Zombis: de dónde vienen, cómo se clasifican y cómo sobrevivir a ellos
Episodio doble —el favorito de Josito— dedicado a los zombis: de dónde viene la palabra y su origen real en el vudú haitiano, los distintos tipos de muerto viviente que ha dado la ficción, la explicación «científica» del virus Solanum de Guerra Mundial Z, y una guía práctica de armas, refugios y transporte sacada casi literalmente de La guía de supervivencia zombi de Max Brooks, que termina con las preguntas más incómodas del podcast hasta la fecha: hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar por sobrevivir.

Cerramos el doblete de superhéroes para meternos con algo bastante más oscuro.
Este es, sin ninguna duda, el episodio que Josito llevaba más tiempo esperando: los zombis. Empezamos con la broma de rigor sobre si «buenos días» tiene sentido cuando se habla de no-muertos —mejor «buenas noches»— y con una advertencia: Cherp se lo curró tanto para este tema que tuvimos que partirlo en dos capítulos, uno para definir qué es un zombi y de dónde viene, y otro entero dedicado a armas, refugios y cómo sobrevivir de verdad a un apocalipsis.
Empezamos por la palabra. «Zombi» viene del África occidental, probablemente del Congo —nzambi, «espíritu de una persona muerta»— o del bantú —zonbi, «muerto que camina»—, y aunque el concepto es ancestral, el término no se popularizó en el resto del mundo hasta 1915, cuando Estados Unidos ocupó Haití. Ahí está también el origen más «real» de todos los que vamos a contar: en el vudú haitiano, zombificar a alguien era un castigo, una especie de cadena perpetua que aplicaba un chamán —con unos polvos que simulaban la muerte y, días después, otros que «resucitaban» a la persona, ya sin voluntad propia, convertida en esclava. Hay compuestos reales, como la burundanga, capaces de anular la voluntad de alguien de una forma no muy distinta. El término llegó a la cultura popular estadounidense gracias a William Seabrook, un escritor que viajó a Haití en 1927 y escribió La isla mágica, con un capítulo, «Los muertos vivientes», sobre esclavos zombificados trabajando en los cañaverales: ahí arranca toda la tradición literaria que llega hasta hoy.
Nos hizo mucha gracia descubrir que esto no se ha quedado solo en la ficción: el Pentágono tiene desde 2011 un documento real, el CONOP 8888, con un plan «serio» para una insurrección zombi, y el CDC —el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos, el mismo que sale una y otra vez en The Walking Dead— publicó en su web una guía oficial de preparación para el apocalipsis zombi, que usa el gancho para enseñar a la gente a prepararse para emergencias reales, un ataque de ébola o de ántrax. Nos parece perfecto que instituciones tan serias se tomen la broma en serio, porque, como dice el «décimo hombre» de Guerra Mundial Z, si los otros nueve están de acuerdo en que algo no puede pasar, alguien tiene la obligación de asumir que sí y prepararse para ello.
A partir de ahí clasificamos los tipos de zombi más conocidos. El zombi de Romero, que viene de La noche de los muertos vivientes, es el original: conserva funciones motoras, sabe subir escaleras, usar herramientas sencillas y le tiene miedo al fuego, casi como los zombis reales del vudú haitiano. El zombi de Brooks, el que fijó Max Brooks en su Guía de supervivencia zombi (2003) y en Guerra Mundial Z (2006), es el que reconocemos hoy en The Walking Dead: lento, sin ningún raciocinio, movido solo por el hambre, y que solo se puede detener destruyendo su cerebro. El zombi corredor, el de la versión cinematográfica de Guerra Mundial Z, conserva todavía masa muscular y no le importa lastimarse corriendo a por ti, lo que lo hace mucho más aterrador —hay hasta un chiste que recordamos de un cómico sobre tener que hacer deporte para no ser el primero al que pillen. Está también el zombi vudú original, el infectado —que no está muerto, solo transformado, como en 28 días después o en el virus T de Resident Evil, con sus perros y mutaciones incluidos—, el come-cerebros, que popularizó la broma de «brains» y que inspiró juegos como Plantas contra Zombis, y el zombi científico, el que resucita por un experimento médico: ahí entra Frankenstein, aunque con una aclaración que nos encanta, el monstruo del título no es la criatura hecha de pedazos de cadáveres, es el propio doctor Victor Frankenstein, y la novela de Mary Shelley está considerada la primera obra de ciencia ficción de la historia.
