Universos paralelos: definición, teorías, y las series y películas que mejor los han imaginado
Cuádruple episodio dedicado a los universos paralelos y el multiverso: qué son y por qué la física los necesita (principio antrópico, teoría de cuerdas), las teorías que intentan explicarlos (muchos mundos, universos burbuja, branas, universos espejo, fractales y holográficos), y un recorrido curado por las series (Fringe, Sliders, Dark, Stranger Things, Counterpart) y películas (Coherence, Otra Tierra, The One, Todo a la vez en todas partes) que mejor han sabido llevarlos a la ficción.

Cerramos el triple episodio de viajes al espacio y abrimos otro, este todavía más denso.
Empezamos este episodio, el primero de cuatro, avisando de que íbamos a tener muchos «momentos LSD» —sin haber probado nunca el LSD, aclaramos— porque el tema lo pide: los universos paralelos. El primer defensor documentado de los mundos paralelos fue Sir William Crookes, un científico que en 1870 se hizo también defensor de médiums y espiritistas; cuando se demostró que el espiritismo era un fraude, la teoría de los mundos paralelos cayó con él en el mismo saco, aunque nada tuviera que ver.
Para hablar de universos paralelos en serio hay que partir de la física: es una hipótesis de la mecánica cuántica que intenta unificarse con la relatividad general en una gran teoría —la teoría de cuerdas propone que existen once dimensiones, mucho más allá de las cuatro (tres espaciales y el tiempo) en las que vivimos. Si coges una cuerda de energía subatómica y la estiras hasta el tamaño del sistema solar, según esta teoría, mediría apenas un par de metros; esa vibración constante sería el soporte de un universo en once dimensiones.
De ahí sale el principio antrópico, un concepto que nos voló la cabeza al investigarlo: las constantes físicas del universo —la velocidad de la luz, la constante de Planck, la fuerza de la gravedad— están tan perfectamente ajustadas para que exista vida que parece casi imposible que sea casualidad. La especie humana, además, estuvo a punto de extinguirse en algún momento de su historia, cuando según los antropólogos llegamos a ser solo unos 2.000 individuos en todo el planeta. Si existen infinitos universos paralelos, la mitad de ellos podrían albergar vida y la otra mitad no —y aun así seguirían siendo infinitos—, lo que para algunos acaba con la necesidad de un diseño inteligente detrás de nuestra existencia; para otros, en cambio, la complejidad de nuestro ADN, con cuatro bases en vez de un simple código binario, sigue pareciendo demasiado «editada» para ser mera casualidad.
Como ejercicio mental, imaginamos qué habría pasado si durante la crisis de los misiles cubanos alguien hubiera apretado el botón nuclear en vez de usar el teléfono rojo: en ese universo paralelo, decíamos, esa Tierra sería hoy un páramo radiactivo. Y jugamos con la idea de que el ADN transmite conocimiento sin que lo aprendamos —un bebé recién nacido sabe aguantar la respiración bajo el agua sin que nadie se lo enseñe— para imaginar un universo en el que el conocimiento de los padres se transmitiera genéticamente a los hijos, como cuando Neo dice «ya sé kung-fu» en Matrix.
La idea de mundos paralelos es mucho más vieja de lo que parece: Platón ya la planteó en el mito de la caverna, en el libro séptimo de La República, hace casi 2.400 años, con esa imagen de personas encadenadas que solo ven sombras y creen que esa es toda la realidad. La mitología hindú habla de los lokas, distintos planos de existencia que conviven con el nuestro; la mitología nórdica tiene los nueve reinos, con Asgard y Midgard como dos de ellos, cada uno con sus propias reglas físicas. Y mucho antes que la ciencia, la propia religión nos vendió la idea de un mundo paralelo: el cielo y el infierno. Nos sorprendió encontrar una noticia de RTVE en la que el Vaticano no descartaba la posibilidad de universos paralelos, apoyándose precisamente en el principio antrópico.
Nos entretuvimos con un par de curiosidades históricas: el misterio del hombre de Taured, un viajero que en 1954 llegó al aeropuerto de Tokio con el pasaporte de un país que nunca ha existido, señalando en el mapa el territorio de Andorra, y que desapareció sin dejar rastro tras ser detenido para investigarlo; y la teoría de que todo objeto, según defendía Nikola Tesla, vibra a una frecuencia propia —lo que explicaría, entre otras cosas, por qué en realidad nunca llegamos a tocar nada del todo, ya que nuestros átomos siempre se repelen entre sí, y solo al concebir un hijo se produce un contacto genético real. También contamos la leyenda de un supuesto viajero de otro universo que trajo una cinta de casete con canciones nuevas de los Beatles de un mundo donde el grupo nunca se separó, que resultó ser un montaje casero hecho con fragmentos de canciones reales.
