Superhéroes: de dónde vienen sus poderes (y por qué los necesitamos)
Episodio doble grabado con la colaboración especial de los hijos de Cherp y Josito, dedicado a rastrear de dónde salen los superpoderes: de los dioses griegos y las leyendas quechuas a la prensa amarilla que dio origen al cómic, de Superman y Batman al giro genético de los X-Men, sin dejar de lado a Wolverine, la trilogía de Shyamalan, el Dr. Manhattan y la pregunta de fondo que atraviesa todo el género, qué significa que un gran poder conlleve una gran responsabilidad.

Cerramos el doblete de inteligencia artificial y abrimos uno nuevo, esta vez con toda la familia.
Este fue nuestro primer episodio doble con invitados: nuestros hijos Luis y Gonzalo, de 11 años, se sentaron con nosotros para hablar de un tema que nos apasiona a todos, los superpoderes. Empezamos poniéndoles a prueba con las preguntas de siempre —qué es un superpoder, qué es un superhéroe, qué es un villano, qué es un antihéroe— porque nos hacía gracia comparar la visión de quien lleva 45 años dándole vueltas a esto con la de quien tiene 11 y ha crecido rodeado de Marvel y DC desde que nació.
De la ronda de definiciones nos quedamos con varias cosas. Un superpoder, según Gonzalo, es una capacidad que te permite hacer algo fuera de lo normal —lanzar bolas de plasma si eres un ciborg—; para Luis es simplemente una habilidad sobrehumana, algo que nadie a tu alrededor podría hacer. Un héroe es alguien que se ha diferenciado del resto por una hazaña de valor, sin necesitar ningún poder para serlo; un superhéroe, en cambio, necesita ese algo especial —un poder o un enemigo a su altura— para merecer el prefijo. De ahí salió la discusión de siempre sobre Batman: es un héroe, un justiciero enmascarado, pero en sentido estricto no es un superhéroe porque no tiene superpoderes, aunque en el podcast lo tratemos como uno más. Un villano, nos explicó Luis, es alguien que ejerce la maldad de forma deliberada, y ahí aprovechamos para contar el origen de la palabra: viene de quienes vivían en la villa y no en la corte, gente sin la educación de los cortesanos; con el tiempo el término se fue difuminando hasta significar simplemente «malo», en un proceso parecido al de «pagano», que originalmente designaba a los campesinos que pagaban al terrateniente y acabó aplicándose a quienes no seguían la religión que este les imponía. Y un antihéroe es alguien con poderes que solo ataca a los malos —a diferencia de Superman, que en teoría nunca mata—, con una parte oscura capaz de tirar al villano por un puente en vez de dejarlo atado a un poste para la policía. De eso hablamos con un ejemplo muy concreto: un videojuego reciente, que no nombramos por no hacer spoiler, en el que el Joker mata a una Lois Lane embarazada, y Batman, al enfrentarse a él, recibe un puñetazo que le atraviesa el pecho, el villano saliéndose por completo de su papel habitual.
La siguiente pregunta —¿los héroes y villanos se hacen o nacen?— nos sirvió para introducir un patrón que se repite en casi todos los orígenes de superhéroes: unos nacen con el poder, como Superman, y otros lo adquieren, por accidente o por voluntad propia. Hulk es el ejemplo perfecto de accidente: una persona normal que, tras un experimento con rayos gamma, se convierte en un gigante verde cada vez que se enfada. Iron Man es el de voluntad: Tony Stark se construye su propio traje, primero por necesidad —para mantenerse con vida tras un accidente con metralla— y después por decisión propia. Nos hizo gracia constatar que casi todos los orígenes clásicos comparten el mismo patrón de accidente con radiactividad o explosiones: «una vez es coincidencia, dos es casualidad, tres es un patrón», como dijo uno de nuestros hijos.