La parte que más nos gusta de todo el episodio es la explicación «científica» del virus Solanum, el que inventa Max Brooks para Guerra Mundial Z. Viaja por el torrente sanguíneo hasta el sistema nervioso central, se aloja específicamente en las neuronas del lóbulo frontal —la parte con la que pensamos racionalmente, frente al cerebro reptiliano de la base del cráneo— y se reproduce tan rápido que termina destruyendo esa zona. El libro incluso da una cronología hora a hora: dolor y coagulación en la primera hora, fiebre y convulsiones a las cinco, entumecimiento a las ocho, parálisis a las once, coma a las dieciséis, parada cardíaca con actividad cerebral nula —la muerte— a las veinte, y resurrección a las veintitrés. Solo se transmite por sangre y saliva, nunca por el aire, que es una suerte para la especie humana porque, si fuera como la gripe, no lo estaríamos contando. Y hay un detalle que nos parece muy honesto por parte de Brooks: el virus es exclusivo de los humanos, así que los perros zombis de Resident Evil no encajarían del todo en esta lógica.
Matar a un ser humano tiene miles de formas; matar a un zombi solo tiene una, destruirle el cerebro, porque no sirven ni los antibióticos —el Solanum es un virus, no una bacteria— ni el dolor, porque su sistema nervioso ya no siente nada, así que ninguna técnica de artes marciales pensada para incapacitar por el dolor funciona con ellos. El cráneo humano necesita unos 300 kilos de presión para romperse en el punto de impacto, algo que solo consigue un puñetazo si eres un boxeador profesional y el otro se está quieto —cosa que un zombi, por definición, no va a hacer—, así que el arma principal de cualquiera de nosotros es, sencillamente, correr.
Antes de que llegue el momento, lo primero es no caer en la teoría de la conspiración, pero sí mantener la mosca detrás de la oreja: la guía recomienda organizarte antes de que las cosas pasen, no durante. Y cuando empiecen a pasar, lo peor que puedes hacer es lo que hace todo el mundo en las películas, llenar el coche y salir corriendo por la autovía. El 80% de la población española vive en poblaciones de más de 5.000 habitantes, así que hasta el pueblo más pequeño puede convertirse en una horda inmanejable; lo primero es encerrarte a cal y canto, porque se calcula que el 90% de la gente cae en la primera semana de una infección que se extiende a esa velocidad.
De la Guía de supervivencia zombi de Brooks sacamos algunas de sus máximas favoritas: organízate con la cabeza fría, nunca en pánico; las armas blancas no necesitan munición, así que son «para siempre», mientras que un arma de fuego te hace sentir fuerte pero se queda sin balas; la ropa tiene que ir ajustada y el pelo corto, porque cualquier cosa suelta es algo de lo que un zombi puede tirar; si tienes fuerza suficiente, rompe la escalera de tu propia casa para que nadie pueda subir, porque cualquier barricada, por buena que sea, acaba cediendo si hay suficiente presión. Y hay dos detalles que nos parecieron fascinantes sobre la tortura psicológica de un asedio largo: encerrar a alguien en una habitación blanca sin estímulos lo vuelve loco en semanas, y no dejar dormir a alguien lo mata antes que la falta de agua o comida —a Stallone se lo hacen en la película Encerrado, y lo pasa fatal.
