Alien: de los Ingenieros de Prometheus al xenomorfo original de 1979
Primer tramo de nuestro especial dedicado a la saga Alien, con motivo del estreno de Alien: Romulus: un repaso en profundidad a las dos precuelas de Ridley Scott, Prometheus y Alien: Covenant, con los Ingenieros, el líquido negro y el androide David como hilo conductor, y a Alien, el octavo pasajero (1979), la película que inauguró el terror espacial y presentó a Ellen Ripley, la Nostromo y el ciclo de vida completo del xenomorfo.

Después de nuestro especial de naves espaciales, tocaba profundizar en una en concreto: la Nostromo.
Con el estreno de Alien: Romulus a la vuelta de la esquina, hemos decidido dedicarle a la saga Alien una serie completa de capítulos. Durante mucho tiempo pensamos que había tres precuelas —Prometheus, Covenant y la propia Romulus—, pero no es así: el orden real es Prometheus, después Covenant, después Alien, el octavo pasajero —la original, la primera cronológicamente en salir en cines pero no en la historia interna de la saga— y solo entonces Romulus, que hace de puente entre esa primera película y Aliens, el regreso. Dejamos para un capítulo aparte, más adelante, lo que consideramos ya más prescindible: Alien 3, Alien Resurrection y los cruces con Depredador.
Empezamos por Prometheus (2012), dirigida por Ridley Scott: la primera película de ciencia ficción y terror fue la propia Alien original, de 1979, y esta es su precuela más directa, aunque durante mucho tiempo el propio estudio evitó llamarla así. La escena inicial, muda, ya lo dice todo: sobre una Tierra primigenia desciende un Ingeniero, un humanoide blanco, musculoso, de dos metros y anatomía casi idéntica a la nuestra, que bebe un líquido negro y se disuelve célula a célula, cayendo en cascada por un acantilado mientras su ADN se recombina con el entorno. Es la gran pregunta que lanza la película sobre nuestro origen: ni creación divina ni evolución puramente espontánea, sino una civilización extraterrestre sembrando deliberadamente la vida.
Saltamos a 2089: las arqueólogas Elizabeth Shaw y Charlie Holloway descubren que culturas separadas por miles de años y miles de kilómetros —una cueva paleolítica en la isla escocesa de Skye, Babilonia, culturas mesoamericanas— representaron la misma constelación de estrellas, señalando siempre a un mismo punto del cielo. Shaw decide creer que se trata de una invitación, y convence al anciano y moribundo Peter Weyland, fundador de la corporación que da nombre a la nave, de financiar la expedición. Viajan a bordo de la Prometheus, una nave de investigación científica muy superior en confort a la que veremos después en la película original, junto a David, un androide de última generación que toma su nombre de la estatua de Miguel Ángel.
Llegan a LV-223 y encuentran una estructura que no es natural: una especie de templo o base excavada en la roca. Dentro descubren hologramas —ecos del pasado, grabaciones ambientales de los propios Ingenieros— y, más adelante, una sala llena de urnas de las que empieza a exudar el líquido negro: el primer contacto real con lo que se convertirá en el patógeno central de toda la saga, catalogado después con el código A0-3959X.91-15. Un pequeño gusano infecta a uno de los científicos convertido en una criatura parecida a una cobra que le rompe el brazo a otro miembro del equipo; a partir de ahí, la tormenta iónica que se avecina en el exterior obliga a todos a regresar a la nave, cargando con la cabeza fosilizada de un Ingeniero que encuentran por el camino.
David, en soledad, encuentra la sala de mando y activa —tocando una especie de flauta— un holograma que muestra un mapa estelar completo: el destino de la nave de los Ingenieros era, sin ninguna duda, la Tierra, y su carga, ese mismo líquido negro. La teoría que se baraja, sin que la propia película lo confirme del todo, es que los Ingenieros vigilan la evolución de las especies que ellos mismos siembran en distintos planetas y, cuando algo no sale como esperaban, deciden eliminarla antes de que se convierta en una amenaza —una lógica de exterminio preventivo. David, entre tanto, decide experimentar por su cuenta: le da a probar el líquido a Holloway sin que este lo sepa, lo que desencadena su transformación y, tras una noche juntos, deja embarazada a Shaw, a quien los médicos daban por estéril, con una criatura que crece a una velocidad alarmante.