De ahí saltamos a la antigüedad, porque los superpoderes existían mucho antes que los superhéroes. Repasamos leyendas de medio mundo: la griega, con Zeus lanzando rayos y controlando el tiempo; la china, con la diosa Chang'e, capaz de volar y de conceder la inmortalidad; la de los hopi norteamericanos, con el espíritu guerrero Masau; la celta, con Merlín y su magia; la yoruba, con Eshu, capaz de conceder buena suerte y proteger a los humanos; la india, con Shiva como destructor y renovador del universo con poder sobre el tiempo y la muerte; y la quechua, con Viracocha controlando el agua y la creación del universo. El patrón nos pareció clarísimo: casi todas estas figuras controlan lo único que los humanos no podemos controlar, la vida, la muerte, el tiempo, y eso encaja con la explicación sociológica que barajamos: necesitamos encomendarnos a una entidad protectora cuando las cosas se complican. Si buscamos el primer superhéroe propiamente dicho, probablemente sea Gilgamesh, protagonista del primer relato escrito que conservamos, que se enfrenta a todo e intenta vencer a la propia muerte.
A partir de ahí trazamos una evolución histórica: en la Edad Media los que tenían algo parecido a superpoderes eran místicos y brujos; en el Renacimiento pasaron a ser personajes con conocimientos científicos muy avanzados para su época, un poco los Iron Man de entonces; en los siglos XVIII y XIX la explicación empezó a apoyarse en mutaciones, coincidiendo con el descubrimiento de la célula; y en el siglo XX todo se disparó con el cine y los cómics. La conclusión que sacamos es que cuanto más conocimiento científico acumulamos como especie, más posibilidades tenemos de imaginar superhéroes: si al principio bastaba con un dios con magia, ahora hace falta un señor con tecnología muy avanzada que hace básicamente lo mismo, volar, pero por otro camino.
Antes de meternos con los superhéroes en concreto, no podíamos dejar de contar de dónde salió el propio formato del cómic. En la década de 1890, los periódicos de Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst se disputaban lectores con tiras de viñetas, hasta el punto de que uno de ellos empezó a imprimir una de esas tiras a color amarillo en un periódico que era, por lo demás, en blanco y negro, y disparó las ventas; la competencia, indignada, empezó a llamar a esa prensa «amarilla» de forma despectiva, y de ahí viene la expresión que seguimos usando hoy para el periodismo sensacionalista. Ya en torno a 1930, alguien tuvo la idea de recortar esas tiras, encuadernarlas juntas y venderlas como folleto aparte, y así nació el cómic como objeto propio. Había un sindicato que cobraba por el papel usado para esos folletos; un editor decidió no pagarlo y, para ahorrar, contrató a un par de chavales inmigrantes que necesitaban trabajo y cobraban por cantidad de palabras escritas. Esos chavales eran Jerry Siegel y Joe Shuster, y ahí está, sin que nadie lo planeara, el origen de que los cómics de superhéroes se llenaran de explicaciones pseudocientíficas: cuantas más palabras necesitaran para justificar un poder, más cobraban.
Superman es, para nosotros, el primer superhéroe con superpoderes propiamente dicho, aunque no el primer cómic de la historia —ese honor es de The Phantom, de 1936—; sí es el que abrió camino a todo lo que vino después. Se publicó por primera vez en Action Comics #1, en 1938, tras cuatro años en los que Siegel y Shuster no consiguieron que nadie se lo publicara. Siegel había perdido a su padre en un atraco, y no es difícil ver en Superman, un ser invulnerable, imposible de matar así, algo de esa herida. Para crearlo combinaron dos referencias que ya existían: Tarzán, por la fuerza física, y John Carter de Marte, un humano que viaja a Marte y, por la diferencia de gravedad, adquiere una fuerza sobrehumana; ellos le dieron la vuelta e hicieron viajar a un extraterrestre hasta la Tierra, donde su origen le da ventaja. El traje ajustado se lo copiaron a los hombres forzudos de circo de la época. Al principio Superman no volaba: solo saltaba, hasta veinte pisos de un salto. Y tenía que ocultar su identidad tras las famosas gafas de Clark Kent para proteger a quienes le rodeaban, sobre todo a Lois Lane y a sus padres adoptivos. Con el tiempo fue acumulando el resto de poderes que conocemos —rayos láser por los ojos, superoído, aliento helado, telequinesis, borrado de memoria, superinteligencia— hasta que, en el número 262 de Action Comics, se decidió que sus poderes venían de la exposición a un sol amarillo distinto al de su planeta, algo que, sabiendo cómo funciona realmente el color del sol y la atmósfera, nos parece que marca el momento exacto en el que Superman deja de ser ciencia ficción plausible y se vuelve casi mágico. De todas las versiones del personaje, la que se nos queda siempre en la cabeza es la de Christopher Reeve en el cine: para nosotros es la mejor humanización posible de un dios, alguien invulnerable y perfecto que conserva su parte afectiva y cariñosa. Y si Metrópolis y Gotham son, en el fondo, la misma ciudad vista de dos formas —una nos suena a Nueva York, la otra a algo más oscuro— no deja de ser una forma muy eficaz de hablar de personajes sin señalar directamente a ninguna ciudad real.
