El Gran Apagón: la ciencia ficción que ya lo había avisado y la mochila para sobrevivirlo
El apagón real del 28 de abril de 2025 nos pilló a nosotros también a oscuras. Repasamos el evento Carrington, la cronología de un colapso eléctrico, las teorías conspirativas que circularon, la ciencia ficción que ya lo imaginó y la mochila de 72 horas que deberíamos tener todos junto a la puerta.

Después de poneros al día con la inteligencia artificial, la realidad se adelantó a cualquier guion que hubiésemos podido preparar.
Grabamos este doble episodio a los pocos días de vivir, en primera persona, lo que hasta entonces solo habíamos imaginado en el podcast: el 28 de abril de 2025, a las 12:33 del mediodía, se fue la luz en toda la Península Ibérica. Así que en vez de partir de la ficción para llegar a la realidad, esta vez hicimos el camino inverso: os contamos qué pasó, qué podría haber pasado si hubiese durado más, y qué obras de ciencia ficción ya lo habían anticipado.
El precedente de cualquier apagón a gran escala es el evento Carrington. El 1 de septiembre de 1859 el astrónomo británico Richard Carrington observaba manchas solares cuando vio un destello de luz blanca sobre la superficie del Sol: la primera erupción solar registrada por la ciencia. Apenas 17 horas después, la eyección de masa coronal alcanzó la Tierra y provocó la tormenta geomagnética más potente jamás medida, con auroras boreales vistas en Cuba, Hawái o Colombia y líneas telegráficas que ardieron o siguieron funcionando solas, alimentadas por la propia tormenta.
En 1859 la tecnología era tan limitada que el daño real fue mínimo. Si un evento como aquel ocurriera hoy, freiría satélites, redes de comunicación y buena parte de la electrónica de la que dependemos, y solo tendríamos entre 12 y 17 horas de margen entre ver el fogonazo en el Sol y que la tormenta nos golpeara.
Nuestra propia experiencia del 28 de abril fue mucho más modesta que un evento Carrington, pero sirvió como recordatorio en pequeño de lo mismo: se fueron las luces, saltaron los primeros «se habrán ido los plomos», y en cuestión de minutos empezamos a notar que no era algo local. Los semáforos dejaron de funcionar y provocaron atascos, los cajeros automáticos se quedaron mudos, y quien no llevaba algo de efectivo encima descubrió que el dinero digital, sin electricidad, deja de existir.
Con las horas fuimos comprobando, en tiempo real, la cronología que cualquier apagón prolongado seguiría. Entre las 6 y las 12 horas los edificios más altos se quedan sin agua corriente porque las bombas que la suben dependen de electricidad; las cadenas de frío empiezan a fallar y lo que hay en el congelador empieza a perderse. A las 24 horas los grupos electrógenos de hospitales, pensados para durar solo unas horas, empiezan a agotarse justo cuando más se necesitan: en una UCI, una persona conectada a un respirador puede morir en segundos si falla la energía, y lo mismo les ocurre a los bebés prematuros en las incubadoras o a quienes dependen de un concentrador de oxígeno domiciliario.
A los pocos días de un apagón así aparecerían las primeras enfermedades transmitidas por el agua, porque la potabilización también es un proceso eléctrico. A las semanas empezaría a escasear la insulina y los antibióticos que necesitan mantenerse refrigerados, y a partir del mes el comercio internacional, que depende por completo de transacciones electrónicas, se colapsaría casi por completo, dando paso al trueque. Y como decíamos en el episodio, cuando se va la luz, todos —ricos y pobres— nos quedamos igual de incomunicados con nuestro propio dinero.
Uno de los datos que más nos golpeó al prepararlo fue algo tan simple como psicológico: la ansiedad de estar desconectados. Hace apenas unos años, pasar dos o tres días sin luz no era motivo de alarma. Hoy, con la hiperconexión permanente, la sola idea de no saber qué está pasando en el resto del país genera un desasosiego que no existía antes, y que en nuestro propio apagón se notó en las tiendas: la gente compró velas, pilas y agua como si viniera un huracán.
Sobre las causas reales del apagón del 28 de abril, seguían bajo investigación semanas después, pero el escenario más señalado apunta a un desequilibrio entre generación y demanda que hizo fluctuar la frecuencia de la red eléctrica —que debe mantenerse muy cerca de 50 Hz— hasta forzar una desconexión automática de seguridad. Aquel día más del 60% de la generación provenía de fuentes renovables no gestionables, con menos centrales térmicas y nucleares aportando la inercia que tradicionalmente estabiliza la red frente a este tipo de picos.
Como era de esperar, en los días siguientes circularon teorías para todos los gustos: un ciberataque ruso o norcoreano, una operación de bandera falsa, las antenas 5G sobrecargando transformadores, el «Gran Reinicio» para imponer una divisa digital global, un arma electromagnética de la red de satélites Starlink, el colisionador del CERN, un hackeo cuántico secreto capaz de romper los cifrados actuales o, directamente, una invasión extraterrestre. Ninguna de ellas cuenta con evidencia real, pero todas dicen mucho de lo poco que toleramos no tener una explicación inmediata.