En casa, lo primero es llenar de agua todo lo que tengas —bañeras, ollas— antes de que se corte el suministro, y buscar una habitación aparte para hacer tus necesidades, porque los seres humanos generamos muchísimos residuos y acumularlos es un problema real, algo que ya resolvían mal en la Edad Media antes de que existiera el saneamiento público. Hay que aprender a pasar hambre —reducir el consumo a una ingesta diaria de unas 2.000 calorías— pero nunca a costa de los niños, que necesitan seguir alimentados para desarrollarse. Y en cuanto puedas, plantar algo: unos tomates, unas lechugas, cualquier cosa que crezca fácil, porque la comida que tienes se va a agotar. Sobre cómo nos detectan, la teoría que más nos convenció es que nuestro cerebro filtra casi toda la información sensorial y solo deja pasar sin filtrar el olfato, así que un zombi probablemente vea y oiga mal, pero huela de maravilla —y ojo, que un ser humano sin ducharse dos semanas huele muchísimo, así que un asedio de meses puede delatarte solo.
Para elegir un arma, la guía plantea cinco preguntas: ¿puede romper un cráneo de un solo golpe? ¿Si no, puede decapitar con ese golpe? ¿Es fácil de manejar? ¿Es ligera? ¿Cuánto tiempo te va a durar? Las dos primeras son las únicas realmente esenciales. Lo ideal es llevar un cuchillo corto en la cintura, siempre accesible, y otra arma en la mano que nunca vas a enfundar del todo.
Repasamos el arsenal blanco con mucho detalle. La espada bastarda o el mandoble de dos manos pueden decapitar de un solo golpe si sabes generar la inercia correcta desde las rodillas, pasando por las caderas y la columna, hasta las muñecas, pero pesan varios kilos y casi nadie tiene una en casa. El cuchillo de cocina falla porque el punto donde hay que clavarlo, la cuenca del ojo, mide medio centímetro, y el acero de un cuchillo doméstico no está pensado para golpear hueso. El cuchillo militar tiene el problema contrario: esa muesca para cortar cuerdas se queda enganchada al sacarlo del cráneo, algo fatal cuando necesitas rapidez porque nunca viene un zombi solo. El cuchillo corto de hoja fija y doble filo es, para nosotros, el mejor arma compacta: entra y sale limpio. El hacha rompe cráneos con facilidad, pero necesita espacio para el golpe, algo que no siempre vas a tener si luchas en grupo y en sitios estrechos. Y nuestro favorito, el hacha de supervivencia con un pico afilado en la parte trasera, combina filo y punzón en una sola herramienta. El machete militar, por su peso concentrado en la punta —muy parecido al balance de un gladius romano—, es probablemente la opción más realista para tener en casa, y el lucero del alba o el desencofrador (la pata de cabra) son opciones más exóticas pero igual de efectivas si sabes usarlas.
Con las armas de fuego nos metimos en un terreno más técnico. El calibre 9 mm se convirtió en estándar militar porque el ejército estadounidense buscaba la munición más barata capaz de detener a un hombre de 70-80 kilos, y un zombi, aunque esté consumido, sigue pesando parecido. El calibre .22, en cambio, es mucho más preciso —menos retroceso, menos pulso nervioso al disparar— y, curiosamente, mejor para la cabeza: al ser tan pequeña, la bala rebota dentro del cráneo como una bola de pinball en lugar de atravesarlo, destrozando el cerebro por dentro. Una escopeta, en cambio, dispersa los perdigones en una nube que puede parar a una persona pero rara vez destruye lo suficiente el cerebro de un zombi para detenerlo. Y hay un dato que nos parece clave: la puntería no se improvisa, existe la memoria muscular, y hacen falta miles de horas de práctica —la misma regla de las 10.000 horas de cualquier otra disciplina— para que tu cuerpo dispare bien incluso en un momento de pánico total. El problema de fondo, en cualquier caso, es el ruido: un disparo se oye a 3-5 km, y en una ciudad eso puede significar convocar a miles de zombis más.