El éxito comercial de Superman generó una fiebre de imitadores, pero los derechos de autor impedían copiarlo tal cual, así que la industria encontró la vuelta: en lugar de un héroe con todos los poderes a la vez, crearon héroes «monopoder», cada uno con una única habilidad. Así nació Flash, con supervelocidad tras un accidente con químicos y un rayo, y así nació también Hour-Man, un químico que inventó una sustancia que le daba los poderes de Superman durante solo una hora, lo justo, decíamos entre risas, para que nadie tuviera tiempo de denunciarles por plagio.
No podíamos hacer un episodio de superhéroes sin hablar de Batman, aunque en sentido estricto no tenga superpoderes: es, como dijimos al principio, un justiciero enmascarado, «el hombre murciélago». Lo que sí tiene son dos recursos que, combinados, funcionan como un superpoder: una fuerza de voluntad descomunal —«todos los hombres tienen límites, ellos aprenden cuáles son y aprenden a no superarlos, yo los ignoro», dice él mismo— y una fortuna personal enorme. Batman no fue tampoco el primero de su tipo: el Zorro, de 1919, ya era un hombre rico que se ponía capa y antifaz para salir a hacer justicia de noche, sin ciencia ni tecnología de por medio; y antes de que existiera un Batman reconocible como tal hubo otros justicieros parecidos, como The Shadow o el propio Green Hornet —cuyo ayudante Kato interpretó, en alguna adaptación, Bruce Lee—, todos hombres adinerados que luchan contra el crimen de incógnito. La primera versión de Batman era, de hecho, mucho más oscura, casi un murciélago vampiro; se fue puliendo con los años hasta el personaje humano y entrenado que conocemos. Sus cómics se agrupan en las etapas clásicas del medio: la edad de oro, a partir de los años 40; la edad de plata, en los 50 y 60; y después una edad oscura, cuando congresistas y sectores religiosos de Estados Unidos, alarmados porque los cómics se vendían baratísimos y los leía todo adolescente, intentaron frenar su influencia sobre los jóvenes. Su verdadero superpoder, si hay que buscarle uno, es haber sabido reinventarse a través de una galería de villanos memorables —Catwoman, el Pingüino, el Joker, Enigma, el Doctor Frío— que le han obligado a adaptarse una y otra vez. Y, ya que hablamos de tecnología, no es casualidad que en la Batcueva tenga una inteligencia artificial rastreando datos de delincuentes: como contamos en los episodios de Inteligencia Artificial, el patrón de una IA al servicio de un humano con recursos ilimitados se repite constantemente en la ciencia ficción.
El Capitán América es el ejemplo perfecto de héroe hecho a propósito para una época concreta. Steve Rogers era un chaval débil y enfermizo al que no dejaban alistarse para luchar en la Segunda Guerra Mundial; tras recibir el suero del supersoldado —que, según explicamos, saca lo mejor del genoma de quien lo recibe, así que solo funciona si quien lo recibe ya es, de partida, una buena persona— se convierte en un símbolo nacional, un arma de propaganda del bando aliado frente a un enemigo, Hydra, con una estética abiertamente nazi. Con perspectiva actual, la idea de crear un supersoldado a inyecciones suena exactamente a lo que en realidad es: dopaje. Y no nos resistimos a discutir, sin llegar a una conclusión clara, si su escudo de vibranium es más resistente que el adamantium de Wolverine.
