El origen de la electricidad
Todo empieza en torno al año 600 a.C., cuando el filósofo griego Tales de Mileto observó que, al frotar ámbar —«elektron» en griego, origen de la palabra electricidad— con piel de animal, este atraía objetos ligeros como plumas o trozos de paja: el primer registro conocido de electricidad estática. Durante siglos ese fenómeno quedó como simple curiosidad: en el Imperio parto se fabricó la llamada «pila de Bagdad», una vasija con electrolitos que algunos teorizan que pudo usarse para galvanizar metales, aunque hoy es imposible confirmarlo porque desapareció en el saqueo del Museo de Bagdad en 2003; y en la Roma antigua se llegó a usar el pez torpedo, capaz de generar descargas eléctricas, como tratamiento —más bien dudoso— contra las migrañas. En 1600, William Gilbert, médico de la reina Isabel I de Inglaterra, acuñó el término «eléctrico» en su obra De Magnete, uno de los primeros textos científicos sobre electricidad y magnetismo, aunque ni él ni nadie en su época sabía todavía para qué podía servir ese efecto físico. Otto von Guericke construyó poco después una de las primeras máquinas electrostáticas, con una esfera de azufre girada a mano; y en 1729 Stephen Gray distinguió por primera vez entre materiales conductores y aislantes, la base de por qué hoy usamos el cobre para transportar corriente. La botella de Leiden (1746) permitió almacenar carga eléctrica por primera vez, un antecedente directo de la pila voltaica que Alessandro Volta inventó en 1800. Poco antes, Luigi Galvani había descubierto que el propio cuerpo humano genera electricidad —de ahí «galvanizar»—, un hallazgo que desplazó el misticismo sobre la «fuerza vital» hacia la ciencia y que inspiró directamente a Mary Shelley para escribir Frankenstein (1818), la novela que devuelve la vida a un cuerpo compuesto de partes distintas mediante descargas eléctricas y que se considera la primera obra de ciencia ficción reconocida como tal. El gran salto llegó con Michael Faraday, que en 1831 formuló sus leyes de la inducción electromagnética —un campo magnético en movimiento induce una corriente eléctrica en un conductor— y construyó el primer generador eléctrico rudimentario; cuando le preguntaron para qué servía su descubrimiento, respondió: «¿usted me está preguntando para qué sirve un recién nacido?». Poco después, en 1827, Georg Ohm relacionó voltaje, intensidad y resistencia, hasta hoy la base de cualquier circuito eléctrico útil y seguro. A partir de la ley de Faraday, toda generación de electricidad moderna reduce a lo mismo, mover electrones: las centrales térmicas, hidroeléctricas y nucleares hacen girar una turbina conectada a un imán dentro de unas bobinas (en las nucleares, el calor no viene de quemar carbón sino de la fisión de uranio-235 o plutonio-239); las baterías generan esa misma corriente mediante una reacción química entre ánodo y cátodo; y los paneles solares fotovoltaicos liberan electrones al incidir la luz sobre un semiconductor como el silicio. El último paso antes de que la electricidad tuviera una aplicación cotidiana fue la lámpara incandescente: Thomas Edison, tras miles de pruebas fallidas, encontró en octubre de 1879 un filamento de algodón carbonizado capaz de arder dentro de una bombilla al vacío, y lo mejoró en 1880 con un filamento de bambú que aguantaba 1.200 horas encendido, la primera alternativa eléctrica realmente viable a las lámparas de gas y aceite que incendiaban las ciudades de madera.
Aparece en estos artículos
- La electricidad: de Tales de Mileto a la guerra de las corrientes entre Edison y Tesla
Doble episodio dedicado a la historia real de la electricidad: desde los primeros experimentos con ámbar de la Grecia antigua y las leyes de Faraday que sentaron las bases de la electricidad moderna, hasta la guerra comercial y tecnológica entre Thomas Edison, Nikola Tesla y George Westinghouse por imponer la corriente continua o la corriente alterna como estándar eléctrico mundial.