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Escasez de recursos

Ep. 27Escasez de recursos · 30 nov 2023

Después de hablar del fin del mundo, tocaba profundizar en una de sus causas más probables.

Hoy tocaba hablar de la escasez — una de las peores consecuencias posibles de cualquier fin del mundo, y un tema que la ciencia ficción lleva décadas explorando pero que, últimamente, empieza a sonar menos a ficción. Solo el 2,5% del agua del planeta es dulce, y de ese porcentaje diminuto, el 70% está congelado en glaciares y buena parte del resto en acuíferos subterráneos: lo que de verdad tenemos disponible en ríos y embalses es apenas un 0,3% del agua total. Y somos muchos: hemos pasado de 2.000 millones de personas en los años 70 a 8.000 millones hoy.

La ciencia lo mide con nueve "límites planetarios" —cambio climático, pérdida de biodiversidad, acidificación de los océanos, uso de agua dulce, deforestación, entre otros— y según los estudios ya hemos transgredido entre seis y siete de ellos. Nos quedamos con una idea que nos parece clave: no estamos acabando con el planeta ni con el clima, el planeta seguirá aquí dentro de miles de años. Lo que estamos poniendo en riesgo es nuestra propia forma de vida, nuestro ecosistema, y el de todas las especies que lo comparten con nosotros.

Sobre el agua en concreto, un dato que nos sorprendió: los cortes de agua en las grandes ciudades no son tanto por consumo excesivo de la gente como por las fugas en las propias tuberías. Y sobre alimentos, la FAO calculaba en 2019 que tiramos a la basura 1.000 millones de toneladas de comida al año — mientras a la vez hay hambrunas. En ficción, si buscáis una película que retrate el hambre sin caer en el sensacionalismo, La carretera es de lo más duro que hay: un padre y un hijo intentando sobrevivir en un mundo postapocalíptico donde no hay nada que comer, y donde el sufrimiento del padre por no poder alimentar a su hijo pesa más que el hambre propia.

Del agua y la comida pasamos a la energía, que también puede ser un problema serio: en Europa estamos en plena transición ecológica retirando centrales nucleares y de carbón sin tener todavía un sustituto capaz de mantener la red estable cuando no hay sol ni viento. La fusión nuclear —el mismo proceso que alimenta al Sol— ya se ha mantenido activa unos segundos en laboratorio, pero está lejos de poder abastecer al mundo. Y luego está la vivienda: en Ready Player One la sobrepoblación obliga a la gente a amontonarse en chabolas hechas con basura mientras evade esa realidad en el mundo virtual de Oasis — algo que recuerda a Snow Crash, la novela (densa, difícil, pero fascinante) en la que la gente vive en habitaciones diminutas pero "posee" mansiones dentro de la realidad virtual.

En pantalla, la escasez de comida tiene su propio género. En Cuando el destino nos alcance (1973), un Nueva York de 40 millones de habitantes hacinados suple la falta de alimento con unas galletas proteínicas, Soylent Green, cuyo ingrediente real se revela al final — no os lo destripamos, aunque ya sea vox populi. El atlas de las nubes lleva la misma idea a otro extremo: trabajadoras clonadas idénticas, alimentadas con un batido proteínico, que al final de su vida útil son licuadas para alimentar a las siguientes generaciones de clones. Y hasta Matrix tiene su momento: esa gacha blanca que Neo prueba nada más despertar al mundo real y que, como dice el propio personaje, sabe "a pollo" — porque cuando no sabes a qué sabe algo nuevo, siempre lo comparamos con el pollo.

La escasez de sanidad la lleva al extremo Elysium: una élite vive en una estación orbital con tecnología capaz de curar cualquier enfermedad al instante, mientras el resto de la humanidad, hacinada en una Tierra degradada, no tiene acceso a ella. No es que la tecnología no exista — es que no se reparte.

Hay escaseces menos obvias que también nos parecen fascinantes. La diversidad genética es una: cuanto más parecida genéticamente es una población, más vulnerable es a que un solo patógeno la arrase casi entera — mientras que la mezcla genética deja siempre un porcentaje resistente. Y luego está la escasez de conocimiento, que nos parece de las más inquietantes: en El problema de los tres cuerpos, de Liu Cixin, una civilización alienígena bloquea deliberadamente el avance científico humano saboteando los resultados de nuestros propios experimentos —si el método científico deja de dar resultados reproducibles, dejamos de poder aprender— y en La cura, de Glenn Cooper, un virus pensado para curar el alzhéimer muta y empieza a transmitirse por el aire, provocando pérdida de memoria instantánea en quien lo respira: una sociedad sin recuerdos es una sociedad que ni siquiera sabe abrir una lata de comida.

Y no podíamos cerrar sin volver a Isaac Asimov, porque "El fin de la Eternidad" es, en el fondo, un libro sobre la escasez gestionada: la organización Eternidad administra los recursos de la humanidad a lo largo de miles de siglos, interviniendo en pequeños detalles —como esconder unas llaves de coche bajo la cama— para evitar que la raza humana desarrolle según qué tecnologías antes de tiempo y se autodestruya. Escasez de conocimiento, otra vez, pero esta vez impuesta por nosotros mismos para salvarnos de nosotros mismos.

Para cerrar, una pregunta que nos hacemos en voz alta: de todas las escaseces posibles, ¿cuál os asusta más? A nosotros nos preocupa menos la comida o el agua —con ser gravísimo— que la escasez de motivación que vemos crecer a nuestro alrededor: ese "a ver qué pasa" en lugar de soñar en grande y trabajar por ello. Al final, todo lo que tenemos —desde la locomotora hasta los rascacielos— lo soñamos antes de construirlo. Esa es, para nosotros, la escasez que más debería preocuparnos.

En el próximo capítulo cambiamos de escasez a abundancia de cálculo: superordenadores y computación cuántica.

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