Linterna Verde tuvo un origen parecido al de Superman en cuanto a lo mal que ha envejecido su explicación científica: en los años 40 era un hombre que encontraba una lámpara antigua en algún rincón desconocido de Asia con un poder más mágico que científico, con el que cargaba un anillo. Con el tiempo se reescribió como una energía real que era capaz de manipular, dividida en sectores del universo. El punto débil se mantuvo igual en todas las versiones: si no carga el anillo en la lámpara, pierde el poder, algo que, entre risas, comparamos con quedarte sin batería en el móvil en el peor momento posible.
Si hay un origen que para nosotros sí encaja de verdad en la ciencia ficción, ese es el de Spider-Man: Peter Parker es mordido por una araña radiactiva, y esa radiación reescribe su ADN y le confiere supervisión, fuerza y agilidad arácnidas. Hay incluso una base real detrás de su telaraña: la seda de araña es un material extraordinariamente resistente —se ha llegado a calcular que una hebra de apenas un centímetro podría soportar miles de toneladas— y existen investigaciones reales, con cabras modificadas genéticamente para producir esa proteína en su leche, buscando fabricar tejidos con esa resistencia. Su sentido arácnido, esa capacidad de intuir lo que va a pasar unos segundos antes, es lo único que no tiene una explicación tan clara, aunque lo comparamos con esa sensación de ver a alguien a punto de tirar un vaso y saber, sin más, que lo va a tirar. Fue además el primer superhéroe adolescente de los cómics, lo que abrió la puerta a personajes más jóvenes como los X-Men, y su forma de pelear a base de chistes malos —frente al sarcasmo ácido de un Batman que se ríe de sus villanos después de darles una paliza— es parte de por qué nos sigue cayendo tan bien.
Cerramos la primera parte con Flash, porque su supervelocidad da para hablar largo y tendido de física. Un ser humano corre, de media, unos 24 km/h; para poder correr por encima del agua hacen falta unos 150 km/h, porque a esa velocidad el pie golpea las moléculas de agua antes de que les dé tiempo a dispersarse, como si corrieras sobre cemento. Para alcanzar el 100% de su velocidad calculamos, entre risas, que Flash tendría que comer unos 150 millones de hamburguesas con queso, así que en algún punto su supervelocidad también se sale de la ciencia ficción y entra en la fantasía pura. Lo que sí nos parece coherente es que, para procesar el mundo a esa velocidad sin estrellarse contra nada, necesitaría un sistema nervioso y una vista capaces de procesar una cantidad de información muy superior a la nuestra. Y hay un límite mencionado en los cómics —el propio Flash llegando a superar la velocidad de la luz, algo que ni siquiera Superman consigue— que le permitiría viajar en el tiempo, como ocurre en el cómic Flashpoint; ahí no pudimos evitar comparar ese viaje con la chorrada que hace Superman en su película de 1978, dando la vuelta al planeta para invertir el tiempo.
En la segunda parte retomamos justo donde lo dejamos: los X-Men y el giro genético que Stan Lee metió en los cómics cuando se cansó de que todo fuera radiactividad. Introdujo el «Gen X» como causa de las mutaciones —con alguna broma nuestra sobre dónde encajaría ese gen entre la adenina, la guanina, la citosina y la timina— y con él llegó toda una generación de mutantes con un rasgo común: una alteración genética que puede ser tan positiva como perjudicial, ni más ni menos que como funciona una mutación real. De ahí sacamos también una anécdota que nos hizo gracia: el propio Stan Lee se quejó en su momento de lo poco creíble que era que Tormenta pudiera controlar el clima, y aun así tuvo que justificarlo de alguna manera dentro de las reglas de sus propios cómics. Entre todos los poderes mutantes, la telepatía nos parece el más peligroso de todos: Charles Xavier, con la ayuda de Cerebro, una máquina que amplifica su poder hasta alcanzar mentes a millones de kilómetros, y Jean Grey, cuyo don se multiplica muy por encima del de Xavier cuando se transforma en Fénix.
