Concepto

La guerra de las corrientes

Con la electricidad ya generada y una lámpara capaz de aprovecharla, quedaba resolver cómo llevarla desde la central hasta cada casa, y ahí chocaron dos visiones irreconciliables encarnadas en dos hombres muy distintos. Thomas Alva Edison (1847-1931), mal estudiante autodidacta que de niño vendía periódicos en un tren y llegó a acumular más de mil patentes generadas en su laboratorio de Menlo Park —uno de los primeros centros de I+D de la historia—, apostó por la corriente continua (CC): la misma que da una pila, un flujo constante en un solo sentido. En 1882 puso en marcha en Pearl Street, Nueva York, la primera central eléctrica comercial del mundo, capaz de abastecer a 59 clientes y unas 800 bombillas el primer día. El problema de la CC es que se pierde muchísima energía al transportarla largas distancias, así que el modelo de Edison exigía una central cada pocas manzanas. Nikola Tesla (1856-1943), nacido en el seno del Imperio austrohúngaro, en la actual Croacia, era casi el reverso de Edison: un genio excéntrico, mala cabeza para el dinero, capaz de visualizar un motor completo en su cabeza antes de construirlo. Llegó a Nueva York en 1884 —le habían robado el equipaje por el camino— y trabajó brevemente para el propio Edison, hasta que este le prometió 50.000 dólares por resolver un problema técnico y luego se lo tomó a broma; Tesla, indignado, se marchó y acabó vendiendo sus patentes de corriente alterna (CA) —la que cambia de sentido decenas de veces por segundo— a George Westinghouse, un empresario que ya se había hecho rico con los frenos de aire para ferrocarriles y que vio en la CA el futuro de la energía. La corriente alterna resolvía justo el problema de Edison: se podía transportar a larga distancia con muchas menos pérdidas, así que Edison lanzó una campaña de desprestigio contra ella, llegando a electrocutar públicamente animales para presentarla como peligrosa —de ahí también, indirectamente, la silla eléctrica—. Pero la superioridad técnica de la CA se acabó imponiendo: Westinghouse y Tesla iluminaron la Exposición Universal de Chicago de 1893 y construyeron la primera gran central hidroeléctrica en las cataratas del Niágara, dos hitos que sentenciaron la contienda a favor de la corriente alterna, el estándar que sigue en nuestras casas hoy. En 1892, la propia empresa de Edison acabó fusionándose con la de Westinghouse para formar General Electric, sin que el nombre de Edison quedara ligado a la corriente que finalmente ganó. Los dos hombres terminaron su vida de forma muy distinta: Edison murió rico y célebre en 1931, mientras que Tesla, que había vendido sus patentes sin quedarse con los derechos futuros, murió en 1943 en la habitación de un hotel neoyorquino, prácticamente en la pobreza, tras pasar sus últimos años persiguiendo ideas cada vez más extremas —como la torre Wardenclyffe, con la que soñaba con transmitir energía e información gratis de forma inalámbrica a todo el planeta— que alimentaron después toda clase de teorías conspirativas sobre inventos confiscados por el gobierno estadounidense.

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    Doble episodio dedicado a la historia real de la electricidad: desde los primeros experimentos con ámbar de la Grecia antigua y las leyes de Faraday que sentaron las bases de la electricidad moderna, hasta la guerra comercial y tecnológica entre Thomas Edison, Nikola Tesla y George Westinghouse por imponer la corriente continua o la corriente alterna como estándar eléctrico mundial.