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Arthur C. Clarke: el visionario que acertaba

Ep. 37Arthur C. Clarke - Escritor y visionario del futuro científico · 29 jul 2024

Después de repasar las frases más icónicas de la ciencia ficción, tocaba ponerle nombre y apellidos a uno de quienes las escribió.

Hoy os traemos a uno de los tres grandes de la ciencia ficción, de la época dorada del género: Arthur C. Clarke. Nació el 16 de diciembre de 1917 en Minehead, Inglaterra, y lo remarcamos porque, cuando pensáis en todo lo que llegó a imaginar, hay que tener en cuenta que lo escribió hace más de un siglo. Desde niño le obsesionaba la astronomía: se construyó su propio telescopio casero y llegó a dibujar un mapa de la Luna. Stanley Kubrick, con quien trabajaría años después, dijo de él que era la persona que más soñaba y más acertaba sobre el futuro — y ese es, para nosotros, el mérito que hay que reconocerle: no solo soñar, sino acertar.

Sirvió en la Royal Air Force como especialista en radares durante la Segunda Guerra Mundial y llegó a ser el primer instructor de esa naciente especialidad. Justo al terminar la guerra, en 1945, publicó en la revista Wireless World un artículo técnico, "Extra-Terrestrial Relays", que sentaba las bases de las telecomunicaciones por satélite en órbita geoestacionaria —hoy la llamamos la órbita de Clarke— cuando los únicos cohetes que existían eran los V2 alemanes y a nadie se le había ocurrido todavía lanzar nada fuera de la Tierra. Cuenta la leyenda que se le ocurrió en un bar, dibujando círculos y vectores en una servilleta mientras sus amigos le preguntaban a qué se iban a dedicar tras la guerra.

En 1953 se casó con Marilyn Mayfield, pero la relación se rompió a los seis meses; poco después se mudó a Colombo, Sri Lanka, donde pasaría el resto de su vida entre la escritura, la fotografía y la exploración submarina, que le apasionaban —era, como decimos nosotros, uno de los primeros teletrabajadores de la historia—. Formuló las célebres Tres Leyes de Clarke: la primera, sobre lo fácil que es equivocarse al declarar algo imposible; la segunda, sobre aventurarse más allá de los límites conocidos; y la tercera y más citada, la que a nosotros más nos gusta: "toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia". En 1998 lo nombraron caballero del Imperio Británico, y hasta tiene un asteroide y una especie de dinosaurio con su nombre. Murió el 19 de marzo de 2008 en Colombo, tras una sonada amistad —llena de bromas y pullas mutuas— con Isaac Asimov, del que ya os hablamos en otro capítulo.

Vamos con lo que todos esperáis: su obra. Los dos grandes melones de Clarke, como decimos nosotros, son de cuatro libros cada uno —parece que las trilogías no le iban bien—. El primero es la Odisea Espacial, que arranca con "2001: Una odisea del espacio" (1968), escrita en paralelo al guion de la película de Stanley Kubrick, con la que empezaron a trabajar juntos ya en 1963. Un monolito alienígena descubierto en la Luna lleva a una misión a Júpiter en la nave Discovery, gobernada por la inteligencia artificial HAL 9000 —que, por cierto, iba a llamarse Atenea y tener voz de mujer—. Si vais al cine a verla esperando batallas épicas os vais a llevar un chasco: es ciencia ficción mucho más aterrizada y silenciosa, y precisamente por eso influyó tanto a George Lucas y a Ridley Scott. La saga sigue con "2010: Odisea dos" —con cameo del propio Kubrick incluido—, "2061: Odisea tres" y "3001: Odisea final", con Dave Bowman de vuelta mil años después.

El otro melón es "Cita con Rama" (1973): un objeto cilíndrico gigantesco de origen extrasolar entra en el sistema solar y una tripulación humana consigue colarse dentro antes de que reanude su viaje, sin resolver casi ninguna de las preguntas que plantea —cosa que, avisamos, no es un fallo, es la gracia del libro—. Todavía no se ha adaptado al cine, aunque Morgan Freeman lleva años vinculado al proyecto como productor.

Y luego está "El fin de la infancia" (1953, adaptada en una miniserie de 2015 con Charles Dance de Karellen), que os recomendamos con un aviso: aquí a Clarke se le olvida ser tan buenista como de costumbre. Llegan los Overlords, guían a la humanidad hacia una edad dorada de salud y abundancia durante décadas, y al final se revela que en realidad estaban preparando el salto evolutivo final de los niños de la Tierra hacia una conciencia colectiva —a costa de que la especie humana, tal y como la conocemos, desaparezca. Es de las pocas veces que hemos visto a Clarke no dar buenas noticias, y por eso mismo nos parece imprescindible.

"Las fuentes del paraíso" (1979) desarrolla con todo detalle la idea del ascensor espacial —un cable entre la superficie y una estación geoestacionaria— décadas antes de que existiera ningún material capaz de aguantar la tensión; hoy la nanotecnología de fibras de carbono es la primera candidata real. Y no somos los únicos que hemos pensado en esto: Asimov usa la misma idea en su saga de Fundación, la prueba de que a veces las mentes brillantes piensan igual.

Para cerrar, tres títulos que también merece la pena que os llevéis apuntados: "El león de Comarre" (1949), sobre una humanidad que ha perdido el interés por explorar hasta que un inconformista decide averiguar por qué; "La ciudad y las estrellas" (1956), ambientada mil millones de años en el futuro en una única ciudad, Diaspar, heredera de un antiguo Imperio Galáctico; y "Cánticos de la Tierra lejana" (1986), con la Tierra ya condenada y la colonia de Thalassa recibiendo a los últimos supervivientes del planeta. Y si tenéis curiosidad por "El ojo del tiempo" (2004, escrita junto a Stephen Baxter), sabed que ahí la Tierra queda fragmentada en retazos de épocas históricas distintas —hasta aparece el ejército de Alejandro Magno.

En el próximo capítulo bajamos de las estrellas a los motores que nos llevan hasta ellas: naves espaciales, reales y de ficción.

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