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El fin del mundo: profecías, causas y consecuencias

Ep. 25El fin del mundo (Parte I - Profecías) · 29 oct 2023
Ep. 26El fin del Mundo (Parte II - Causas y consecuencias) · 2 nov 2023

Después de cerrar nuestra lista de las 100 mejores películas, tocaba un tema bastante más serio.

Empezamos este doble episodio dejando clara una cosa: cuando hablamos del fin del mundo, no hablamos del fin del planeta —este seguirá aquí dentro de 40.000 años, con o sin nosotros—, sino del fin de la raza humana tal y como la conocemos. A lo largo de la historia del planeta ha habido cinco grandes extinciones masivas, cada una acabando con más del 90% de las especies que existían en ese momento; la pregunta que nos hacemos en este capítulo es, sencillamente, si la próxima nos toca a nosotros. Un dato que nos dejó a cuadros investigando: el Reloj del Apocalipsis, que publica desde hace décadas el Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago, marcó en su última actualización 90 segundos para la medianoche —el punto más cerca del fin que ha marcado nunca.

La primera gran profecía moderna es la maya: el 21 de diciembre de 2012 se acababa el mundo, según su calendario. Lo que mucha gente no tuvo en cuenta es que nuestro calendario gregoriano acumula un desajuste de casi 3.000 días respecto al maya, así que, siendo estrictos, la fecha real habría sido el 21 de junio de 2020 —tampoco pasó nada—. Todo ese hype disparó tanto la cultura de la supervivencia (los survivals, con sus contenedores de comida y medicinas) como el cine: de ahí sale 2012 (2009), la película con la que Roland Emmerich convirtió la profecía maya en un catálogo entero de catástrofes geológicas. Curiosamente, el miedo apocalíptico también se disparó unos años antes con el efecto 2000 o Y2K, el temor a que los ordenadores no supieran gestionar el cambio de milenio.

Las profecías del fin del mundo son mucho más antiguas que los mayas: los vikingos tenían el Ragnarök, la batalla final entre dioses, gigantes y monstruos que la saga de Thor lleva al cine convertida en espectáculo; la mitología sumeria y la Biblia comparten el diluvio universal; y ya en la Edad Media, el monje Joaquín de Fiore llegó a poner fecha exacta al Apocalipsis (1260). En el siglo XIX, el predicador estadounidense William Miller convenció a cientos de personas de que Jesús volvería en 1844 —hubo gente que vendió todas sus posesiones y se sentó a esperar la medianoche—, y algo parecido, con predicciones fallidas repetidas cada pocos años, hicieron después los Testigos de Jehová. Nos mueve el miedo, y el miedo a desaparecer nos hace seguir a quien nos prometa una explicación, aunque sea equivocada una y otra vez.

Nostradamus escribió cientos de cuartetas tan ambiguas que, mirando hacia atrás, siempre se puede encontrar alguna que «encaje» con un evento real —el mismo mecanismo, en el fondo, por el que Los Simpson «aciertan» tantas profecías después de treinta años en antena—. Más curiosa nos pareció la profecía de los papas de San Malaquías, un arzobispo del siglo XII que dejó una lista de 112 papas futuros con un apodo para cada uno; el papa actual, según esa lista, sería el número 112, «Gloria olivae», el último de todos. Y para el apocalipsis bíblico por excelencia están los cuatro jinetes: conquista (blanco), guerra (rojo), hambruna (negro) y muerte por enfermedad (pálido) —y no hace falta irse muy lejos para encontrar los cuatro representados a la vez en algún conflicto actual.

Fuera ya del terreno religioso están las profecías que apelan a objetos que vienen de fuera: Nibiru o el Planeta X, un supuesto décimo planeta con una órbita anómala que nunca se ha podido demostrar (aunque sí existen planetas enanos reales como Eris, del tamaño de Plutón), y el miedo genérico a cometas, asteroides y cuerpos extrasolares que ni siquiera hemos detectado todavía. Y está la profecía de los Illuminati, que sí tiene una base histórica real —existieron en el siglo XVIII como una sociedad que pretendía mejorar la humanidad a través del conocimiento y chocó de frente con el poder de la Iglesia—; Ángeles y demonios (2009) recoge esa leyenda negra y la mezcla con física real del CERN: un grupo roba una cápsula de antimateria capaz de generar una explosión muchísimo más potente que una bomba nuclear si pierde el contenimiento magnético que la mantiene separada de la materia normal.