Cerramos esta primera parte con cómo podrían generarse estos universos: por inflación cósmica, o por la propia mecánica cuántica —cada interacción o decisión generando una nueva rama—, como se ve de forma muy gráfica en Ant-Man y la Avispa: Quantumania, donde el protagonista se divide en miles de versiones de sí mismo probando cada decisión posible hasta que todas colaboran para lograr su objetivo, muy parecido al «lo he intentado una y otra vez» del Doctor Strange. Y dejamos para el siguiente capítulo la teoría de branas, la que más se le va la pinza a cualquiera.
La segunda parte la abrimos con un ejercicio mental: imaginad un universo donde la humanidad se ha vuelto interplanetaria y ha abandonado la Tierra por completo, dejándola vacía para los animales que quedan. A partir de ahí nos metimos en el barro de las teorías, empezando por una que da mucho «yuyu»: la de los universos espejo, esos mundos que existirían literalmente detrás de los espejos.
Para entender dimensiones que no podemos percibir recurrimos a los fractales —figuras que se repiten a sí mismas de forma infinita, como un copo de nieve— como la única «dimensión extra» que nuestra mente logra imaginar medianamente bien, y a Planilandia, la novela de Edwin Abbott de 1884 que imagina una civilización que vive en un plano de dos dimensiones, incapaz de concebir un objeto tridimensional salvo como un simple punto. Y nos reímos con el ejemplo de Dominó, el personaje de Deadpool cuya «suerte» no es más que la manipulación de probabilidades cuánticas a su favor.
La teoría de los universos burbuja, propuesta por el cosmólogo Andrei Linde en los años 80, describe un universo en expansión constante que, al plegarse sobre sí mismo, genera burbujas que se separan y se convierten en universos propios, cada uno aislado del resto por una barrera dimensional, no física. Es una teoría derivada de la inflación cósmica, que si es real, tuvo que producirse a una velocidad superior a la de la luz durante una fracción de segundo tras el Big Bang.
La interpretación de los muchos mundos, del físico Hugh Everett en 1957, es la teoría más citada de todas: cada decisión que tomamos —casarte o no, decir una palabra u otra— generaría un universo alterno donde se cumple la opción contraria, lo que implica un número literalmente infinito de versiones de nosotros mismos. Contamos que, de pequeños, la serie Cosmos de Carl Sagan fue la primera vez que alguno de nosotros intentó imaginar de verdad la magnitud de la inflación cósmica, algo que, seamos sinceros, sigue sin cabernos en la cabeza del todo.
La teoría de branas, del físico y matemático Edward Witten en los años 90, es la más disparatada de todas: nuestro universo sería una «brana» —una membrana tridimensional— entre infinitas branas más, como capas de cortinas que se mueven una junto a otra sin llegar a tocarse casi nunca; cuando dos de ellas sí llegan a rozarse, el intercambio de energía sería tan brutal que generaría un Big Bang, un universo completamente nuevo.
Repasamos también las teorías más especulativas: los universos fractales, donde cada partícula subatómica contendría un universo entero de forma infinita —algo que aparece, con un gato con un cascabel dentro del cual hay una galaxia entera, en Hombres de Negro—; y los universos holográficos, según los cuales lo que percibimos como una realidad tridimensional sería en realidad la proyección de información almacenada en una superficie bidimensional, algo así como si fuéramos un personaje de Minecraft sin saber que lo somos. Y nos preguntamos, ya en plan gamberro, si en lugar de tomar nuestras propias decisiones no seremos las canicas de la bolsa de una especie alienígena jugando con nosotros.
El problema de fondo de todas estas teorías, coincidimos, es que ninguna explica cómo viajar entre universos —si es que se pudiera— y que ninguna cuenta con evidencia experimental directa; solo se sostienen porque son matemáticamente necesarias para que ciertas ecuaciones cuadren. Terminamos con el experimento de la doble rendija, que demuestra que las partículas subatómicas se comportan como ondas y partículas a la vez —la base de la computación cuántica actual— y con el efecto Mandela, el fenómeno por el que buena parte de la población recordaba (erróneamente) que Nelson Mandela había muerto en los años 80, cuando en realidad murió en 2013: para nosotros, la prueba de que cada uno vive, en cierto modo, en su propio universo perceptivo.
