Concepto

El Gran Apagón: de la tormenta de Carrington al 28 de abril de 2025

El precedente histórico de todo apagón a gran escala es el evento Carrington: el 1 de septiembre de 1859 el astrónomo británico Richard Carrington observó un destello de luz blanca sobre unas manchas solares y, apenas 17 horas después, una eyección de masa coronal golpeó la Tierra provocando la tormenta geomagnética más intensa jamás registrada, con auroras visibles en Cuba o Hawái y líneas telegráficas que ardieron o funcionaron solas por la energía inducida; en 1859 la tecnología era tan limitada que apenas hubo daños serios, pero un evento equivalente hoy freiría satélites, redes de comunicación y buena parte de la electrónica moderna. La cronología de lo que ocurriría en un apagón prolongado es siempre parecida: en las primeras horas caen los semáforos, las redes móviles se saturan intentando reconectar y agotan sus baterías, y los cajeros dejan de funcionar; entre las 6 y las 12 horas se pierde el agua corriente en los edificios altos por la falta de bombeo eléctrico y las cadenas de frío empiezan a fallar; a las 24 horas los grupos electrógenos de los hospitales, pensados para durar unas pocas horas, empiezan a agotarse y las plantas de potabilización dejan de cumplir estándares; a los pocos días aparecen las primeras enfermedades hídricas y la salud mental empieza a resentirse; a las semanas escasean los alimentos, los antibióticos y la insulina; y a partir del mes se dispararía el trueque, el comercio internacional (que depende por completo de transacciones electrónicas) colapsaría y comenzaría una migración desde las grandes ciudades hacia los pueblos, más fáciles de abastecer. La luz volvió a fallar de verdad el 28 de abril de 2025: sobre las 12:33 la Península Ibérica al completo, junto con Portugal y puntos de Francia, se quedó sin electricidad durante varias horas, con el metro parado a media vía, ascensores con gente atrapada, quirófanos a oscuras y supermercados que solo aceptaban efectivo; las causas técnicas seguían bajo investigación semanas después, pero el motivo más señalado fue un desequilibrio entre generación y demanda que hizo fluctuar la frecuencia de la red eléctrica (que debe mantenerse muy cerca de 50 Hz) hasta forzar la desconexión automática de seguridad de los sistemas, en un momento en el que más del 60% de la generación provenía de fuentes renovables no gestionables, con menos centrales térmicas y nucleares aportando la inercia que tradicionalmente estabiliza la red. En los días posteriores circularon todo tipo de teorías conspirativas —un ciberataque ruso o norcoreano, una operación de bandera falsa, las antenas 5G, el «Gran Reinicio» para imponer una divisa digital, un arma electromagnética de Starlink, el CERN, un hackeo cuántico secreto o directamente una invasión extraterrestre— que, más allá de reflejar la ansiedad de una sociedad hiperconectada e incapaz de tolerar un solo día desconectada, no han sido respaldadas por ninguna evidencia. La respuesta razonable, más allá del ridículo del «prepper», es una mochila de emergencia para 72 horas —el límite que marca la Unión Europea y que corresponde a los dos picos de mortalidad tras un desastre, a los tres días y a las dos semanas—: no debería pesar más del 15-20% del propio peso corporal e incluye fuego (mechero, yesquero, pastillas de encendido), agua y pastillas potabilizadoras (un litro de agua pesa un kilo, así que hay que dosificar), ropa impermeable y ligera, un botiquín con analgésicos y antibióticos aunque estén caducados, alimentos energéticos que ocupen poco (barritas, latas), una navaja multiusos, una radio a pilas o de manivela —el único medio de información que no cayó el 28 de abril—, una copia de la documentación, una manta térmica y una cuerda capaz de aguantar más de 120 kilos. Sin agua corriente ni electricidad, conviene saber conservar comida por salazón, ahumado o deshidratación, fabricar suero fisiológico casero (agua hervida con sal) o desinfectar heridas con miel o ajo triturado a falta de antiséptico, filtrar agua con capas de piedra, arena, carbón y arcilla, e improvisar higiene con «baño seco» (ceniza o serrín) o pasta de dientes casera de bicarbonato y aceite de coco. Es, en el fondo, la misma lección que dejaba el episodio sobre supervivencia zombi de los primeros capítulos del podcast: la preparación no es paranoia, es la diferencia entre depender de que la luz vuelva o poder aguantar mientras tanto.

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