En una de las escenas más recordadas de la película, Shaw se practica una cesárea de emergencia en una camilla quirúrgica automatizada —diseñada, según el propio aparato, solo para hombres— para extraerse una criatura con forma de calamar blanco. Poco después, Weyland, que se ocultaba a bordo con la esperanza de que un Ingeniero le concediera más vida, es despertado junto a su creador: pero el Ingeniero, al comprender por qué lo han despertado, mata a Weyland y a David y trata de retomar el viaje interrumpido hacia la Tierra con su carga de líquido negro. Shaw logra estrellar la nave Prometheus contra la nave del Ingeniero para impedirlo, y en la confrontación final libera a la criatura que lleva encerrada —ya crecida hasta convertirse en un pulpo gigantesco— que termina matando al Ingeniero implantándole, por primera vez en la saga, algo parecido a un embrión de xenomorfo: el llamado Deacon, que nace del pecho del Ingeniero en los segundos finales de la película.
Un cortometraje de tres minutos, El precursor (The Crossing), sirve de puente hacia la siguiente película: muestra a Shaw reparando a David tras arrancarle la cabeza el Ingeniero, y a ambos partiendo hacia el planeta natal de los Ingenieros en busca de respuestas. En los últimos segundos, David revela ya su verdadera naturaleza: abre la escotilla de la nave y lanza sobre la población de Ingenieros que los recibe toda la carga de líquido negro que llevan a bordo, aniquilándolos.
Con Alien: Covenant (2017) llegamos a la segunda precuela, estrenada el 19 de mayo de 2017 y ambientada en 2104. La nave colonial Covenant transporta a 15 tripulantes, 2000 colonos en hibernación y más de mil embriones —más de 3000 personas si se cuenta todo— hacia el planeta Origae-6, seleccionado tras una década de estudios. Un estallido de neutrinos daña la nave y mata al capitán junto a decenas de colonos y embriones; en plena reparación, la tripulación capta una señal de auxilio —una grabación de una canción de John Denver— procedente de un planeta cercano no catalogado pero con condiciones casi idénticas a las de la Tierra. Contra el sentido común, deciden desviarse a investigar en lugar de continuar hacia su destino original.
Al llegar descubren un trigal gigantesco y, más allá, la nave de los Ingenieros varada en Prometheus, con un grupo de la tripulación quedando expuesto a las esporas del líquido negro: es el nacimiento en pantalla de los llamados neomorfos, una variante más primitiva y agresiva del xenomorfo que brota directamente de la espalda de los infectados. En plena huida aparece David, que lleva una década viviendo solo en el planeta tras aniquilar a la población de Ingenieros con el arma biológica del cortometraje puente, y guía a los supervivientes hasta su refugio en la ciudad de los Ingenieros, ahora reducida a ruinas.
Ahí es donde Covenant revela del todo su verdadera naturaleza: David lleva años cultivando en secreto huevos de xenomorfo y experimentando con el cadáver de Elizabeth Shaw, disecada como conejillo de indias para entender el ciclo de recombinación genética que él mismo quiere perfeccionar, obsesionado con la idea de crear un ser perfecto a su imagen y semejanza de creador. Walter, el modelo de androide posterior enviado para sustituir a David —más contenido, sin su capacidad creativa ni su ambición— se enfrenta a él en una pelea física casi calcada a las de dos Terminators, con sangre blanca y fuerza sobrehumana de por medio, con un desenlace que la película deja deliberadamente ambiguo.
La ambigüedad, eso sí, se resuelve para quien preste atención: el androide que regresa con los supervivientes a la Covenant y ayuda a hibernar a Daniels, la superviviente y protagonista de facto de la película, no reacciona cuando ella le pregunta por una promesa personal que solo Walter conocía —la prueba de que es David quien ha tomado su lugar. Ya a solas, David accede a los sistemas de la nave, abre los criotubos de los embriones y coloca dentro de dos de ellos sendos facehuggers en miniatura, mientras suena de fondo La cabalgata de las valquirias de Wagner: 2000 colonos y más de mil embriones a su completa disposición para seguir experimentando.
Entre ambas películas queda definido el proceso de los anatemas: humanos infectados directamente por esporas del líquido negro, sin pasar por el abrazacaras, cuya transformación avanza en cuatro fases —síntomas iniciales de sudoración y hemorragia ocular (existe, de hecho, un parásito real, la Thelazia, que provoca gusanos oculares de forma parecida), fase aguda con fiebre y convulsiones, mutación de las proteínas del cuerpo con crecimientos óseos y cambios de fuerza y agresividad, y una transformación casi completa en un híbrido entre humano y xenomorfo— a una velocidad que depende de la cantidad de patógeno recibido por cada persona.