En la tercera parte nos pusimos con las series, empezando por la que más recomendamos de todas: Fringe, sobre un equipo del FBI que investiga fenómenos extraños guiados por Walter Bishop, un científico brillante y bastante desquiciado capaz de explicar racionalmente cualquier disparate, desde una progeria acelerada hasta un hombre capaz de manipular la electricidad. La serie mezcla viajes en el tiempo, alteraciones genéticas y fenómenos paranormales, y con el tiempo revela que hay un universo paralelo, casi idéntico al nuestro, vigilado por unos seres del futuro llamados Observadores.
De Sliders (1995) destacamos el dispositivo que crea Quinn Mallory, un estudiante superdotado que investigando la gravedad abre por accidente un portal a otros universos con una ventana de tiempo limitada: si no vuelves antes de que se cierre, te quedas varado en ese mundo. Entre los episodios que más nos gustaron: uno en el que la Unión Soviética conquistó Estados Unidos, otro en el que el deporte de élite consiste en resolver ecuaciones matemáticas en vez de darle patadas a un balón, y otro en el que los papeles de fuerza física entre hombres y mujeres están invertidos. Eso sí, las últimas temporadas, tras el cambio de reparto, bajan bastante el nivel respecto a las dos o tres primeras.
De Dark solo hemos visto el primer capítulo —lo de los niños desaparecidos nos dio mal rollo—, pero sabemos que mezcla misterio y viajes en el tiempo entre tres líneas temporales (1953, 1986 y 2019) de una forma que exige casi hacerte un árbol genealógico para no perderte. Stranger Things, en cambio, la hemos visto entera: además de la nostalgia ochentera de su banda sonora y su estética, nos encanta cómo plantea el «mundo del revés» como una segunda dimensión pegada a la nuestra que empieza a filtrarse tras un experimento en un instituto, con criaturas que detectan cualquier nueva presa que se acerque a la brecha.
De las series más recientes hablamos de Alice in Borderland, sobre un grupo de jóvenes atrapado en una versión vacía de Tokio donde tienen que sobrevivir a juegos mortales para volver a casa; y de The OA, sobre una mujer ciega que reaparece años después habiendo recuperado la vista y asegurando que ha estado en otro plano de existencia, capaz de moverse entre realidades mediante una coreografía de movimientos. Y no podíamos dejar fuera los clásicos de The Twilight Zone (La dimensión desconocida) de los años 60: episodios como «Mirror Image», «The Odyssey of Flight 33» o «Parallel» tienen guiones excelentes pese a unos efectos especiales que, obviamente, no han envejecido tan bien.
Aclaramos también qué no cuenta como universo paralelo, aunque lo parezca: Matrix no lo es, es una simulación neuronal generada por máquinas para mantenernos cautivos, no un mundo paralelo real; y Westworld tampoco, es la misma realidad con androides que no saben que lo son. Sí que cuenta, y mucho, Counterpart, sobre un funcionario que descubre que su organización tiene acceso controlado, con fronteras y todo, a un universo paralelo casi idéntico al nuestro, y en el que solo confía en la única persona en la que puede confiar del todo: su contraparte del otro mundo. Y cerramos con Awake, un dramón sobre un detective que, tras un accidente de coche, empieza a vivir alternando dos realidades paralelas: en una murió su mujer, en la otra su hijo.
En la cuarta y última parte llegaron las películas, empezando por la que consideramos posiblemente la mejor de todo el género: Coherence, sobre una cena de amigos interrumpida por el paso cercano de un cometa que rompe la barrera entre universos paralelos casi idénticos. Cada grupo de amigos duplicados tiene que identificar, mediante una caja con fotos y objetos numerados al azar, a qué realidad pertenece de verdad, con el dilema añadido de que algunos deciden que la solución más sencilla es matar a sus otras versiones. Es de esas películas que hay que ver más de una vez para pillar todos los detalles.
Volvimos también sobre Otra Tierra, de la que ya hablamos en el episodio de divergencias, como el mejor ejemplo de la teoría de los universos espejo: un planeta idéntico al nuestro aparece en el firmamento y se va acercando poco a poco, hasta el punto de que los protagonistas llegan a mantener una conversación por radio consigo mismos. Y de The One (2001), con Jet Li, sobre un asesino que salta entre 123 universos paralelos matando a sus otras versiones para absorber su energía y volverse invencible, hasta encontrarse con la única versión de sí mismo capaz de plantarle cara en un equilibrio perfecto entre el bien y el mal.
