Cerrado el aperitivo científico, toca la parte que de verdad nos apetecía contar: la guerra de las corrientes, entre dos titanes totalmente opuestos. Thomas Alva Edison nació el 11 de febrero de 1847 en Milan, Ohio, fue un estudiante tan difícil que el maestro se rindió con él a los tres meses, y su madre, exmaestra, se encargó de su educación dándole libertad para experimentar. De adolescente vendía periódicos y caramelos en un tren, montó un pequeño laboratorio y una imprenta en un vagón de mercancías, y consiguió su primer empleo como operador de telégrafos después de salvarle la vida a un niño en las vías. Fundó en Menlo Park, Nueva Jersey, uno de los primeros centros de I+D de la historia, capaz de atraer talento de medio mundo, y a lo largo de su vida se le atribuyen 1.093 patentes —muchas generadas por su equipo, no todas suyas en sentido estricto—. Fue el primer «hecho a sí mismo» americano: pobre de origen, rico de fama, aunque no tanto de dinero como se suele pensar, financiado en parte por el magnate J. P. Morgan. Con la bombilla ya funcional, construyó en 1882 la central de Pearl Street, en Nueva York, la primera central eléctrica comercial del mundo, basada en corriente continua —la misma que da una pila normal—.

El segundo protagonista, totalmente opuesto en carácter, es Nikola Tesla: un genio en el sentido más puro de la palabra, nacido el 10 de julio de 1856 en Smiljan, entonces Imperio austrohúngaro y hoy Croacia. Estudió en las universidades de Graz y Praga sin llegar a terminar ningún título —se cree que por problemas económicos—, aunque hay una historia preciosa detrás: de joven enfermó gravemente de cólera y le prometió a su padre que, si sobrevivía, estudiaría ingeniería en vez de hacerse sacerdote como este quería. Sobrevivió, y su familia reunió hasta el último ahorro para que pudiera estudiar. Tesla era capaz de visualizar un motor completo, hasta el último detalle, dentro de su cabeza antes de construirlo. Llegó a Nueva York el 6 de junio de 1884 con una mano delante y otra detrás —le habían robado el equipaje por el camino— y empezó a trabajar para el propio Edison, a quien ayudó a resolver un problema técnico grave con un barco electrificado. Edison le prometió 50.000 dólares si lo solucionaba; Tesla lo solucionó, y Edison se lo tomó a broma. Indignado, Tesla se marchó y acabó vendiendo sus patentes de motores de corriente alterna a George Westinghouse, un empresario que ya se había hecho muy rico con los frenos de aire para ferrocarriles y que vio en la electricidad el gran negocio del futuro.

Ahí arranca de verdad la guerra: por un lado, una disputa tecnológica —corriente continua contra corriente alterna—, y por otro, sobre todo, una disputa comercial por hacerse con el mercado eléctrico de cada ciudad de Estados Unidos, estado a estado. La corriente continua, la de una pila, sufre pérdidas enormes al transportarla largas distancias, así que resultaba carísima de escalar; la corriente alterna, que cambia de sentido decenas de veces por segundo, viaja con muchísimas menos pérdidas. Edison, que ya tenía toda una red de corriente continua construida y no estaba dispuesto a tirarla, lanzó una campaña para desprestigiar la corriente alterna presentándola como peligrosa, llegando a electrocutar públicamente animales para demostrarlo —un antecedente directo, además, de la silla eléctrica—. Tesla y Westinghouse respondieron a lo grande: iluminaron la Exposición Universal de Chicago de 1893 con miles de bombillas de corriente alterna y construyeron la primera gran central hidroeléctrica del mundo en las cataratas del Niágara, dos golpes que resultaron decisivos.

La superioridad técnica de la corriente alterna para el transporte a larga distancia acabó imponiéndose, y en 1892 la propia empresa de Edison se fusionó con la competencia para formar General Electric, sin que el nombre de Edison quedara ligado a la tecnología que finalmente ganó. El desenlace personal de los dos protagonistas no puede ser más distinto: Edison vivió rico y célebre hasta su muerte, el 18 de octubre de 1931, en West Orange, Nueva Jersey; hoy seguimos viendo su inicial en cualquier bombilla con casquillo E27. Tesla, que había vendido sus patentes sin conservar derechos futuros, murió en la más completa pobreza el 7 de enero de 1943, en la habitación de un hotel de Nueva York, tras pasar sus últimos años obsesionado con ideas cada vez más extremas, como la torre Wardenclyffe, con la que soñaba con transmitir energía e información gratis, sin cables, a todo el planeta. Ese tipo de proyectos, sumados a que el gobierno estadounidense clasificó parte de sus inventos al morir, alimentaron después toda una mitología conspirativa a su alrededor, desde supuestos rayos de la muerte hasta lanchas teledirigidas para el ejército.

Nos despedimos con varias frases que se le atribuyen a los protagonistas de este capítulo, con más o menos certeza según la fuente: la de Edison, «el genio es un 1% de inspiración y un 99% de transpiración»; la de Faraday, «nada es demasiado maravilloso para ser verdad, si está de acuerdo con las leyes de la naturaleza»; y, ya que hablamos de electricidad, no podíamos dejar fuera a Benjamin Franklin, que con su famoso experimento de la cometa bajo una tormenta inventó el pararrayos y salvó desde entonces muchísimas vidas: «la electricidad es una manifestación de la materia que siempre ha existido, pero de la cual solo ahora comenzamos a ser conscientes». La próxima entrega no tiene tanto de ciencia y mucho más de ficción: vamos a repasar las frases más icónicas de la ciencia ficción, en libros, películas y series.

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