De la teleportación nos quedamos con Nightcrawler, capaz de moverse entre dos puntos a través de una dimensión paralela impregnada de amoníaco, lo que explica ese característico olor a azufre cuando reaparece; una de las escenas de ciencia ficción que más nos gustan de todo el género es la suya atacando la Casa Oval, apareciendo y desapareciendo en segundos. El doctor Strange nos generó más debate: no llega a sus poderes por ciencia ni por genética, sino por un entrenamiento mental extremo que le permite abrir portales y generar universos paralelos, y ahí no nos ponemos del todo de acuerdo sobre si eso sigue siendo ciencia ficción o ya es fantasía pura con otro nombre.
Wolverine tiene, para nosotros, uno de los orígenes más interesantes de todos: nació como el Proyecto X, un experimento militar sobre un hombre cuya mutación natural era regenerar sus propios tejidos. El ejército lo capturó y lo torturó para recubrir su esqueleto de adamantium, un compuesto que no existe de forma natural en la Tierra; en los cómics originales hay un pequeño desliz de continuidad que nos hace gracia, porque antes de la operación ya le salían garras, solo que de hueso, y solo después pasaron a ser de adamantium. El personaje original, además, no se parecía en nada al Wolverine musculado de Hugh Jackman: era pequeño, feo, prácticamente un psicópata que mataba sin remordimiento; con los años, igual que su cuerpo, también maduró su carácter.
Uno de los bloques que más disfrutamos de todo el episodio fue el de la trilogía de M. Night Shyamalan —El protegido, Múltiple y Glass—, porque lleva la idea de superhéroe hasta el límite de lo creíble sin llegar a cruzarlo. La premisa se apoya en la campana de Gauss: David Dunn, el protagonista de El protegido, sobrevive sin un rasguño a accidentes que matarían a cualquiera —de tren, de avión—, mientras que Elijah Price, Mr. Glass, ocupa el extremo opuesto: padece osteogénesis imperfecta, una enfermedad real que hace que sus huesos sean extremadamente frágiles. En Múltiple se suma un tercer extremo: Kevin Wendell Crumb, un hombre con distintas personalidades, una de las cuales, La Bestia, desarrolla una fuerza y agilidad sobrehumanas que la película explica, de forma no del todo descabellada, apelando a descargas extremas de adrenalina, la misma sustancia que permite a una madre asustada levantar un coche para salvar a su hijo. En Glass las tres películas convergen, y el resultado nos parece de lo más honesto que ha dado el subgénero: no hay nadie que vuele ni dispare rayos por los ojos, solo personas con capacidades naturales llevadas a un extremo estadístico. La recomendamos entera, para ver un fin de semana del tirón.
Si hay un personaje que sí llega hasta el límite de lo sobrehumano de verdad, ese es el Dr. Manhattan de Watchmen. Queda atrapado por accidente dentro de una máquina experimental que descompone la materia, y su conciencia consigue reconstruirse a sí misma convertida en algo que ya no es del todo humano: manipula materia, energía, espacio y tiempo a voluntad, y es capaz de percibir el inicio y el final de toda su propia existencia al mismo tiempo, en el mismo instante —el nacimiento de sus hijos, el momento en que se enamoró, la muerte de un ser querido, todo a la vez. Para nosotros esa es la parte más interesante del personaje: cuanto más poder acumula, menos humano se vuelve, hasta el punto de que necesita dejar de serlo para poder soportarlo.