Y entonces llega la parte que más nos gusta: la ficción que ya había imaginado todo esto. Empezamos por un libro que nos encontramos buscando referencias, «El Apagón», de Esteban Navarro, ambientado en un pueblo aragonés donde la electricidad deja de funcionar sin explicación en un radio de 32 kilómetros. El gobierno envía agentes del CNI a investigar un asesinato, una violación y un suicidio aparentemente ligados al apagón, mientras espías rusos y estadounidenses merodean por un pueblo que todavía arrastra las heridas de la Guerra Civil. Es una novela negra, no ciencia dura, pero comparte con nosotros la obsesión por preguntarse qué saca a la luz un pueblo cuando se queda a oscuras.
Con un título casi calcado nos encontramos también la película «El Apagón», conocida internacionalmente como Radioflash: un ataque nuclear provoca un pulso electromagnético que mata a más de 200 millones de personas y deja sin energía, agua ni comunicaciones a todo el oeste de Estados Unidos. Reese, una adolescente experta en juegos de supervivencia, y su padre emprenden un viaje desesperado buscando refugio en un país sumido en el caos.
El propio pulso electromagnético como arma aparece también, mucho antes, en «La jungla de cristal 4.0»: un grupo de ciberterroristas ejecuta lo que en la película llaman un «fire sale», un ataque coordinado que tumba a la vez las comunicaciones, el suministro eléctrico, el tráfico aéreo y los sistemas financieros de Estados Unidos. No es ciencia ficción propiamente dicha, pero fue la película que popularizó para el gran público la idea de un «ciberapagón total», con Bruce Willis de por medio, como no podía ser de otra manera.
«Zero Day», la miniserie de seis capítulos protagonizada por Robert De Niro, plantea algo muy parecido a lo que muchos pensamos el 28 de abril: un ciberataque masivo que colapsa infraestructuras críticas y deja a un país a oscuras, mientras un mensaje ominoso —«esto volverá a ocurrir»— llega a todos los teléfonos y las teorías políticas se disparan. De Niro interpreta a un expresidente que encabeza la investigación mientras lucha con sus propios fantasmas, y la serie funciona sobre todo como retrato de cómo se comporta el poder cuando algo así ocurre.
Entre las series que llevan la premisa más lejos en el tiempo está «Revolution»: quince años después de un apagón eléctrico global y permanente, la humanidad ha regresado a una existencia preindustrial de corte casi feudal, y un grupo de supervivientes busca la causa original del apagón con la esperanza de poder revertirlo. Nos gustan especialmente las series que, como esta, no resuelven el apagón en un par de días, porque es entonces cuando de verdad hay que preguntarse cómo se reorganizaría una sociedad entera.
Muy en la misma línea está «Jericho»: los vecinos de un pequeño pueblo de Kansas ven un hongo nuclear en el horizonte y se quedan completamente a oscuras tras un ataque que arrasa 23 grandes ciudades estadounidenses, sin electricidad ni forma de saber qué ha pasado en el resto del país. Es el mismo argumento de fondo que compartimos nosotros el 28 de abril a pequeña escala: cuando no sabes qué ha pasado más allá de tu ciudad, el miedo crece solo.
La coincidencia más llamativa de todas es «Apagón», la antología de Movistar Plus+ estrenada en 2022, tres años antes de nuestro propio apagón real. Cinco episodios, cada uno dirigido por un cineasta distinto, arrancan con una tormenta solar que deja a España sin electricidad y siguen a personajes distintos —desde un hospital hasta una gran ciudad— enfrentándose a un mundo sin luz. Está basada en un podcast de ficción sonora, «El Gran Apagón», que en su día imaginó una tormenta solar el 11 de abril de 2018 y que se convirtió, sin buscarlo, en la ficción más citada tras el apagón real: la recomendamos, sobre todo los primeros capítulos, que cuentan con mucho oficio cómo se viviría un apagón nacional día a día.
También encaja aquí «Blackout», el docudrama británico de 2013 rodado como si fuera un reportaje de noticias: un ciberataque deja al Reino Unido sin electricidad durante una semana entera, y el resultado es de los relatos más creíbles que hemos visto sobre cómo se agotan, uno a uno, el agua, el combustible y la atención hospitalaria.
«Into the Forest» cambia la escala del desastre por la escala íntima: Nell y Eva, dos hermanas que viven con su padre en una casa aislada a 40 kilómetros del pueblo más cercano, ven interrumpida su vida por un apagón continental que nunca llega a solucionarse. Es de las películas que mejor retratan lo que decíamos del reajuste hacia comunidades pequeñas y autosuficientes: aquí no hay gobierno que vuelva a encender la luz, solo dos hermanas aprendiendo a sobrevivir solas.
Y en «Dejar el mundo atrás» son unas vacaciones familiares las que se tuercen cuando dos desconocidos llaman a la puerta en plena noche huyendo de un ciberataque que va apagando, poco a poco, las comunicaciones, el transporte y la electricidad de todo el país. Nos gusta especialmente porque, como nos pasó a nosotros, buena parte del terror viene de no saber qué está ocurriendo más allá de las cuatro paredes en las que te encuentras.