De Cloverfield Paradox (2018) hablamos por lo directamente que trata el tema, aunque no sea la mejor película de la saga: un experimento con un colisionador de partículas a bordo de una estación espacial rompe el espacio-tiempo y fusiona varias realidades paralelas en un mismo punto, con sucesos cada vez más inexplicables a bordo. Y aclaramos que El efecto mariposa no son universos paralelos sino líneas temporales alternativas que se reescriben en la memoria del protagonista, algo parecido a lo que ocurre en Mr. Nobody, con sus tres vidas vividas en paralelo, y en Synchronic, sobre un físico que descubre que una droga sintética permite viajar en el tiempo, con una vuelta de tuerca final que preferimos no destripar.
Star Trek ha usado los universos paralelos sobre todo como excusa para reiniciar la saga sin renunciar a los personajes de siempre, algo que hicieron tanto en el propio universo de la serie —cuando el Enterprise sigue a los Borg a través de un desplazamiento temporal y descubre una tierra paralela donde la humanidad ha perdido la guerra contra ellos— como en el reboot cinematográfico de 2009. En animación, Liga de la Justicia: Crisis en dos Tierras (2010) le da la vuelta al concepto con un Lex Luthor bueno de un universo paralelo pidiendo ayuda a nuestra Liga de la Justicia contra las versiones malvadas de los propios superhéroes; y el universo animado de Spider-Man explora la misma idea, con versiones tan disparatadas como un Spider-Man convertido en cerdo.
Todo a la vez en todas partes (2022) fue la gran sorpresa oscarizada del género: una mujer accede a las habilidades de sus versiones de universos paralelos —incluidos algunos tan absurdos como uno en el que todos tienen dedos de salchicha— para enfrentarse a una amenaza que pone en peligro el multiverso entero, con un humor tan extraño que cuesta decidir si reírte o preguntarte qué estás viendo. Y la escena que consideramos de las mejores jamás hechas por Marvel sobre el tema es la persecución de 40 segundos por 20 universos distintos en Doctor Strange en el Multiverso de la Locura, donde cada mundo tiene un color y una estética propia —líquido, pintura, fractal, dibujo animado— y en la que apenas dos segundos bastan para reconocer cada nuevo universo.
Cerramos con dos referencias literarias: El atlas de las nubes, de David Mitchell, adaptada al cine con Tom Hanks en varios papeles, sobre seis historias entrelazadas por la reencarnación a través de los siglos; y dos libros que ya hemos tratado en episodios anteriores pero que encajan perfectamente aquí, El cuento de la criada, como universo paralelo donde a las mujeres se les arrebatan los derechos, y El fin de la eternidad, de Isaac Asimov, sobre una organización que manipula la realidad para evitar que la humanidad se convierta en una especie interplanetaria por miedo, no por incapacidad.
Con esto cerramos los cuatro capítulos de universos paralelos, que hemos intentado mantener algo más cortos que de costumbre para no dormir a nadie por el camino. El próximo capítulo, ya lo adelantamos: extraterrestres de la A a la Z.
El episodio que vino después fue el primero de nuestro triple sobre el frikismo: qué es ser friky, ayer, hoy y mañana.
Se menciona
- AutorHugh Everett III
- AutorAndrei Linde
- AutorEdward Witten
- AutorEdwin Abbott Abbott
- AutorDavid Mitchell
- LibroPlanilandia
- LibroEl atlas de las nubes
- LibroEl cuento de la criada
- LibroEl fin de la Eternidad
- PelículaCoherence
- PelículaThe One
- PelículaCloverfield Paradox
- PelículaLiga de la Justicia: Crisis en dos Tierras
- PelículaEl atlas de las nubes
- PelículaSynchronic
- PelículaOtra Tierra (Another Earth)
- PelículaMr. Nobody
- PelículaTodo a la vez en todas partes
- SerieFringe
- SerieSliders (Deslizadores)
- SerieDark
- SerieStranger Things
- SerieAlice in Borderland
- SerieThe OA
- SerieThe Twilight Zone (La dimensión desconocida)
- SerieCounterpart
- SerieAwake
- ConceptoUniversos paralelos y multiverso
- PersonajeWalter Bishop
- PersonajeQuinn Mallory