Área 51: verdades y ficciones
Doble episodio que recorre la historia real verificable del Área 51 —el U-2, el SR-71, las pruebas nucleares, Bob Lazar, la desclasificación— y toda la ficción que ha generado en libros, series y películas: de Taken a Independence Day, pasando por Expediente X, Paul e Indiana Jones.

Después de cerrar la segunda temporada con el doble de mundos virtuales, arrancamos la tercera.
El capítulo 51 solo podía hablar de una cosa, y no fue buscado: el Área 51. El nombre viene de algo tan poco misterioso como una simple referencia de coordenadas en un mapa de la Comisión de Energía Atómica; a lo largo de los años ha recibido otros nombres —Paradise Ranch, Watertown, Dreamland, este último el que usa Expediente X para su propio Área 51 de ficción—. Está en el desierto alto del sur de Nevada, a unos 120 km al norte de Las Vegas, en torno al lecho seco del lago Groom Lake, y ocupa 7.500 km², el sitio más controlado por el gobierno de Estados Unidos. Dentro de esa extensión hay una parcela más reducida, de unos 2.000 km², el Emplazamiento de Pruebas de Nevada, inaugurado en 1951 por orden de Harry Truman — si os apetece verlo, os recomendamos buscarlo en Google Maps o Google Earth antes que conducir diez horas y luego caminar varias más hasta el Tikaboo Peak con unos prismáticos, que es literalmente lo que hay que hacer para verlo desde fuera.
Para preparar este capítulo tiramos sobre todo de un libro que recomendamos sin reservas, "Área 51: la historia jamás contada" de la periodista Annie Jacobsen: no es ciencia ficción, es periodismo de investigación respaldado por documentos desclasificados y testimonios de primera mano. De ahí sacamos, por ejemplo, que la bomba atómica fue el proyecto de ingeniería más caro de la historia de Estados Unidos hasta entonces —empezó en 1942 y, ajustado a la inflación de 2011, costó unos 28.000 millones de dólares, que hoy serían más de 40.000 millones— y que el secretismo fue tan extremo que ni el propio Congreso lo sabía: cuando el mundo se enteró del bombardeo de Hiroshima, el primer sorprendido fue el vicepresidente Harry Truman, que no tenía ni idea de que su país había construido algo así.
Nos gusta la frase de Winston Churchill sobre Rusia —"un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma"— porque se puede aplicar perfectamente al Área 51: la pista, decía Churchill, es el interés nacional, y en este caso el interés nacional era guardar el U-2, el avión espía cuya existencia había que proteger con las mismas técnicas de secretismo que empleaba la URSS. El U-2 se dio a conocer en 1955, cuando la CIA eligió el lugar como campo de pruebas; antes incluso había llegado la Comisión de Energía Atómica para hacer detonaciones nucleares, y después se sumaron la Fuerza Aérea, la NACA —precursora de la NASA— y la Marina. La idea de fondo era sencilla: una fotografía vale más que un espía sobre el terreno, y querían aviones que volaran cada vez más alto con mejores cámaras.
El U-2 no fue fácil de domar: en una de las primeras pruebas, la pintura pensada para camuflarlo recalentó el motor y provocó un accidente; en otra posterior, el piloto logró eyectarse y sobrevivir, pero al aterrizar una pieza del propio avión le cayó en la cabeza y lo mató — la realidad, una vez más, superando a la ficción. El lanzamiento del Sputnik soviético en 1957 aceleró todo: si los rusos tenían un cohete capaz de poner algo en órbita, también podían mandar una bomba a Nueva York, así que Estados Unidos empujó el A-12 Oxcart (Mach 3, más alto y más rápido que el U-2) y después el SR-71 Blackbird. En los años 70 probaron en el Área 51 el D-21, un dron de alta velocidad no tripulado —drones en los años 70, cuando parece que los acabamos de inventar— y entre los 70 y los 80 la tecnología furtiva del F-117, con aditivos especiales en el combustible para no generar calor detectable.
Y luego está el proyecto 57: pruebas para simular un accidente con plutonio y estudiar la contaminación, que descubrieron que el plutonio es "un veneno con muchas paradojas" — se puede tocar sin morir, pero no se puede inhalar, y si se ingiere se desactiva en el estómago sin hacer daño. Entre el 27 de enero de 1951 y enero de 1956 se detonaron 49 bombas nucleares en el Emplazamiento de Pruebas de Nevada, elevando el total de explosiones nucleares atmosféricas de Estados Unidos a 85; la última prueba en Nevada fue el 23 de septiembre de 1992. El área sigue siendo radiactiva, aunque presumiblemente las pruebas se hicieron lo bastante lejos de la propia base como para no afectarla.
Antes de seguir con la historia real, hay una anécdota de 1938 que nos parece clave para entender por qué el Área 51 generó tanta mitología: la adaptación radiofónica de "La guerra de los mundos" que hizo la CBS provocó una histeria colectiva en Nueva Jersey — miles de personas llamaron a la policía convencidas de que los marcianos estaban invadiendo, a pesar de que al principio de la emisión se avisó de que era ficción. Nos parece fascinante porque explica algo que se repite después con el Área 51: en una época sin televisión ni internet para contrastar nada, lo que llegaba por la radio se creía sin más. Hoy tenemos justo el problema contrario — ni los vídeos nos los creemos ya, con los deepfakes de por medio.