Del equipo básico nos quedamos con un par de detalles muy concretos: las linternas tienen que ser de dinamo manual, nunca de pilas, porque las pilas se acaban; encender fuego con dos palos frotados es un mito de película, en la vida real hace falta un pedernal, paja muy seca y mucha paciencia; y llevar tus propios cubiertos, por tonto que suene, evita que tus manos —que tocan de todo— transmitan gérmenes directamente a tu boca.
Para elegir un refugio, la guía de Brooks obliga a hacerte una serie de preguntas: ¿hay un perímetro físico? ¿Cuántas entradas y salidas hay, y puede tu grupo defenderlas todas a la vez? ¿Hay una posición defensiva secundaria? ¿Hay suministros, sobre todo agua? Repasamos sitio por sitio: los colegios, con sus vallas y comedores, son sorprendentemente buenos búnkeres; los hospitales, en cambio, son de los peores refugios posibles, porque el 90% de la primera oleada de zombis suele salir precisamente de allí, del personal médico y de quienes manipulan cadáveres; las comisarías hay que evitarlas no tanto por los zombis como por la avalancha de gente aterrorizada que va a intentar entrar a la fuerza; los supermercados y centros comerciales son trampas, escaparates gigantes que anuncian comida a gritos, mientras que las tiendas pequeñas de barrio, con puertas de acero, aguantan mucho mejor; las iglesias son una encerrona, porque todo el mundo acude a ellas buscando consuelo y eso las convierte en un bufé libre; los almacenes, sin ventanas y con entradas seguras, son una opción sólida; y las cárceles, pensadas para mantener a la gente dentro, funcionan igual de bien para mantener a los muertos fuera —cuanto más antigua la prisión, con muros de hormigón macizo en vez de cierres electrónicos, mejor. El capricho personal de uno de nosotros sería el castillo de Peracense, por su suministro de agua renovable y sus accesos naturalmente limitados; y las plataformas petrolíferas, aunque estén inaccesibles para cualquier zombi por definición, quedan descartadas por pura logística.
Sobre cómo moverte, la conclusión es clara: nada de todoterrenos ni camiones ni autobuses, todos consumen demasiado y se atascan con facilidad —ni siquiera un camión blindado de transporte de valores, con motor de miles de caballos, puede atravesar una horda lo bastante grande sin que los cuerpos acaben atascando las ruedas; hace falta directamente un tanque. Lo ideal es un turismo pequeño y de bajo consumo mientras haya gasolina, y cuando se acabe, una motocicleta si vas solo, una bicicleta si necesitas silencio, o directamente un caballo, que lleva siglos demostrando ser fiable aunque no sea rápido. Por mar, hace falta saber pilotar un barco —algo que ninguno de los dos sabe hacer, aunque uno prometió aprender— y cargar con desalinizadora, placas solares y vitaminas, porque a base de solo pescado no sobrevive nadie; a cambio, en teoría los zombis no saben nadar.
Un dato que no habíamos pensado antes de investigar esto es que las personas más necesarias en un colapso así —policías, militares, sanitarios— son también las primeras en caer, porque son la primera línea de exposición; así que cualquier grupo de supervivientes tiene que asumir que va a perder a la gente más preparada casi de inmediato. Por eso conviene ser un grupo de al menos veinte personas, para poder rotar turnos de vigilancia, y por eso el ruido es un enemigo tan grande como el hambre: una motosierra da seguridad psicológica, pero anuncia «la cena está servida» a todos los zombis del barrio.
La parte más incómoda del episodio fueron las preguntas que Cherp le hizo a Josito sin avisar: ¿matarías a un vecino que intenta robarte la comida? Sí. ¿A un familiar mordido? A su mujer o a sus hijos, no sería capaz; a un amigo, se lo pediría a otro. ¿Dejarías morir de hambre a alguien que tiene comida y no te la da? También, sin dudarlo, porque «no soy el malo, soy el superviviente». ¿Te suicidarías si te muerden estando solo? Probablemente sí; si tu familia está delante, es mucho más difícil. Y la más dura de todas, ¿comerías carne humana en el límite absoluto? La respuesta, tras darle vueltas, fue que sí, si eso significara un día más de vida para proteger a los tuyos. De ahí sacamos la reflexión más oscura de todo el episodio: en un colapso real, los seres humanos organizados —buscando alcohol, drogas o sexo por la fuerza— acabarían siendo una amenaza mayor que los propios zombis, algo que ya hemos demostrado como especie mucho antes de que existiera la ficción, como aquella tribu africana que cortaba los talones a sus enemigos derrotados para que no pudieran huir ni luchar nunca más.