Para cerrar la parte más filosófica, comparamos dos personajes que no podrían ser más distintos en cómo llevan un poder casi ilimitado. Deadpool consigue su factor de curación casi infinito de un tratamiento experimental contra un cáncer terminal, con una historia de fondo tan dramática como la de cualquier otro héroe —perdió a la mujer que amaba—, pero decide que ser un superhéroe convencional le da absolutamente igual, y su gracia está en romper la cuarta pared y hablar directamente con el público, lo que saca al género de la ciencia ficción y lo acerca a la realidad de una forma que nos encanta. Shazam, en cambio, no nos convence tanto: un niño que grita un nombre y adquiere de golpe la sabiduría de Salomón, la fuerza de Hércules, la resistencia de Atlas, el poder de Zeus, el coraje de Aquiles y la velocidad de Mercurio, pero sin la responsabilidad que, para nosotros, define a un superhéroe serio.
Hablando de responsabilidad y de a quién se la dan los cómics, no pudimos dejar pasar el tema de la representación. Black Panther fue el primer superhéroe negro relevante dentro de los Vengadores, con una fuerza a la altura del Capitán América y una tecnología que roza la de Iron Man, y aun así, según discutimos, la propia franquicia rara vez le da el protagonismo real que sus capacidades justificarían, algo que nos parece directamente racismo. Con Wonder Woman pasa algo parecido: es de las pocas superheroínas capaces de plantarle cara a Superman —y bien—, con un origen que mezcla mitología y magia, y sin embargo tampoco suele estar entre los nombres más citados del género. La Capitana Marvel, para nosotros, reúne tres cosas a la vez: un poder casi infinito al estilo Superman —sus poderes nacen de la explosión de un motor hiperlumínico alimentado por el teseracto—, un patriotismo al estilo Capitán América —hasta el punto de que en la película le cambian el color del traje para que se parezca más al suyo— y, en tercer lugar, ser mujer en un género donde, si repasamos la lista, la inmensa mayoría de los protagonistas son hombres: Black Widow no tiene superpoderes, solo un entrenamiento brutal; Tormenta era más poderosa que casi todos los X-Men y nunca fue la protagonista; y si le preguntas a cualquiera por la calle quién es la Capitana Marvel, lo normal es que solo lo sepa quien ya se declara friki del género.
Sobre los villanos tenemos una regla clara: para que exista un gran superhéroe hace falta un gran villano, y por eso Lex Luthor nos parece uno de los mejores de la historia del cómic: su superpoder es, sencillamente, una inteligencia a la altura de la de Superman. Es él quien descubre la kryptonita en los cómics originales y, sin saber al principio que era tóxica, se manda a hacer un anillo con ella; acaba perdiendo la mano y muriendo por la propia radiación, y el Lex Luthor que todo el mundo conoce hoy es en realidad su hijo. Ese mismo equilibrio explica también a los héroes sin ningún poder real, solo entrenamiento llevado al extremo, como Ojo de Halcón con el arco o Viuda Negra con las artes marciales, y el hecho de que uno empezara siendo villano y la otra haya pasado por los dos bandos demuestra lo bien que funciona, narrativamente, ese cambio de lado.
Terminamos el episodio con una selección de frases de superhéroes que, releídas fuera de contexto, funcionan casi como un pequeño tratado de ética. «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad» sigue siendo la que mejor resume todo el episodio, pero también nos quedamos con «luchar no te convierte en un héroe» de Wonder Woman, con la reflexión del Capitán América de que sentir miedo no tiene nada de malo siempre que no te deje vencer, con la de Batman de que nos caemos para aprender a levantarnos, y con la de Superman recordándonos que nuestra historia también forma parte de la historia de otras personas. Y, ya que hablamos de Batman, no podíamos dejar fuera una de nuestras frases favoritas de todo el cómic, la que le dedica a un Superman derrotado: «quiero que recuerdes mi mano en tu cuello, quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó, y que en los momentos en que estés solo, en tu intimidad, sepas que el que te derrotó fui yo». Con esto cerramos el doblete de superhéroes; el siguiente capítulo se pone bastante más oscuro, porque toca hablar de zombis y de gente que vuelve de la muerte, así que ya podéis ir preparándoos.
Se menciona
- AutorJerry Siegel
- AutorJoe Shuster
- AutorStan Lee
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- PelículaMúltiple (Split)
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