También hay profecías con los pies mucho más puestos en la geología: la falla de San Andrés, que ha generado históricamente muchísima actividad sísmica en California, protagoniza San Andreas (2015), sobre el miedo a un macroterremoto —el llamado «Big One»— capaz de encadenar movimientos en todo el cinturón de fuego del Pacífico. Y está la profecía de la inversión de los polos magnéticos: el núcleo de hierro líquido de la Tierra, al girar, genera el campo magnético que nos protege de la radiación solar, y ese campo se invierte cada varios cientos de miles de años —la última vez, hace unos 780.000 años—. Nadie sabe con certeza qué pasaría si ese cambio fuera repentino en vez de gradual, pero la posibilidad está ahí.

Cerramos la primera parte con la única profecía que, para nosotros, tiene los pies puestos de verdad en la ciencia de hoy: la singularidad tecnológica, el momento en el que una inteligencia artificial sea capaz de superar a un ser humano medio y, sobre todo, de crear otra inteligencia todavía superior a sí misma. Lo que más nos preocupa no es tanto que pase, sino la velocidad: la tecnología crece de forma exponencial y nosotros evolucionamos muy despacio, así que el problema no es la propia inteligencia artificial, sino que no seamos capaces de enseñarle nuestros valores y nuestros límites antes de que sea demasiado tarde para imponérselos. Con esto cerramos la primera parte —las profecías—, y dejamos para el siguiente capítulo lo que de verdad nos interesa como podcast de ciencia ficción: las causas con base científica real, y todas las películas que las han imaginado.

Empezamos la segunda parte separando las causas del fin del mundo en tres grandes grupos: las que provoca la propia especie humana, las que vienen de la propia Tierra o de nuestro sistema solar, y las que vendrían de fuera. La primera causa humana es la catástrofe demográfica que ya planteó Thomas Malthus en el siglo XIX: en 1977, cuando nacimos, éramos 2.000 millones de personas; ahora somos 8.000 millones, y las proyecciones hablan de 9.000 millones para 2050. Hay estudios que sitúan el límite de población que el planeta puede sostener en unos 10.000 u 11.000 millones —somos, al final, un sistema semicerrado—, y cuando un ecosistema se desborda, tiende a autorregularse con una pandemia o, como plantea Hijos de los hombres, con un colapso directo de la fertilidad. La serie danesa The Rain lleva esa misma idea del cambio climático a un virus transmitido por la lluvia que diezma a la humanidad.

La segunda causa humana es, sencillamente, un mal gobierno. El cuento de la criada mezcla las dos cosas que hemos comentado: una crisis de fertilidad provocada por la contaminación y un régimen —el de Gilead— que aprovecha esa crisis para arrebatarle los derechos a las mujeres y convertir a las pocas que siguen siendo fértiles en criadas reproductoras de la clase dirigente. Y en su versión más extrema está 1984, de George Orwell: un Gran Hermano que no te mata, pero te controla la vida entera hasta dejarte completamente sumiso —para nosotros, siempre mejor el libro que la película.

La primera causa que no depende de nosotros es el impacto de un meteorito: a los dinosaurios les tocó hace 65 millones de años, cuando un objeto de los llamados «destructores masivos» levantó una nube de polvo que bloqueó la luz solar durante años y colapsó toda la cadena trófica del planeta —de ahí, por cierto, venimos los mamíferos, una simple rata que supo aprovechar el hueco que dejaron—. Nos preocupa tanto que la NASA lanzó la misión DART, que consiguió desviar la trayectoria de un asteroide real disparándole un contenedor del tamaño de una nevera —la versión seria y con fundamento científico de lo que Armageddon (1998) resuelve con dos naves, una bomba nuclear y bastante mala suerte—. Impacto profundo (1998) apuesta por un registro mucho más íntimo —la escena de la ola de cien metros engullendo la playa mientras una familia se abraza es de las mejores del género—, y No mires arriba (2021) usa la amenaza de un cometa real como excusa para hablar de otra cosa completamente distinta: la desinformación, la manipulación mediática y lo poco que le importaría a los poderosos escapar del planeta mientras el resto de la humanidad se queda esperando el impacto.