No podíamos cerrar este repaso sin volver a un par de películas que ya nos habían acompañado en episodios anteriores. En el capítulo sobre universos paralelos hablamos de «Coherence», donde el paso cercano de un cometa rompe la barrera entre realidades casi idénticas durante una cena de amigos; aquí la volvemos a traer porque comparte con este episodio la misma premisa de fondo, un fenómeno astronómico que corta la luz y desata el caos.
Y en «Transcendence» un investigador de inteligencia artificial, a punto de morir, transfiere su mente a un ordenador y sigue evolucionando en la red hasta volverse casi imparable, hasta el punto de que la única forma que encuentran los humanos de detenerlo es un apagón electromagnético global: una especie de suicidio tecnológico deliberado para frenar algo que ya no pueden controlar. Es una idea que conecta directamente con lo que hablamos en nuestro capítulo de actualización sobre la inteligencia artificial: si de verdad llegase a existir una inteligencia superior a la nuestra, apagar la electricidad del planeta entero no sería una solución real, sería simplemente condenar a morir a millones de personas que dependen de esa misma electricidad.
Con todo esto en la cabeza llegamos a la segunda parte de este episodio doble: ¿cómo nos preparamos para el próximo apagón? Porque la Unión Europea ya lo recomienda desde hace meses, antes incluso de nuestro propio susto: tener en casa una mochila de emergencia para 72 horas.
El motivo de esas 72 horas no es arbitrario: existen dos picos de mortalidad en cualquier catástrofe de este tipo, a los tres días y a las dos semanas. Quien sobrevive a ambos suele tener ya los medios —o la suerte— para aguantar mucho más tiempo. Como norma general, esa mochila no debería pesar más del 15-20% del propio peso corporal, y no es la mochila que usas para ir de viaje: es una mochila que se prepara, se deja cerca de la puerta y no se toca hasta que hace falta.
Lo primero que debería llevar es todo lo necesario para hacer fuego —mechero, yesquero, pastillas de encendido— porque cocinar los alimentos es imprescindible: no podemos asimilar bien las proteínas crudas. Después, agua y pastillas potabilizadoras: un litro de agua pesa un kilo, así que hay que dosificar antes que cargar de más. La ropa debe ser ligera e impermeable, nunca pesada ni absorbente.
El botiquín debería ser generoso, no minúsculo: analgésicos potentes, antisépticos, gasas, pasta de dientes y cepillo —la salud, como dice el refrán, empieza por la boca— y antibióticos, aunque estén caducados, porque «algo harán». Como alimento, lo ideal son cosas muy energéticas que ocupen poco: barritas de cereales, frutos secos, latas fáciles de transportar.
En herramientas, una navaja multiusos, linterna con pilas, una radio a pilas o de manivela —fue, de largo, el aparato más buscado durante nuestro propio apagón, porque fue el único medio que no dejó de funcionar—, una copia de la documentación personal, una manta térmica para el frío y el descanso, y una cuerda que aguante más de 120 kilos, porque si vas a rescatar a alguien, tiene que soportar el peso de los dos.
Sin electricidad ni acceso a hospitales, también hay formas de improvisar los cuidados básicos: se puede fabricar suero fisiológico casero hirviendo agua con sal, desinfectar una herida bien lavada con miel o con ajo triturado a falta de antiséptico, y filtrar agua turbia con capas de piedra, arena, carbón y arcilla para hacerla algo más segura de beber. Para la higiene, existe el llamado «baño seco» con ceniza o serrín, y hasta una pasta de dientes casera con bicarbonato y aceite de coco.
Y para conservar alimentos sin frigorífico, los mismos métodos de siempre siguen funcionando: la salazón, el ahumado, la deshidratación al sol o la fermentación, exactamente igual que se hacía antes de que la electricidad se diera por hecha en cualquier casa.
Nos quedamos con una última idea, la misma que ya apuntamos cuando hablamos de la supervivencia zombi en nuestro doble episodio de los primeros capítulos del podcast: quien lleva años acumulando velas, agua y conocimientos básicos de supervivencia no es un paranoico, es simplemente alguien preparado. Ojalá no volvamos a necesitarlo, pero si algo nos ha enseñado este apagón real es que la ciencia ficción, una vez más, se adelantó a la realidad.
En el próximo capítulo bajamos de los apagones eléctricos a otra clase de oscuridad, la del cielo nocturno: ¿estamos solos en el cosmos?
Se menciona
- AutorEsteban Navarro
- LibroEl Apagón
- PelículaEl Apagón (Radioflash)
- PelículaLa jungla de cristal 4.0
- PelículaBlackout
- PelículaInto the Forest
- PelículaDejar el mundo atrás
- PelículaCoherence
- PelículaTranscendence
- SerieZero Day
- SerieRevolution
- SerieJericho
- SerieApagón
- AudioficciónEl Gran Apagón
- ConceptoEl Gran Apagón: de la tormenta de Carrington al 28 de abril de 2025