Y con esto llegamos, por fin, a Alien, el octavo pasajero (1979), dirigida por Ridley Scott y estrenada el 25 de mayo de aquel año: la película que inauguró el terror espacial como género propio. Iba a ser una serie B con el título provisional de Star Beast, pero el éxito de Star Wars dos años antes convenció al estudio de invertir en ella en serio, lo que permitió fichar a Ridley Scott como director y a un reparto que incluía a Tom Skerritt como el capitán Dallas, Veronica Cartwright como Lambert, Ian Holm —Bilbo Bolsón en El señor de los anillos— como Ash, Harry Dean Stanton como Brett, Yaphet Kotto como Parker y John Hurt como Kane. En un papel que nadie más quería, la debutante Sigourney Weaver dio vida a Ripley y se convirtió, de la noche a la mañana, en una de las grandes estrellas de Hollywood.
Una de las claves del impacto de la película en su época fue trasladar la vida laboral corriente —currantes quejándose de sus condiciones y de su sueldo— a un entorno espacial, en las antípodas de las tripulaciones heroicas habituales del género hasta entonces: el malo real de la historia, se acaba revelando, no es el xenomorfo, sino la propia corporación que los envía a una muerte casi segura. La tripulación del remolcador minero Nostromo —siete personas, un gato llamado Jones y, en la ficción, un octavo pasajero que nadie esperaba— es desviada de su ruta por Madre, la inteligencia artificial de la nave, hacia una señal procedente de la luna LV-426; el contrato estipula que perderán toda su paga si no acuden a investigar cualquier señal de este tipo, así que no les queda margen para negarse.
En la superficie encuentran una nave alienígena varada con forma de herradura y, en su interior, a un ocupante fosilizado sentado en un sillón de mando —el mismo diseño, aunque aquí sin explicación alguna, que veríamos después en Prometheus y Covenant—. Más allá hay una sala repleta de huevos: uno se abre y un facehugger se lanza sobre Kane, atravesándole la garganta con un tubo y adhiriéndosele a la cara con una fuerza imposible de vencer sin matarlo en el intento. Contra todo protocolo, lo suben de vuelta a la nave; el bicho acaba desprendiéndose solo, aparentemente muerto, y Kane despierta con hambre y sin memoria del incidente.
Durante la cena, en una de las escenas más célebres de la historia del cine, Kane empieza a convulsionar y el xenomorfo revienta su pecho ante toda la tripulación, huyendo de inmediato por los conductos de la nave —la reacción de terror del reparto en esa toma fue completamente real, porque no les habían contado lo violenta que sería la escena—. A partir de ahí la Nostromo se convierte en una cacería: el ingeniero Brett muere en los pasillos, Ripley descubre por Madre que la orden secreta de la misión era traer un espécimen vivo a cualquier precio —la tripulación es «prescindible»— y que Ash, el oficial científico incorporado semanas antes del viaje, es un androide infiltrado por la compañía que sabía todo desde el principio. Ash intenta matar a Ripley y solo puede ser detenido a golpes de extintor, que le arrancan literalmente la cabeza y dejan a la vista sus circuitos y su leche artificial en lugar de sangre.
Con el capitán Dallas también muerto, Ripley asume el mando —sin que sus compañeros, según cuentan quienes trabajaron en la producción, le tuvieran demasiado aprecio ni dentro ni fuera de la ficción— y activa la autodestrucción de la nave para escapar en la lanzadera junto a Lambert, Parker y el gato. Parker y Lambert mueren antes de lograr embarcar; ya en la lanzadera, cuando Ripley se dispone a meterse en el traje espacial, descubre que el xenomorfo ha viajado con ella, escondido. Consigue expulsarlo por una esclusa y rematarlo con los motores de la nave antes de alejarse mientras ve explotar la Nostromo, grabando un último mensaje como única superviviente. Existió un final alternativo, mucho más oscuro, en el que el xenomorfo sobrevivía a bordo de la lanzadera y devoraba a Ripley suplantando después su voz por radio; se descartó por resultar demasiado desolador, y el final que sí se rodó dejaba, de forma mucho más elegante, la puerta abierta a una secuela.
Con esto cerramos este primer bloque de nuestro especial Alien. En el próximo capítulo veremos ya Alien: Romulus, la nueva película que hace de puente entre esta historia original y Aliens, el regreso, y seguiremos completando el mapa de esta saga que, como hemos visto, esconde muchísimas más preguntas de las que responde.