La segunda causa natural es la propia muerte del Sol: dentro de unos 5.000 millones de años, cuando se le acabe el hidrógeno, se convertirá en una gigante roja que engullirá los tres primeros planetas del sistema solar —incluida la Tierra— antes de encogerse hasta ser una enana blanca. Sunshine (2007) parte de esa misma premisa —un Sol que se apaga mucho antes de lo esperado— para mandar a un grupo de astronautas a reactivarlo con cargas atómicas; la ciencia flojea bastante en el cómo, pero el fondo —que sin el Sol no hay vida posible en la Tierra— es completamente real.

El cambio climático es la tercera causa natural, aunque aquí sí que reconocemos que la estamos acelerando nosotros: de las cinco grandes extinciones del pasado, cuatro tienen un cambio climático de fondo. El día de mañana (2004) imagina, con la habitual exageración de Roland Emmerich, que el propio calentamiento global podría alterar las corrientes oceánicas que reparten el calor por el planeta y desencadenar una nueva glaciación —contradictorio, pero con una base científica real de fondo—. El libro de Eli (2010) y, sobre todo, Interestelar —con ese germen resistente al nitrógeno que acaba con los cultivos de todo el planeta— imaginan las consecuencias de un planeta que ya no puede alimentarnos. Waterworld (1995), en cambio, se pasa de frenada: por mucho que se derritieran todos los casquetes polares, seguirían quedando zonas de tierra muy por encima del nivel del mar que alcanza la película —por algo no entró en nuestra lista de las 100 mejores.

Las pandemias son, por razones evidentes, el tema que más cerca hemos vivido de todos los de este capítulo: no nos preocupa tanto un virus como el COVID-19, sino las superbacterias resistentes a todos los antibióticos que ya están apareciendo, o una mutación agresiva de algún virus u hongo que hoy nos parece inofensivo. Contagio (2011) retrata con mucho rigor la rápida propagación mundial de un virus mortal en un mundo globalizado; Guerra Mundial Z lleva esa misma idea al terreno zombi; Apocalipsis, de Stephen King, arranca con un patógeno que mata al 99% de la población mundial; y Metro 2033, la novela rusa que nos leímos especialmente para este capítulo, imagina a los supervivientes de una guerra nuclear refugiados en el metro de Moscú tras quedar la superficie irradiada —el mismo tipo de refugio subterráneo que retrata la serie Silo, basada en la trilogía de Hugh Howey.

La guerra nuclear merece un párrafo aparte porque, a diferencia de las anteriores, no solo acabaría con nosotros: la lluvia ácida, la radiación y las mutaciones destrozarían el ecosistema entero, no solo a la especie humana. Y cerramos las causas con dos que consideramos menos probables pero que no podíamos dejar fuera: una rebelión de las inteligencias artificiales —de la que no vamos a hablar más aquí, porque ya le dedicaremos un capítulo entero— y una invasión alienígena como la de La guerra de los mundos, la menos probable de todas las causas que hemos repasado, pero que sigue siendo la más clásica de la ciencia ficción.

Y para terminar, las consecuencias. En la versión ideal, la humanidad reacciona con una buena respuesta humanitaria, refugios bien planificados, resiliencia y colaboración internacional —ojalá—. La versión realista, la que de verdad nos tememos, empieza con pánico, sigue con egoísmo y violencia, deriva en desconfianza y división, y termina con falta de liderazgo, corrupción, resistencia al cambio y ninguna planificación a largo plazo. Solo hay dos formas de afrontar un fin del mundo real: colaborar todos a una, o mirar solo por uno mismo —y solo la primera tiene alguna posibilidad de funcionar.

Cerramos este doble episodio con nuestras preguntas de siempre, esta vez con menos tiempo por delante: si te quedan 24 horas, ya no hay margen para planificar nada —solo para estar con la gente que quieres—; si te queda una semana, el margen ya da para una buena fiesta; y si te queda un mes, ahí sí que empieza a merecer la pena organizarse. El próximo capítulo nos lleva a otra de las consecuencias que nos hemos dejado pendiente a propósito, porque da para un episodio entero: la escasez de recursos.

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