Como colofón científico, explicamos por qué mutan tanto los virus: nuestras células tienen una proteína que revisa y corrige el ADN cuando se replica, y cuando falla es cuando aparece un cáncer; los virus no tienen esa proteína correctora, así que cada réplica introduce errores, y de cientos de mutaciones al día basta con que una sea más virulenta que las demás para que se imponga —así es como surgen las variantes del coronavirus, y así funcionaría cualquier virus zombi. Y hay un dato final que nos encantó: el gran enemigo de las bacterias son los hongos —de ahí viene la penicilina—, así que aunque el Solanum frene la descomposición bacteriana de un cadáver reanimado, los hongos acabarían consumiendo a los zombis en unos cuatro o cinco años. La clave de cualquier apocalipsis zombi, en el fondo, es sobrevivir el tiempo suficiente para que ganen los hongos.
Cerramos con nuestras recomendaciones. En libros, la pareja canónica es la Guía de supervivencia zombi y Guerra Mundial Z, ambas de Max Brooks, más dos trilogías españolas que nos encantan: Apocalipsis Z, de Manel Loureiro, protagonizada por un abogado gallego con un gato como única compañía, y FUBARBUNDY, ambientada en un Madrid devastado, con la idea muy lograda de que el virus crea una especie nueva, el Homo zombi, en competencia directa con nosotros. Como curiosidad, Orgullo, prejuicio y zombis lleva el género al siglo XIX sin perder un ápice de sentido del humor. En cómic, el arco de El Rey de The Walking Dead, con Ezequiel y su tigre, es de lo mejor a nivel gráfico de toda la saga. En cine, además de Guerra Mundial Z, recomendamos Melanie, la chica con todos los dones, quizá la historia más emocionalmente afilada de todas las que hemos visto sobre una pandemia; la dupla de 28 días después y 28 semanas después, que demuestra que los humanos no aprendemos nunca, porque el virus se escapa de un laboratorio dos veces seguidas; y, para quien busque algo más ligero, la serie Z Nation, con sus zombis radiactivos, gigantes y ciegos, y un personaje, One, cuya puntería con un tirachinas profesional nos encanta. Como bonus fuera de tema, recomendamos Soy leyenda, con Will Smith como último superviviente humano de Nueva York, rodeado de mutantes que técnicamente son vampiros y no zombis, pero que comparten tanto ADN narrativo con el género que nos negamos a dejarla fuera.
Con esto cerramos el doblete de zombis. El siguiente episodio nos lleva a las divergencias, positivas primero y negativas después: mundos donde la humanidad ha tomado un camino distinto al nuestro, para bien o para mal.
Se menciona
- AutorMax Brooks
- AutorManel Loureiro
- AutorGeorge A. Romero
- AutorMary Shelley
- AutorWilliam Seabrook
- LibroLa guía de supervivencia zombi
- LibroGuerra Mundial Z
- LibroApocalipsis Z: el principio del fin
- LibroFUBARBUNDY: La última pandemia
- LibroLa isla mágica
- LibroOrgullo, prejuicio y zombis
- PelículaGuerra Mundial Z
- PelículaSoy leyenda
- PelículaLa noche de los muertos vivientes
- PelículaRe-Animator
- Película28 días después
- Película28 semanas después
- PelículaMelanie: la chica con todos los dones
- SerieThe Walking Dead
- SerieZ Nation
- ConceptoEl zombi: origen, tipos y supervivencia
- PersonajeRobert Neville
- PersonajeMichonne
- PersonajeDaryl Dixon
- PersonajeRey Ezequiel