El personaje que más "salseo" aporta a esta historia es Bob Lazar, que en 1989 afirmó haber trabajado en una instalación llamada S-4, cerca de Groom Lake, estudiando tecnología extraterrestre. Su vida antes de eso ya era bastante novelesca: técnico en detección de partículas radiactivas en Los Álamos, conoció por casualidad a Edward Teller —codirector del Proyecto Manhattan— cuando este leía un reportaje sobre el propio Lazar en el periódico del laboratorio; años después, con la vida hecha pedazos (deudas de juego, divorcio, el suicidio de su primera esposa), pidió ayuda a Teller y este lo recomendó para un puesto en la Iniciativa de Defensa Estratégica de Reagan, la famosa "guerra de las galaxias". De ahí saltó a EG&G, el contratista más influyente del Área 51, y de ahí a su testimonio sobre naves y extraterrestres. Los medios y las instituciones cuestionaron después su currículo, pero su historia, verificable o no, es la que más ha alimentado la mitología del lugar.
La desclasificación llegó a cuentagotas: en 1994 Estados Unidos reconoció en varios documentos que el Área 51 se dedicaba a guerra electrónica y pruebas de armamento, y en 2013 la CIA confirmó oficialmente por primera vez la existencia de la base y los programas del U-2 y el A-12. Y ninguna conversación sobre el Área 51 puede evitar Roswell: en julio de 1947 un granjero de Nuevo México encontró los restos de algo estrellado en su terreno; la primera versión oficial habló de un platillo volante —con material que tenía una escritura extraña nunca explicada—, versión sustituida rápidamente por la de un globo meteorológico. Roswell está a miles de kilómetros del Área 51, pero la teoría es que aquellos restos, mecánicos y biológicos, acabaron trasladados allí para estudiarlos en secreto — de ahí que las dos leyendas queden, en la imaginación popular, indisolublemente unidas.
Con toda esa realidad ya desgranada, nos apetecía dedicar el segundo capítulo entero a la ficción que ha generado el Área 51, porque hay mucha y muy buena. Empezamos por Taken (2002), la miniserie que presentaba Steven Spielberg: sigue a tres familias —los Keys, los Crawford y los Clark— entrelazadas durante generaciones a partir del incidente de Roswell, y aunque solo tuvo una temporada nos parece de lo mejor del género en formato miniserie; Dakota Fanning, muy niña entonces, interpreta a la clave de toda la trama. De Expediente X recomendamos sin dudarlo el díptico "Dreamland" (temporada 6, episodios 4 y 5): un cambio de tono muy divertido respecto al resto de la serie, con Mulder y un agente del gobierno intercambiando cuerpos por culpa de una nave que vuela con motores de taquiones — hay hasta un cameo de Los Simpson parodiando la escena en la que Mulder y Scully investigan al señor Burns.
También comentamos Proyecto Libro Azul, la serie sobre el programa real que la Fuerza Aérea llevó entre 1952 y 1969 para investigar avistamientos ovni —12.000 informes recopilados, un 6% de ellos sin explicación—, protagonizada por Aidan Gillen en el papel del astrofísico J. Allen Hynek. En cine, Independence Day (1996) sigue siendo la fantasía definitiva sobre lo que hay dentro del Área 51 —tecnología alienígena en formol, ingeniería inversa que no llega a activarse hasta que llega la nave nodriza—, y Paul (2011) es la comedia perfecta para reírse del mismo mito, con un extraterrestre fugado de la base y un recorrido plagado de guiños a Encuentros en la tercera fase, Regreso al futuro y Alien. En Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008) —la más floja de la saga, para qué engañarnos— hay una escena en un almacén federal lleno de cajas misteriosas que, aunque la película en conjunto no acabe de funcionar, es de lo mejor que ha dado el Área 51 en pantalla.
En libros, si tenéis curiosidad por la saga de Robert Doherty —nueve novelas, aunque solo las dos primeras están traducidas al castellano— avisamos de que hay que empezar por el primer "Área 51" antes que por "La respuesta", porque da muchas cosas por sabidas; mezcla la mitología de la base con las pirámides de Egipto y una civilización que responde desde Marte, y engancha más de lo que parece. Pero si solo os vais a leer un libro sobre el Área 51, que sea el de Annie Jacobsen: es el que mejor separa lo que sabemos de lo que nos hemos inventado. Cerramos con la sensación de que nos ha faltado tiempo — dejamos fuera a propósito buena parte del fenómeno ovni en general, porque merece su propio capítulo el día que toque, y con la Ruta 375, la "carretera extraterrestre" que lleva hasta la base, todavía pendiente de recorrer.
En el próximo capítulo hacemos parada técnica para repasar los estrenos de cine y series que trae 2025.